“Los pinares de la sierra”, 83

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

CAPÍTULO XIV

1.- Una boda sin cura y sin iglesia.

El día dieciocho de diciembre empezaron las vacaciones, y la tarde del veintisiete ―víspera de la festividad de los santos inocentes―, todos los miembros del equipo, incluido el señor Bueno, nos vestimos con nuestras mejores galas para asistir a la “boda” de nuestro compañero. Ya que aquella unión tan singular se celebraba en una peluquería, sin iglesia y ni siquiera cura, María Luisa sugirió que para darle al acto cierta solemnidad, antes de la fiesta oyéramos misa en San Felipe Neri, una capilla muy bonita y recogida, que está junto a la catedral de Barcelona; pero Soriano se lo quitó de la cabeza.

Para la ceremonia, había alquilado un chaqué que le venía un poco justo, aunque después de los cuidadosos tratamientos de belleza a que lo había sometido su prometida, irradiaba una cierta elegancia, no exenta de pillería; como esos directores de hotel que sonríen amablemente a los clientes y, al volver la cabeza, le dan un tirón de orejas al chico que debe llevar las maletas a la habitación.

María Luisa no acabó de atreverse con el blanco para no resaltar su corpulencia, y optó por un traje de color crema con trasparencias, unos zapatos de tacón altísimo, y unos guantes negros que le cubrían casi todo el brazo, como los que saca Rita Hayworth en Gilda, aunque de varias tallas más. Y para rematar el atuendo, con el brazo derecho sujetaba un precioso ramo de rosas, obsequio de su futuro. A Paco le costaba trabajo aguantarse la risa cada vez que miraba a la pareja, y no cesaba de darme codazos cuando, a medida que llegaban los invitados, los contrayentes forzaban una sonrisa para hacerse las preceptivas fotografías.

Como queda dicho, aquel pintoresco enlace, sencillo y familiar, se celebró en el salón de la peluquería de María Luisa, cuidadosamente engalanado para tan fasto acontecimiento. La decoración corrió a cargo de Eva y Maite, las dos laboriosas oficialas, que estuvieron toda la noche preparando el salón, hasta convertirlo en un lugar adecuado para el banquete. Todos los cachivaches —secadores, sillones, armaritos con ruedas, y hasta el cuadro con la fotografía de Mario Cabré— los arrinconaron en la trastienda y, en un osado alarde de imaginación, colgaron banderitas en el techo, como se hace en las fiestas de los pueblos; y, como estábamos en fechas navideñas, llenaron los espejos de pequeños mechones de algodón; compraron un abeto para la entrada, lo atiborraron de lazos, figuritas, bolas y estrellas de colores…, y colgaron un rótulo luminoso con luces que se encendían y apagaban: «¡Feliz Navidad!».

Entre los asistentes, no faltaron las clientas más allegadas a María Luisa: aquella aristocracia de barrio, alegre y bullanguera, a la que Soriano le tenía reservados unos terrenos primorosos. Aunque las encargadas de atender a los invitados eran Eva y Maite —las dos laboriosas oficialas—, en ocasiones era Soriano quien se encargaba de ofrecer a las señoras un vaso de sangría ―con la misma ceremonia que utilizan los magos y los golfos antes de perpetrar sus fechorías― y entregarles una tarjeta de visita con la siguiente inscripción: «Damián Soriano, ejecutivo de ventas. EDÉN PARK».

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