Vicisitudes de la vejez, 20

Por Fernando Sánchez Resa.

Ando harto preocupada con la nueva ola de pandemia que se nos ha presentado antes de tiempo (en este mismo verano), cuando nos la habían anunciado -“los expertos”- para el otoño. Y me preocupan principalmente mis hijos, nietos y biznietos, puesto que, aquí en Andalucía, empieza el curso escolar el 10 de septiembre y los políticos de esta comunidad autónoma (da igual el color político al que estén adscritos) y otras regiones de España no han hecho los deberes que tanto piden hacer a la población, habiendo tenido -desde marzo, que se cerraron las escuelas- para hacerlos. Se ve que están esperando a que se produzcan nuevos contagios para volver a cerrarlas, como ya lo han hecho en bastantes colegios de Francia o Israel. Nunca aprenderemos del dicho “Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”. 

Pienso que los políticos andan contentos con tener a la población sumida en el miedo (así se la puede manipular mejor, es de manual de Maquiavelo) y que nuestra sociedad -en general- muestre palpablemente no saber entender lo que se nos ha venido encima, siendo mucha gente (entre los que destacan los ilusos jóvenes, entre otros, y más) unos irresponsables de campeonato (claro que, con tanta mentira expedida por los centros de poder y medios de comunicación de cualquier lado, a ver quién es el guapo que averigua la verdad de todo este enredo).  

Ambos (políticos y ciudadanos) vuelven y volverán a tropezar en la misma piedra sin que haya aprendizaje ni rectificación posible. ¡Qué horror! Hasta que no se contagie el potito no vamos a parar. A lo mejor esa es la verdadera y mejor solución. Ya pasó con la peste en Europa, que arrasó y se llevó mucha gente por delante, siendo todos nosotros descendientes directos de los que sobrevivieron. 

Y menos mal que ando en mi casa, si no, ya volvería a estar confinada en la residencia de ancianos de la que me sacaron a tiempo mis hijos, puesto que no podría ver a mis familiares, a no ser como si fuesen astronautas de otra galaxia (la de los no confinados por decreto ley, como los pobres ancianos), enfundados en sus trajes de plexiglás hasta las cejas. ¡Vaya por Dios, qué época más desagradable me ha tocado vivir antes de irme para el otro mundo! Permanentemente me estoy acordando de mis queridos y añorados padres y abuelos, que tuvieron la suerte de morir plácidamente en su casa y acompañados de sus seres más queridos y apreciados. Se ve que nuestra generación y las que vienen detrás no vamos a tener esa suerte. Algo estaremos haciendo muy mal… 

Menos mal que ya estoy en mi hogar y no me pueden obligar a que me vacune de la Covid-19. No me podría escapar si estuviesen viviendo en mi antigua residencia de ancianos. Ya hemos visto, en el norte de Italia y en otros centros de ancianos similares, cómo la pandemia se ha cebado con los ancianos, nos cuentan ciertos expertos, por culpa de estar vacunados de la gripe por obligación… 

Todo esto me lo soplan mis nietas, manteniéndome bien informada; incluso me dicen que hay una App para instalar en el móvil, de forma voluntaria (por ahora), para detectar si te cruzas con un enfermo de coronavirus. No saben lo que inventar los gobiernos y mandamases de turno con tal de tener sojuzgado al ciudadano medio bajo la añagaza de la mejora sanitaria social. A este paso la KGB, la Gestapo y otras formaciones similares van a aquedarse pequeñas. Ahí lo dejo. 

Todo esto cuando lo que prima desde lo social y político (a mi particular entender, claro) es la libertad individual de actuación y conciencia en beneficio del propio individuo y…, ¿del resto de ciudadanos?  Como decía mi abuela: «Cuanto más vives, más te sorprendes de lo que inventan, elucubran y se equivocan los humanos…». Llega un momento en que es mejor no ver nada más e irse al otro mundo, diciéndole: «Adiós para siempre, mundo cruel…».

