Meditación bajo un pino

Por Mariano Valcárcel González.

Me acerco al viejo y solitario pino, achaparrado, en su singularidad y en su lucha contra todo. Se encuentra como testigo mudo de algo que pudo ser o haber alguna vez en el tiempo, o no, ¡quién sabe! Pero ahí está plantado en su certeza, lamido por el agua del mar que juega a engañarlo, acercándosele y huyéndole de inmediato.

La playa, larga y sola, ya brilla bajo el sol que se promete fuerte y agostadero, como dedicado en exclusiva a acabar con todo. Manso el mar susurra sin fuerzas. Me siento a la vera y a la sombra del viejo pino, dejando atrás palmerales decadentes e inhóspitos, desangelados en su abandono, zonas que saben de escasa agua y de salitre, urbanizaciones que han arrancado el alma al paisaje en su mayúsculo timo de naturaleza muerta.

Este árbol ha vencido a la maldición de los dioses puestos en su contra y su mayor y sabio logro, que todavía trato de comprender, ha sido cambiar el agua salina y estéril del mar en su fuerza. Ejemplo de superación, mensaje positivo.

Medito a la sombra del pino playero con el poco o nulo optimismo que me queda, en constelación negativa que todo lo envuelve y lo arrastra, como hacia un agujero negro inexorable.

Precisamente, recuerdo, acabo de leer un libro titulado “El cura y los mandarines” (creo que poco conocido), que, tras el hilo argumental de su progresión histórica de la intelectualidad hispana tras la guerra incivil, va mostrando en disección implacable el quién, el cómo y el cuándo (incluido el porqué, como todo buen trabajo periodístico que se precie) a los personajes que vivieron, sobrevivieron, medraron, triunfaron o perdieron en tantos años del franquismo y posfranquismo. Y las traiciones, bellaquerías, verdades y mentiras, trampas y escasas heroicidades que se dieron.

Lo que más me llama la atención (y es origen de mi depresión) fue el constatar esos cambios de chaqueta producidos; cómo, de la noche a la mañana, lo que se fue ya no era, lo que existió desapareció supuestamente, sin dejar rastro. La manipulación desvergonzada de la memoria, en juego de trileros y tahúres que realizaron gentes con nombre (o que pretendían tenerlo o hacérselo).

En este libro, se ponen los puntos sobre las íes de quienes nos suenan o antaño sonaron, y mucho, cosa que es necesario no olvidar para no volvernos locos. Y la cerrazón fanática y doctrinaria a ultranza, a pesar de la cerrada realidad inapelable, realidad que a veces provocó, ¡oh, milagro!, la falsa y paulina caída del caballo (a veces para optar por la elegante limusina oficial, más cómoda).

Es el viejo mundo que trataron de tornar simplemente en el nuevo y actual, sin que nos lo advirtieran o tratando de que no lo advirtiésemos; pues siempre habremos los borregos, la masa, el pueblo al que hay que apacentar y dirigir y también habrán siempre pastores y zagales (y perrillos adiestrados) que se dedicarán con fervor a esa supuesta y auto adjudicada misión. No importa lo que opine ese pueblo, o rebaño, pues si se obra según mi versión (de pastor) será por virtud de mi enseñanza y acción; y, si obra en sentido contrario de mi prédica, será porque está alienado o engañado por otros pastores no verdaderos. No importa la felicidad del pueblo (¿felicidad?, ¡qué palabro más infame!), sino la interpretación que yo tenga de lo que eso significa y, en su momento, convenga. Así, siempre, el pueblo será objeto de tutela.

Y los que mandaron e instruyeron antaño o se cambiaron de camisa para seguir haciéndolo o se perpetuaron en otros, hogaño, los que tanto aprendieron de sus lecciones.

Entre tanto, se pueden seguir ciscando en la democracia, en sus instituciones, en el llamado Estado de Derecho (inexistente, sí) y mangar a cascoporro, mientras sostienen que son sus mayores defensores; chirriante e inservible chiringuito democrático. Expertos en aquello del «Consejos vendo, pero para mí no tengo», con fabulosa maestría en el manejo de teorías políticas, sociales o económicas, presumiendo de autorías y docencias, de alturas intelectuales o manejando verdades rancias ya manidas, presentándolas como nuevas, cuando no lo son (solo tienen un repintado).

El humilde pino, al que me acojo, ha visto ya mucho y mucho sabe de estas coas, cantos de sirena como los de mar que lo arrulla y adormece, soledad clamorosa en abandono, incluso de los suyos. Anclado al sustrato pétreo, mantiene fuertes y hondas sus raíces y su retorcido tronco nos muestra la belleza de su edad. A su lado, trato de comprenderlo y comprenderme.

Pero algo tengo claro: la realidad del trampantojo que se nos muestra. El asco que me producen todos ellos.

¡Ah! Aclaro lo que considero felicidad:

- Significa derechos humanos practicados íntegramente.

- Significa deberes correlativos e inseparables a los anteriores.

- Significa libertad acompañada de respeto.

- Significa igualdad de oportunidades según capacidades.

- Significa vivir sin temor alguno.

- Significa poder gozar de un descanso bajo la sombra del único pino de la playa.

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