“Los pinares de la sierra”, 153

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

7.- Martina, la guapa y escultural pelirroja.

Se fue hacia la oficina algo intranquilo. Cada vez quedaba menos tiempo para que se cumpliera el plazo otorgado por Gálvez, y no paraba de darle vueltas a la cabeza pensando que el cliente que proponía María Luisa no le terminaba de gustar. Para andar entre cosas de difuntos hacía falta un talante especial, y él prefería mantenerse alejado de las cosas del más allá, no por miedo, sino por respeto. No creía que girar un paraguas en un lugar cerrado acarreara mala suerte, o que romper un espejo supusiera siete años de mala salud; pero, si se encontraba por la calle con un gato negro, cruzaba los dedos.

Eran ya casi las siete, cuando cogió el ascensor y recordó que aquella tarde le esperaba Martina en la oficina. La encontró sentada en el borde de la mesa de su despacho: se había recogido la melena, tenía las piernas cruzadas, y estaba fumando un cigarrillo y tomando café.

―Haces muy mala cara. ¿Te preparo un café? ―dijo ella, mirándole a los ojos—.

No hace falta ser un experto para adivinar que esta temperamental pelirroja ―dijo para sus adentros― se debe comportar como una fiera, metida en contiendas amatorias. ¡Qué pedazo de mujer! Hasta entones, solo había tenido las experiencias vividas con Genny, la francesita de Lyon, cuando alquilaban por horas la única cama de matrimonio que había en el Márisol Palace. Genny le gustaba y habían pasado juntos momentos inolvidables; pero su olfato, lógico y conservador, le decía que el día menos pensado ella sentiría la llamada de la tierra, volvería a Lyon con su familia, y se alejaría de él. Más de una vez y más de dos, le había pedido que se fuera con ella, para vivir en Francia un mañana feliz y prometedor; pero a Paco, que ―como todos los pícaros― era muy español, no tenía buena opinión de los franceses, desde que el maestro le explicó las andanzas de Napoleón por tierras gaditanas. Sentía la pasión propia de su juvenil fogosidad, en noches de juerga y desenfreno, pero nunca llegó a plantearse abandonar España. Se conformaba con ser el permanente acompañante de aquella francesita, en la que tan fácil le resultaba encender la llama del amor.

De buena gana, le hubiera abierto su corazón a Martina para explicarle el fatídico momento por el que atravesaba; pero optó por disimular sus inquietudes, en un alarde de dominio de sí mismo y, con la excusa de que últimamente los resultados de venta eran muy preocupantes, le pidió que aquella semana lanzara al correo las cartas necesarias para triplicar el número de familias en finca. Le dijo que estaba recuperando a los mejores vendedores para aquel fin de semana, y que consideraba indispensable contar con tres o cuatro autocares, para elevar la moral de la plantilla y conseguir que los nuevos aprendieran el funcionamiento de los veteranos.

―Estamos trabajando muy duro, a veces para nada. Cuando lo pienso a fondo, creo que no es que debamos aumentar el número de clientes en finca; es que no tenemos más remedio que hacerlo, si pretendemos que todo vuelva a funcionar como antes. Quizás te parezca una locura, pero los ambientes positivos generan una atmósfera optimista, que incrementa los deseos de compra. ¿Te pongo un ejemplo?

Ella lo miró con una sonrisa sugerente, sonrió con malicia y lo animó a seguir.

―Imagina una boutique de ropa de mujer, que ha expuesto en la vitrina los modelos más modernos, los maniquíes más llamativos y los vestidos más actuales. La gente pasa por la acera, mira el escaparate, entra una clienta de cada veinte y, con mucha suerte, consigue vender tres modelos a la semana. Ahora, fíjate bien: en la misma tienda tú pones una canasta llena de ropa delante de la puerta y, en el momento que se paren tres mujeres y se pongan a hablar y a revolver los trapos, tienes el éxito garantizado. Si una de ellas compra, las demás también. En eso se basa mi teoría de los señuelos.

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