22 de diciembre

Por Mariano Valcárcel González.

Hoy, 22 de diciembre, se celebra el sorteo de El Gordo de Navidad.

Hoy, 22 de diciembre, empezaba “oficialmente” la Navidad en mi casa.

Generalmente, para esta fecha, las clases, es decir, la escuela primaria, ya estaban terminadas, que un día antes habíamos celebrado aquello de «Que vivan los mantecaos, que vivan los polvorones, y viva don José Antonio que nos ha dao vacaciones» y nos quedábamos, pues, en nuestras casas. Entonces, prácticamente encamados, aparecía mi madre con los mantecados de rigor, la señal ritual de entrada en fiestas.

Se oía la radio, ya fuese la de casa ya la de otras viviendas, que para la ocasión tenían el volumen alto, porque se radiaba el dichoso y anhelado sorteo. Si se salía a la calle, se seguía oyendo la cantinela de los chicos de San Ildefonso (entonces niños varones, que se tardó en incluir a las niñas), porque todo el mundo estaba pendiente de esa suerte maldita (maldita porque a nosotros, y en general a Úbeda, no nos caía nada en condiciones) y era la forma de poder tener algún dato ya a mano. Los listados oficiales salían otro día en la prensa y también en otra fecha los ponían en las administraciones; era donde se podían comprobar todos los números salidos y si, al menos, se tenía una pedrea (que luego se trocaba y se troca en el recurso de poder recuperar lo invertido con el reintegro) nos dábamos por satisfechos.

Hoy, 22 de diciembre, he paseado por las calles de mi pueblo. No he podido oír la cantinela tradicional. Si quería hacerlo, habría de meterme en alguna cafetería o bar abierto, que tendrían la televisión conectada a alguna de las múltiples cadenas que ya transmiten el acto. Pero ese escándalo callejero de antaño se tornó en silencio.

Para paliar en algo aquellos recuerdos nostálgicos, he hecho lo que antaño hiciese mi madre. Me he ido a las hojaldrinas (mis preferidas) y me he comido ¡una! acompañada de un chupito. Y me he declarado la apertura oficial de las fechas festivas.

¿Por qué el cambio de formas y modos…? Porque también los tiempos cambiaron y eso hay que admitirlo. Ahora, como es mi caso, no hace falta estarse apegado a la radio o al televisor para ir al tanto del sorteo, que tanto nos da lo que salga y donde caiga, porque apenas terminado el sorteo podremos consultar con cierto margen de seguridad, en internet, los números importantes y sus cuantías e incluso a la tarde ya habrá referencias de todas las pedreas. ¿A qué, pues, andarse ansioso tras la monótona cantinela de esos niños cantarines?

Esta es una buena, buenísima señal del discurrir del tiempo y sus variaciones inevitables, que exigen también variaciones en nuestras conductas e incluso en nuestros sentires. O sea, que aquello de la tradición, de lo que fue siempre, de lo que se pierde o no se debe perder, de las esencias del existir y del ser incluso patrio, porque eran tradiciones, hay que repensarlo, considerarlo y reformarlo (incluso dejarlo morir si ya no tiene razones de existir, ni savia que lo alimente).

Y no es que yo o mi familia dejemos de realizar algunos ritos asociados a estas fiestas.

En aquellos tiempos lejanos en mi casa, precisamente a partir de este día, nos poníamos los hermanos a montar el belén. Guardadas estaban figuras y casitas cada año hasta que eran recuperadas para vivir su existencia pública al menos unas semanas. Ahí nos andábamos buscando serrín en las carpinterías (a la de Prieto, compañero músico de mi padre, íbamos en primer lugar), escoria de las herrerías y forjas o de las fundiciones todavía en funcionamiento (con la escoria hacíamos las montañas y rocas del suelo y musgo para el verdín, que era algo más complicado de buscar). Papel de plata (de orillo, decíamos) para simular el inevitable río, que a veces cubríamos con cristales y las nuevas adquisiciones de alguna figura o puentes y casitas de corcho. Así que el belén siempre se ponía y fue señal de decadencia y de otros tiempos, inevitables, el que dejásemos de ponerlo.

No hubo nunca árbol de Navidad en esa casa. Es que, además, lo aconsejado por el nacionalcatolicismo reinante era prescindir de esas modas extrañas a nuestras costumbres (y con poco sentido cristianocatólico). Ahora, lo primero que se pone en mi domicilio es ese árbol de lucecitas y pelotas brillantes, según dictado familiar; eso sí, ya es tradicional el montar dicho árbol para el Día de la Inmaculada. Así se viene haciendo, pues. Me acojo en algo a un resto de tradición o memoria para colocar el misterio en alguna parte de mi cuarto de estar, incluso con su iluminación.

Como no había árbol de Navidad, tampoco se entregaban regalos la mañana de Navidad, previamente colocados bajo el árbol. Tampoco en esto estaban muy acordes nuestras autoridades eclesiásticas y civiles, porque eso de Papá Noel era manifiesto extranjerismo (y para colmo francés) y peor si se decía Santa Klaus (de nórdica procedencia, tan lejana a nuestras tierras meridionales). El trineo, los renos…, el tío gordo y barbado con su ¡ou, ou, ou! incomprensible quedaban desconocidos a favor de nuestros Reyes Magos, que sí que andaban por nuestro belén, acercándose cada fecha más al portal del misterio.

Así que los escasos regalos que nos traían los Magos llegaban la noche del 5 de enero y los recogíamos la mañana del 6, día de esos aristócratas. Y nos quedaba escaso margen de ese día y el siguiente para poder disfrutarlos o presumir de los mismos (quienes podían, más por darnos envidia a los demás). Ojo; un mantecado y un chupito para cada uno de ellos, no se fuesen de vacío, que las gentes de aquellos tiempos seríamos pobres pero generosos.

Pues que esto también se va perdiendo en orden a las circunstancias que nos rodean. La influencia del árbol y del tío gordo y barbado es manifiesta y se nos mete cada vez más por la dichosa propaganda comercial, ajena a costumbres hispanas y más pendiente de sus ganancias en ventas.

Así que, bajo las lucecitas multicolores, colocamos los regalos para cada miembro de mi familia, también cosa consensuada, dadas ciertas circunstancias personales que obligan a centrar celebración en esta fecha de Nochebuena y Navidad. Y no es que sea cosa exclusiva de mi gente, es que por lo dicho antes y por cierta racionalidad en el disfrute de la chiquillería de sus juguetes en todo el periodo navideño, que así tienen más días para destrozarlos, es conveniente adelantar las entregas. Otra costumbre o tradición más que va cayendo por mor de las necesidades de los tiempos y de las influencias ajenas. Al fin y al cabo, se dice que estamos en una era de globalización ya inevitable.

Así que, en esto, España marca una significativa diferencia. Este 22 de diciembre es todavía muy importante y que lo siga siendo por mucho tiempo. Y espero que haya habido suerte; yo todavía no he consultado mis números.

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