El “possumus falacis”

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

Para saber a qué especie pertenecen los políticos más peligrosos del “arco parlamentario” no hay más que fijarse en su aspecto y su plumaje. Si van en manada mirando de forma desafiante, si tienen ademanes de matón de discoteca, si visten vaqueros andrajosos y zapatillas deportivas, mugrientas y roñosas, ya no hay duda. Se trata de la especie más perjudicial para el ser humano, después de la viuda negra. O son seguidores de Ada Colau, fans del Kichi, partidarios de Carmena, o de alguno de los grupos “antisistema” que, últimamente, proliferan por nuestra geografía.

En todo caso, se trata de especies muy peligrosas, originarias de la antigua Unión Soviética, que se caracterizan por no afeitarse ni cortarse el pelo, lavarse en contadas ocasiones y recogerse la pelambrera en una ridícula coleta oriental. Ojo con ellos. Bajo su aspecto inofensivo y sonriente, pueden inocular a la sociedad un veneno letal, capaz de llevarla a un estado terminal, lento y agónico.

Su picadura puede acabar a corto plazo con las células más sanas de la sociedad, y arrojar a los países sin remedio, en manos de dictadores caribeños u orientales. Estas especies camuflan sus aviesas intenciones, hablando de justicia social, salarios justos y jornadas de trabajo de treinta horas semanales. Prometen viviendas dignas, hablan del estado de bienestar y de un futuro sereno y apacible, para hacer creer a la juventud que son la solución a sus problemas. Ojo con ellos, solo se trata de un disfraz para ocultar objetivos.

A los mayores, nos escaman más los políticos con coleta y vaqueros asquerosos, que los que se duchan cada día, se limpian los zapatos y van bien vestidos al trabajo, como íbamos los maestros a la escuela, cada mañana. Después de cuarenta años de vivir en democracia, la clase trabajadora sabe que su futuro y el de su familia dependen de su esfuerzo. Por eso, prefiere a los que tratan de crear empleo, que a los golfos que, movidos por orgullo y avaricia, arruinan la empresa y mandan al paro a los trabajadores.

Salvo honrosas excepciones, la política es la ocupación de los desocupados. Es decir, de los que nunca le han pegado un palo al agua. O sea; es el trabajo de a los que nunca les ha gustado trabajar. ¿Queda claro? Si los jóvenes actuales fueran la mitad de listos de lo que ellos se creen, a la hora de votar se acordarían de la señora madre de los que han vivido de esas becas que salen de nuestros impuestos, de subvenciones que proceden del mismo sitio, y del esfuerzo y sacrificio de sus familias.

Pero lamentablemente, los pobres votantes le dan su confianza tanto al que es capaz de crear riqueza y bienestar, como al advenedizo que promete imposibles, que le saca los cuartos a la abuela para comprarse un piso de protección oficial, y luego lo vende por encima del precio, para sacar un dinerillo negro y vivir del sistema al que tanto critican.

Prometer lo que se sabe que no se va a cumplir es una golfería propia de sinvergüenzas y desalmados. Lo malo es que, en este país, hay demasiados inocentes, que creen que sus problemas se pueden resolver a base de discursos y mentiras, por los mismos que son incapaces de solucionar los propios y viven de la sopa boba de la política.

Barcelona, 7 de junio de 2017.

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