“Los pinares de la sierra”, 78

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- Pisando terrenos muy peligrosos.

Uno de los vendedores veteranos del equipo se llamaba Roque Fariñas; era un gallego solitario, silencioso y reservado, que llevaba casi tres meses sin vender; pero que, semana tras semana, continuaba subiendo a la finca sin que el desánimo hiciera mella en su estado de ánimo. Apenas alternaba con el resto de compañeros; era sobrio y cuidadoso con el dinero, y solo tomaba una copita de orujo los domingos por la mañana, antes de subir al autocar. Trabajaba de camarero en una discoteca de la avenida de Sarriá y, por su constancia y discreción, se hizo amigo del responsable de seguridad de la sala, el señor Donato Gálvez, un inspector de policía, depurado unos años antes por graves abusos con detenidos. Aprovechándose de su buena relación con Gálvez, Roque Fariñas le hizo creer que se había comprado una parcela en Edén Park y, siempre que se presentaba la ocasión, dejaba caer frases intencionadas para despertar la codicia del ex policía.

―Señor Gálvez, ¿se acuerda de aquellos clientes que me compraron un terreno en Edén Park el año pasado?

Aunque no se acordaba, Gálvez le prestaba atención, porque le hacía gracia el talento y la agudeza del gallego.

―Se lo decía, porque el domingo pasado lo vendieron y se han ganado más de doscientas mil pesetas. ¿Qué le parece? Así se hace el dinero, y no sirviendo cubatas toda la noche, como hago yo.

Y seguía con su tarea detrás de la barra, limpiando vasos y sirviendo copas a los clientes, sin esperar respuesta; pero, al poco tiempo, buscaba el momento oportuno para insistir sobre el asunto y susurrarle en voz baja, como si se tratara de una confidencia.

―Señor Gálvez, el domingo pasado, unos señores que sólo hacía seis meses que habían comprado, vendieron su parcela. ¿Sabe cuánto han ganado? No se lo va a creer.

Tanta insistencia terminó por dar sus frutos y el domingo dieciséis de diciembre ―última subida de aquel año―, cuando los autocares llegaban a la urbanización, después del almuerzo, el señor Gálvez y su esposa esperaban a Fariñas a la entrada de la finca, en el coche particular del matrimonio; un Mercedes Benz de segunda mano, con matrícula de Madrid. Tuvo que hacer un esfuerzo para no dejar a los clientes que le habían adjudicado y correr a saludar a su jefe; pero Fariñas, que era un gallego prudente y muy sensato, decidió esperar a que Gálvez tomara la iniciativa y le pidiera información.

Mientras tanto, desde una distancia prudencial, el ex comisario asistió a la función que se representaba en la finca cada domingo por la mañana: carreras, anuncios de falsas ventas, acoso a los clientes, gritos para conducirlos como a un rebaño…; y, al final, los abrazos y las emocionadas lágrimas de la familia a la que la Fortuna, hábilmente asistida por el señor Bueno, favorecía en el sorteo. Ajeno a las triquiñuelas empleadas, Gálvez quedó vivamente impresionado por la escena que acababa de presenciar; así, por encima, calculó que se habrían vendido unas doce o catorce parcelas y quiso aprovechar la ocasión e invertir en un negocio tan rentable. Cuando finalizó el espectáculo, Gálvez llamó a Fariñas; este le presentó al señor Bueno y, mientras los autocares regresaban a Barcelona, ellos volvieron a la masía, pidieron café, extendieron el plano de la urbanización sobre la mesa y cerraron la mayor operación que hasta entonces se había formalizado en Edén Park. Nada menos que diez parcelas a un precio especial, frente a la futura zona ajardinada de la finca. Es decir, unos terrenos en pendiente, frente a un arroyo seco, tan difíciles de vender que estaban primados con doble comisión. En una palabra, un camelo, una estafa, un timo, un barranco.

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