La batalla de Ubbadat, mal llamada de las Navas de Tolosa, y 2

Por Fernando Sánchez Resa.

El domingo, a las nueve de la mañana, estábamos casi cincuenta personas preparadas, con uno de reserva, por si faltaba alguien, para disfrutar de una excursión matinal, ante el instituto San Juan de la Cruz. Salimos puntuales, camino del Centro de Interpretación de la batalla de las Navas de Tolosa para visitarlo y, luego, patear el campo de batalla.

El viaje se hizo corto, ameno y dialogado con los amigos y conocidos que andábamos pertrechados de ropa cuasi veraniega y sombrero o gorra para defendernos del tórrido sol en la marcha que nos tenían preparada. El centro expositivo está situado en Santa Elena, junto al parque natural de Despeñaperrros, donde se evoca aquella trascendental contienda.

La llegada fue a las diez, aproximadamente, y nos recibió con los brazos abiertos una experta señorita, vestida de negro, que en un lenguaje coloquial y atractivo, usando un lenguaje motivador y con muchos giros actuales de la gente joven, supo captar nuestra atención y contarnos, en distintas estancias y de forma cronológica, dentro del museo, los momentos más importantes del devenir histórico producido a los pies de este lugar, el 16 de julio de 1212, que pasaría a la historia como la batalla de las Navas de Tolosa, por el montón de llanuras suaves o navas que por allí había, aunque con una vegetación diferente a la que vemos hoy en día. Fue intercalando modernos audiovisuales con atrayentes escenografías y reproducciones de armas e indumentarias para explicarnos, didácticamente, cómo se produjo el choque entre las tropas cristianas y musulmanas, cuando hacía unos años, en Alarcos (Ciudad Real), las primeras habían sucumbido fatalmente ante los moros.

Finalmente, nos puso un vídeo con imágenes y comentarios sobre las guerras que hemos padecido los humanos desde la remota antigüedad y las que siguen produciéndose hoy en día, alertándonos de la insaciable sed de maldad y venganza que posee el ser humano; y más, cuando se junta con otros individuos similares y su espíritu gregario le hace creer que su creencia, credo, partido político, forma de ver y vivir la vida…, son los más adecuados y verdaderos, por lo que al que no lo vea así se le ha de combatir y convencer, incluso violentamente y a la fuerza; y así seguimos. Entonces, pensaba yo en voz alta, pues lo comenté con algún que otro compañero: «Hay que ver cómo somos los humanos, que, pasado un tiempo de una gran desgracia, como es una batalla, una guerra u otro acontecimiento terrorífico, lo sabemos transformar en una visita o celebración lúdica y cultural, tratando de aprender lo que allí ocurrió, con el fin de no repetirlo, o simplemente por pasarlo bien, turísticamente hablando; pero que, luego, ninguna generación, hasta ahora, ha sido capaz de detener la guerra y los enfrentamientos armados para siempre. ¿Por qué será…?».

Luego, subimos por la escalera hacia los dos balcones de la parte superior-posterior del edificio, la mayoría a pie, pues fuimos advertidos de que, en cuanto nos metiésemos más de tres o cuatro personas en el ascensor, se pararía. Aprovechamos para cambiar impresiones, ver el característico paisaje de pinos actual, echar múltiples fotografías y anticipar el advenimiento del campo de batalla al que nos íbamos a dirigir a continuación, en plena Mesa del Rey; primeramente con el autobús, hasta que recorriéramos a pie los seis kilómetros y medio (de ida y vuelta) de ruta por el sendero “El Empedraíllo”, que transita a través de una antigua calzada romana y por el campo de batalla de este hecho histórico. Era un carril que estaba bien de piso, pero que mostraba todavía charcos de la lluvia caída en días pasados.

El joven guía nos explicó algunas cosas: como que, cuando llegamos a la cúspide de la ascensión, estábamos en la cota 804. Quiero recordar que es la altura a la que se produjo la batalla y cómo a los combatientes islamitas, “mártires de la yihad”, Alá bendeciría de modo especial con siete señales o recompensas. Una de ellas sería la concesión, a los varones, de 72 mujeres vírgenes (“huríes”) en su paraíso y que cada una de ellas tendría 1000 años de virginidad. Las mujeres, en cambio, recibirían en el paraíso a un solo hombre “con el que estarán satisfechas”. A su vez, a los cristianos se les arengaba con otra historia diferente, como era el honor de servir al Rey y a la Cruzada que el Papa Inocencio III avaló por medio de indulgencias y otros beneficios políticos, religiosos o eclesiásticos.

Los excursionistas no nos podíamos hacer ni idea de cómo iban cargados los combatientes cristianos (al igual que los islamitas), con más de veinte kilos de peso de más, entre sus atuendos y armas, con el espeso calor que debía hacer en plena canícula; y encima, corriendo y asaltando a las mesnadas moras. Éramos nosotros, que íbamos de verano y sin peso alguno, y cuando llegó la cuesta que enfilamos para divisar todo el escenario de la batalla, hubo alguno que se fue borrando y rezagando, o quedándose en el camino; aunque la mayoría subimos hasta lo alto, recibiendo la gratificación de la vista tan estupenda que allí se nos mostraba, las fotos, que no faltaron, y las acertadas explicaciones del joven guía que nos acompañaba.

La vuelta en el bus fue por Bailén y no por Vilches, como a la ida. Llegamos poco antes de las dos y media de la tarde al lugar del que habíamos partido, pertrechados de un bagaje cultural e histórico encomiable, así como de unas buenas vivencias amigales, y con el firme propósito de contarlo todo a nuestros familiares o amigos ausentes. ¡Ah! y de tomarnos una cerveza con aperitivo o hacer la comida en regla, para reponer fuerzas, pues la jornada mañanera había sido gloriosa. Seguramente que hubo más de un excursionista que aprovechó la tarde para pegarse una buena siesta, ahora que los americanos han descubierto, científicamente, lo bien que le sienta a cualquier cuerpo humano este descanso.

Ya solamente nos queda esperar a que llegue el domingo, 28 de mayo, para repetir otra excursión gozosa, pero esta vez al Yacimiento Arqueológico de Cástulo, en Linares, que tan espléndidamente nos regalará el Museo Arqueológico de Úbeda.

Úbeda, 23 de mayo de 2017.

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