El turismo es un gran invento

Por Mariano Valcárcel González.

Dicen que Barcelona ha muerto de éxito y que sus habitantes naturales ya están muy hartos de sufrir este éxito asesino. Dicen que abominan del turismo masivo que lo inunda todo, turismo ciertamente en exceso democrático, sin clase ni componenda, sin pedigrí alguno y (lo que es peor para esos catalanes muy suyos) sin conocimiento ni ganas de conocer de la identidad y de las esencias catalanas.

Y gentes tan del común desclasado que apenas, si pueden, gastan la pela en mayor beneficio del empresariado catalán.

Me entero de que también los de Ibiza claman ya por desprenderse de su aluvión turístico, tan enraizado y tan especial.

Hay bastante de cierto en el fenómeno, pero también bastante injusticia en el diagnóstico y en la prescripción de soluciones, que pasan por intentar restringir esa incesante e invasiva marea.

Por mi parte, he observado que en Madrid va pasando lo mismo. No hay calle o calleja del casco de los Austrias que no esté invadida de grupos de extranjeros con sus guías, o por libre. Parejas de jóvenes o maduros, para arriba o para abajo, o de un lado para otro, circulando con esa torpe indecisión y lentitud de quienes no saben a ciencia cierta por dónde o adónde van, y poniendo de los nervios a los nerviosos y estresados conductores. Colas en edificios de obligada visita.

Los que –se supone– reciben estas visitas como agua de mayo son los del gremio de la hostelería y la restauración, tabernas auténticas o de descarada impostura, bares y cafeterías, restaurantes con pretensiones, antros donde a veces se da gato por liebre en la más castiza tradición de la picaresca patria. Es dinero contante y sonante –no se ponga en duda–, que da vida a este sector y lo mantiene, que no es poca cosa.

Pero lo más curioso es observar cómo mucho del personal que trabaja en estos negocios es emigrado, fundamentalmente de allende la mar océana. Y no deja uno de pensar dónde están los naturales, por qué no andan trabajando en esta industria que tiene futuro despejado (al menos por ahora). La reflexión nos llevaría por derroteros que tal vez a algunos no les gusten, sobre todo a los adeptos al falaz e inventado recurso de la liberal ley de la oferta y de la demanda, de la autorregulación del mercado (laboral en este caso) y tantos y tantos mantras aptos solo para dar apariencia de doctrina (sabia doctrina, docta y bendecida en estudios sesudos y cátedras) decente, a lo que solo es mero uso y abuso de las condiciones económicas y sociales que lo permiten. Pues acá se trata del coge el dinero y corre lo más pronto posible y antes que se lo lleven otros. Hacer caja y dejar, si se deja, lo mínimo para cubrir gastos (entre los que debieran entrar los de personal, indudablemente); si el personal cobra menos, más beneficio tengo; esto es de Perogrullo y, claro, se ha contado para ello con el acceso garantizado de estos emigrantes. Los naturales, escarmentados o ya resabiados, huyeron de salarios bajos y horas altas y, aunque necesidad obliga, pocos han regresado.

De lo que escribo, deben de haber ejemplos en pro y en contra –lo normal–; pero tengo que traer como muestra a ese empresario “modelo”, madrileño y cargo en los clubes del empresariado, que conseguía contratas oficiales para su negocio y luego repartíabeneficios con los chorizos que se las habían facilitado. Claro; de esta forma tenía que ajustar bastante los gastos…, mayormente en personal.

Ir en dirección de morir de éxito, como suponen en Barcelona, es ir a matar a la gallina de los huevos de oro, por sobrepuesta. Que el turismo es un gran invento, ya lo proclamaron en películas de género muy español; pero a nadie se le ocurre acabar con lo inventado, si no se ha logrado tener ya dispuesto otro que lo sustituya, mejorándolo. Y creo que, en nuestro caso, nadie está en disposición de asegurar que ha conseguido obtener otra fuente de ingresos (me refiero a España). Claro que sería deseable un turismo de calidad y tanto económica como culturalmente, evitando lo masivo; pero el modelo ha de ir evolucionando, si los implicados en ello se aprestan a hacerlo. Y el criterio de beneficio rápido, con la mínima inversión, está muy arraigado. Hacer lo que viene siendo rutinario y común, durante decenios, no nos garantiza más que llegar al hartazgo y a la decadencia.

Cuento dos anécdotas personales al respecto, aunque distanciadas en bastantes años. Allá, por el final de los sesenta o inicios de los setenta, estuve algunos veranos en Palma de Mallorca. Allí, el turismo ya era bastante importante y, de cara al mismo, se desarrollaban los negocios. Pues bien; en un garito cutre, adornado con cañizo, carteles de toros o de flamenco, y una habitación anexa, bastante tétrica (por la escasa luz de discoteca), se les daba a los “guiris” (aunque esto así no se decía entonces) una sesión de alcohol malo, aliñado de cante, palmas y guitarra, que ni era flamenco ni . ¿Pero, cómo iba a serlo, si uno de los que acudía allá para palmear o cantarera yo…? ¡Y eso se vendía en el tour nocturno de grupos, como “tipical hispanis”! Ahora, este mismo año, visité la villa de Sigüenza, digna de visita desde luego, y tan cerca de Madrid que los fines de semana hay avalancha turística; en fin de semana, hube de ir y, a la hora de comer, de entre los muchos restaurantes y bares que se ofrecen, elegimos (que íbamos varios) uno donde –por lo que se ve– la consigna era «Hay que abusar del turista» (que no va a volver)… Comida cara y muy mala –como resumen–, indigna del entorno monumental y de la gastronomía castellana.

Si no aprendemos nada (especialmente tras el bache que se sufrió años atrás) y ni sabemos ni pretendemos consolidar esta industria básica en nuestras cuentas y balances, ¿qué se puede esperar, en cuanto el viento cambie de rumbo?

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