Y ahora retomo mis batallitas de paridora, como solemos charlar y decir las mujeres casadas y con hijos, cuando estamos reunidas solas, especialmente, aunque no es extraño que se lo echemos en cara a los hombres, cuando sea oportuno y menester: «Si los hombres, en general, a pesar de sus valentías demostradas (o por demostrar) en las guerras y demás conflictos, con lo quejicas que son para el dolor (salvo honrosas excepciones; que haylas, como la existencia de las brujas), tuviesen que parir por turno riguroso de la naturaleza, la humanidad estaría mucho menos poblada de que lo está actualmente; ya que si era la mujer la que empezaba el melón, la pareja tendría como mucho tres hijos (uno de cada uno, siendo el tercero de la mujer), pues al cuarto, el hombre se rajaría y diría que no quería pasar por ese puerto doloroso o atolladero vital. Casi lo mismo pasaría, si empezase el hombre a parir, solamente que la cifra de hijos bajaría a dos: el primero lo pariría el marido, el segundo la esposa; y ahí se acabaría la historia… 

Hoy me apetece contar el tercer parto, el de mi amado hijo, agarrada a los barrotes de la cama de matrimonio de mi alcoba diciéndole cariñosamente: «¡Sal ya, mi pequeño “cabezolón”…!»; pues, así es como se le suele (y/o solía) llamar o nombrar vulgarmente cuando llegaba un chiquillo a este mundo, en mi ciudad natal, Úbeda (Jaén); siguiendo el mandato machista de la Biblia a la mujer: “Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti”. 

Vino con varias vueltas en el cuello y no lloraba -lo que me asustó bastante-; hasta que se las quitaron y le dieron varios y fuertes azotes, que yo padecí más que si me los hubieran dado a mí; entonces es cuando entró el aire limpio en sus novísimos pulmones y comenzó a llorar desaforadamente… ¡Qué alegría oír su llanto, aunque suene a paradójico! 

Sin desmerecer a mis dos hijas que, con sus defectos y virtudes se han mostrado cariñosas y serviciales conmigo, en general; pero nada, comparado con mi único varón, al que quiero y siempre querré con locura, pues es el único que nunca me ha dejado en ninguna de las múltiples estacadas de la vida, mostrándose siempre cariñoso y servicial. Es lógico que tenga con él una confianza total (un filing especial) que, hasta en la otra vida, pienso conservar.  

Con lo que escribo, algún lector pensará que estoy más enamorada de él que de mi marido estuve (por aquello del complejo de Edipo o Electra visto del revés -de madre a hijo- que nos advirtiera Sigmund Freud); pero no es así. Ese amor que ahora estoy describiendo es diferente y aún más fuerte que el que le profesé a mi esposo. Y no es que yo dijera el dicho “A ti (mi esposo) te encontré en la calle y a mi hijo lo llevé nueve meses en mi vientre, siendo sangre de mi sangre…”; sino que todas las madres sabemos que el amor más fuerte que existe en el mundo es el de madres a hijos (o hijas), aunque por desgracia también tenga sus excepciones, como toda regla instaurada. 

A mí, como a toda mujer sincera, en el transcurrir de la vida, se me ha hecho realidad aquel proverbio tan sabio: Suegra y nuera no caben en una era; madre e hija caben en una botija…”; a pesar de que  tratemos de edulcorarlo, contando lo bien que nos llevamos con nuestras nueras, que es lo políticamente correcto y que hacemos en determinados ámbitos públicos o privados, hasta que rompe la tormenta y entonces contamos por nuestra boca -más o menos íntima o abiertamente-  toda clase de acciones o expresiones verbales que delatan la real mala relación que tenemos entre estos dos personajes femeninos de una misma familia, quizás por la soterrada rivalidad femenina que late en la posesión del amor del hijo o del esposo, respectivamente… 

Sevilla, 5 de septiembre de 2020.

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