“Los pinares de la sierra”, 14

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

CAPÍTULO III

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, me puse a comprobar la previsión financiera de las empresas conflictivas, antes que me la pidiera el señor Manubens. Estaba comprobando el fondo de maniobra, cuando me llamó a su despacho.

─¿Desea alguna cosa, señor?

─Pase, pase, jovencito, y siéntese. ¿Cómo lleva el trabajo? ¿Se encuentra bien?

─Sí, señor, muchas gracias, estoy perfectamente ─respondí sorprendido—.

―¿Y los estudios? Ya debe estar a punto de terminar la carrera. ¿Verdad?

―Sí, señor.

─Me alegro, me alegro ─repitió, complaciente─. Solo quería felicitarle por su último trabajo y, al mismo tiempo, darle una buena noticia: recuerde que el próximo viernes, por la tarde, celebramos la fiesta de nuestro Director General, el señor Colomer, a la que tengo el gusto de invitarle personalmente. Ya sabe; a eso de las siete de la tarde, tendrá lugar la tradicional merienda de hermandad en los jardines de su masía, que en esta época está espléndida, de luz y de color. Por supuesto, no faltará el champán ni el gran pastel de aniversario. ¿Qué le parece?

Callé acobardado. No sabía cómo decirle que, precisamente ese mismo día, me habían invitado a un reparto de premios en las oficinas de Edén Park. Mientras encontraba la excusa convincente debí de sonrojarme, porque compuso un gesto amable y paternal, y me dijo:

─Me permito recordarle que de esta oficina nunca ha faltado nadie a evento tan señalado, jovencito; y mucho menos alguien con las naturales aspiraciones que una persona de su valía debe ambicionar. No sé si en otra ocupación podría ganar más dinero que en esta; pero puedo asegurarle que, fuera de aquí, no le resultará fácil encontrar un trato más humano y fraternal que el que se dispensa, en esta sucursal, a todos y cada uno de los empleados. Usted sabe, de sobras, que en el banco le aguarda un porvenir seguro, sólido y brillante. ¿Me equivoco?

─No, señor; no se equivoca y agradezco mucho su invitación; pero el caso es que ‑yo había pensado‑…; quiero decir que tenía previsto ‑a decir verdad‑…

─No irá a decirme, querido jovencito, que desprecia la invitación del señor director general; eso significaría enfrentarse de forma radical a la política de relaciones humanas, tan cuidada desde siempre en esta casa. Aguilar; no quisiera ni pensar, por un momento, que es usted un radical.

─No, señor; no quiero decir eso. Ni siquiera lo había pensado.

─Muy bien, muy bien ─dijo Manubens, con satisfacción─. Entonces no se hable más: me alegro de contar con usted. Todo no va a ser trabajar y trabajar; una alegre reunión de convivencia entre la dirección y el proletariado siempre es bienvenida. Créame que, después de un error contable, no hay nada que me disguste más que la ausencia de mis colaboradores al gran evento que el banco celebra en estas fechas, cada año.

─Pues sintiéndolo mucho…, no va a poder ser ―dije, haciendo acopio de valor—.

─¿Qué es lo que no va a poder ser? A ver, ¿quiere explicarse con claridad?

─Por favor, señor Manubens ─dije bajando la voz, y hablándole al oído─. ¿Puedo cerrar la puerta del despacho? No me gustaría que nadie oyera lo que voy a decir.

─Aguilar, está usted acabando con mi paciencia ─protestó el modélico apoderado de la oficina―. Cierre, si quiere.

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