El falo que adornaba a la emperatriz

Por José del Moral de la Vega

Hay un relato en las memorias inéditas del señor de Miramontes (don Álvaro de Azuaga), que figura como un hecho milagroso atribuido a la Virgen de Guadalupe.

Doña Bárbara de Zúñiga, esposa del de Miramontes, sufría de un mal sin tratamiento alguno. De su noveno parto, le quedó un flato engolfado en el bajo vientre que la obligaba a marchar muy estirada, como con altivez, y cuando se sentaba o levantaba, le salían unas ventosidades incontenibles, agudas y muy armoniosas, casi aflautadas. Ruidos que provocaban en los presentes, al principio, asombro y, después, una risa incontenible.

Este mal hizo que doña Bárbara estuviera cada vez más aislada, incluso de su propia ayuda de cámara.

Está minuciosamente descrito en estas memorias, el viaje que el señor de Miramontes y su esposa flautista -a su pesar- hicieron a Guadalupe, por cuya Virgen sentían gran devoción, y adonde se dirigieron para rogar por la curación de tan indiscreto mal.

Permanecieron en aquel lugar más de un mes, siguiendo las estrictas devociones marcadas por un monje oidor del caso, y durante ese tiempo se alojaron en casa de Mariana, posadera que algunos decían era hija del fraile boticario del monasterio; una moza de buena presencia, discreta en el trato, bien informada en brebajes y, por demás, excelente cocinera, por lo cual supo ganarse la confianza y el afecto de los de Miramontes.

Mucho tuvieron que cambiar los hábitos aquellos señores en el tiempo que permanecieron por tierras de las Villuercas, y lo que más trabajo les costó fue habituarse a unas comidas en las que faltaban asados y sobraban sopas de yerbajos, como el poleo, planta abundante por la ribera del Ruecas y con las que la posadera preparaba unos caldos a los que doña Bárbara se acabó acostumbrando.

Estaban concluyendo los señores el primer novenario a la Virgen, cuando a doña Bárbara se le disolvió aquel flato musiquero, y don Álvaro, agradecido, encargó a un platero de Córdoba un exvoto a proporción del milagro, y cuya forma habría de servir para mostrar a los peregrinos el prodigio.

Un mes empleó el artista cordobés en fabricar el exvoto, un globico redondo con una flauta en su boca, todo realizado en oro de muchos quilates y pedrería fina. Fue depositado el exvoto en una hornacina en la pared, cerca del baptisterio de Guadalupe; aunque de él sólo queda memoria, porque en la guerra con el francés fue robado por un gabacho, y hay quien dice haberlo visto colgado del cuello de la emperatriz Josefina en un retrato que le hizo Prud’hon, probablemente porque la emperatriz pensó que se trataba de un símbolo fálico.

Hoy sabemos que el poleo contiene, además de pulegona, otras sustancias, tales como piperitenona, mentona, limoneno…, cuya capacidad para eliminar flatulencias está demostrada, y es más que probable que fueran las sopas extremeñas de poleo las que curaran a doña Bárbara, y no la Virgen, como creyeron los señores de Miramontes.

Pero la ciencia es, como decía el maestro Popper, falsable y laberíntica. Y tenemos noticias de que anda ahora por aquí un equipo de investigadores de la universidad de Berkeley, empeñados en averiguar mediante física cuántica la relación que Jung comenzó a estudiar: correspondencia entre los estados de adivinación y la mística. ¿Adquirirían los frailes sus conocimientos rezando a la Virgen?

A lo mejor, dentro de poco, los físicos nos sorprenden, diciéndonos que la mejor manera de prevenir las enfermedades es ir en peregrinación a Guadalupe y rezar, tal y como, hace ahora cuatrocientos años, hicieron los señores de Miramontes. Mientras tanto, lo más recomendable parece ser disfrutar con las buenas sopas extremeñas, como las de poleo.

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