“Los pinares de la sierra”, 21

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

CAPÍTULO IV

1.- Una operación de dudosa moralidad.

Así acabé la noche: solo, entre aquellos desconocidos, ciegos a gin-tonics y cubatas; plantado en medio de la acera y con miedo a tomar un taxi, porque estaba seguro de que, con el escaso dinero que llevaba en el bolsillo, no tendría suficiente para pagar la carrera. Mientras iba camino de mi casa, pensaba que quizás Paco pudiera entenderse muy bien con la gente de Edén Park, pero a mí no me sería fácil compartir los principios de aquellos cuentistas, cuya religión constaba de un solo mandamiento: vender a cualquier precio, aunque para ello hubiera que abusar de la ingenuidad de los clientes y faltar a las más elementales reglas de la ética.

Confieso que me impresionó la agudeza y la capacidad del señor Triquell, aquel visionario que se dirigía a sus hombres de ventas, con frases cortas, prometía edificar miles de chalés rodeados de zonas ajardinadas, piscinas, pistas de tenis y campos de golf. Hablaba de repartir millones de pesetas, con la misma facilidad que, la noche del cinco de enero, se lanzan caramelos a los niños en la cabalgata de los Reyes Magos.

Estuve unos días sin ver a Paco, hasta que se presentó en el banco una mañana, se apoyó en el mostrador y me pidió que le explicara lo ocurrido con el trabajo de Teoría Económica. Es decir, por qué nos habían suspendido. Tuve que repetirle que el profesor descubrió que habíamos copiado y que se había puesto como una fiera.

―Ya te lo puedes imaginar: dijo que éramos unos tramposos y que nos debería dar vergüenza haber copiado el trabajo.

―En eso lleva razón. Pero, ¿no tiene mérito traducir el estudio? ¿Eh? ¿O es que se inventa él los temas que nos explica. ¿Verdad que no? Si no se hubieran traducido los escritos de Malthus, Ricardo, Smith y a los pensadores clásicos, las clases de Teoría Económica durarían tres tardes. Porque España, como selección de fútbol, tiene un prestigio; pero los buenos economistas brillan por su ausencia. Bueno, en Barcelona tenemos al señor Fabián Estapé; algo es algo. En fin, ¿qué pensáis hacer ahora?

Lo tranquilicé, le dije que habíamos ido a excusarnos, que nos había puesto una tarea para los meses de verano y que había prometido olvidarse del asunto, si íbamos a verle un par de veces y nos tomábamos el trabajo en serio, en esta ocasión.

―O sea, que no te preocupes. Ten un poco de paciencia, que en septiembre nos aprueba.

―¿Seguro?

―Que sí hombre, que sí.

―¡Vale! Oye, Javi, me gustaría echaros una mano; pero ya ves cómo estoy de ocupado. Además, vosotros debéis de dominar la materia y yo estoy in albis. Es una lástima porque, precisamente, Teoría Económica es de las asignaturas que más me gustan. Y hablando de otra cosa; ¿sabes que he vendido otra parcela? No es por presumir, pero el señor Bueno me ha dicho que tengo muchas cualidades y los compañeros me empiezan a considerar como uno de los mejores.

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