Toxicidad humana

Por Fernando Sánchez Resa.

La toxicidad es la capacidad que tienen algunas sustancias químicas para producir efectos perjudiciales al entrar en contacto con un ser vivo.  Cuando esta posibilidad de hacer daño la tiene un ser humano sobre sí mismo u otros, aunque se le pueda dar diversos calificativos más fuertes: canalla, desalmado, mafioso, etc., hoy quiero referirme a lo que la psicología ha etiquetado como personas tóxicas.

 

Todo el mundo sabe que el ser humano, en general, puede mostrar comportamientos diametralmente opuestos: lo mismo sabe entregarse a los demás y explotar la empatía que siente hacia su prójimo, que volverse el más egoísta y egocéntrico del mundo, únicamente pensando y actuando en clave “yo, mi, me, conmigo”. También sabemos que, entre ambos extremos, existen diversas gradaciones entre las que nos encontramos todos los terrícolas.

Pero ahora hablo del comportamiento tóxico extremo de algunos individuos que pululan por nuestros ambientes y tratan de sacar partido de ello, si los sufrientes pacientes que le rodean no saben detectarlo, ayudarlo, pararle los pies y/o abandonarlo a su suerte, como último recurso.

Y como todos los seres humanos podemos tener comportamientos tóxicos puntuales en cualquier momento de nuestra existencia, es mejor descubriros en uno mismo, primeramente, para luego detectarlos en los demás y, especialmente, en la gente entre la que nos desenvolvemos cotidianamente.

Es un tema que hoy preocupa mucho y pudiera parecer que fuese un invento de los psicólogos para que se comprasen múltiples libros de autoayuda que pretenden allanar el camino de la vida para que consigas la felicidad plena con poco esfuerzo. ¡Craso error!

Nos entra la duda de saber si la persona tóxica nace o se hace, aunque puede que sus respectivos porcentajes fluctúen y se complementen. Lo dejaremos para estudiosos avezados.

En concreto, la persona tóxica tiene unas características psicológicas que saltan a la vista: son egoístas y egocéntricas a rebosar; siempre andan hablando de sí mismos (de sus problemas o triunfos reales o ficticios); son envidiosas ante el triunfo del familiar, amigo o compañero cercano y negativistas por naturaleza, pues todo está mal para ellos; quieren dominarte todo el día hablando de sus cuitas, problemas, gustos y aficiones;les falta la empatía necesaria para convivir; les encanta ejercer el rol de víctima; son destructoras emocionales compulsivas utilizando el miedo, la culpa y sus constantes críticas… En definitiva: disfrutan con las personas de baja estima, haciéndolas sentirse mal. Por eso, es muy sencillo identificarlas: son incapaces de apreciar ni valorar nada y expertas en encontrar defectos a todo y a todos.

Ustedes quizás digan que no hay tantas personas a su alrededor que reúnan ese florilegio de defectos, pero seguro que alguna es fácilmente detectable en el grupo en el que vive o se desenvuelve, sea familia, pareja, vecindad, grupos de whatsapp, facebook o twiter, etc.

Lo difícil, una vez descubiertas, es saber cómo combatirlas o anularlas; si no, te harán la vida imposible. Algunos psicólogos aconsejan la medida más drástica y segura, aunque no sea muy cristiana que digamos: alejarse de ellos, cuanto antes y más lejos mejor, porque, si no, caerás en sus redes y morirás en el vano intento de cambiarlos.

Pero aunque esto parezca fácil, todo se complica si la persona tóxica es un familiar, vecino o amigo cercano del que no te puedes desprender fácilmente o de ninguna manera. Entonces has de marcar tus propios límites, pues la convivencia no da patente de corso a nadie para avasallar al que se tiene al lado, no dejándote pisotear, cortándola con frases contundentes que le hagan comprender que mereces un respeto y que no lo viene ejerciendo hacia ti por su mal comportamiento.

El problema de estas personas está en todas partes y, seguramente, nace principalmente en la educación, pues desde la infancia, posiblemente, hayan sido formados en sacar su propia cabeza o voluntad en todos o casi todos los asuntos y, ya de mayor, le es muy difícil o imposible salirse de esa maraña de organizada complacencia totalitaria. Por eso, el moldeamiento en el entorno familiar, social y escolar es tan importante para que la persona sepa asumir sus frustraciones, disgustos o displaceres de manera normalizada y aprenda también a sublimarlas y superarlas, comprendiendo que no se puede salir ganando en todo, con todos, todos los días y en todos los ámbitos de la vida, pues eso es una auténtica utopía.

Lo que pasa es que, como dice el dicho “dime con quién andas y te diré quién eres”, se puede hacer realidad el ejemplo de la manzana podrida que contamina a la sana; así, una persona normal y sensata podría terminar siendo una persona tóxica inaguantable si no le pone remedio a tiempo.Aunque no hay que alarmarse en demasía, pues este tipo de gente siempre ha estado ahí y la habrá por los siglos de los siglos, aunque el epíteto se haya puesto de moda de un tiempo a esta parte. Solo que ahora tenemos la ventaja de poder descubrirla y ponerle remedio para tranquilidad nuestra y del entorno que nos rodea.

No confundir las personas tóxicas con el “tocapelotas” que es un individuo molesto e “incordiante” cual mosca cojonera, y que en todo acontecimiento normal o feliz está presente para dar la nota discordante o hacerte la observación molesta; ni con el perroflauta, que es un tipo de persona joven y de aspecto descuidado cual si de un hippy moderno se tratase, usándosele de forma despectiva; ni “donmeopongo” y acomplejados varios, componentes todos ellos del diverso mundo de sentirse patológicamente superiores y/o inferiores a los demás; o simplemente, los que tienen “mala leche” desde la cuna o algo después…

Sevilla, 2 de diciembre de 2018.

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