Chapuzas

Por Mariano Valcárcel González.

Es cansino el repetirse, al repetir que en esta España de nuestros desgarros de vicios, más que virtudes, los anteriores se mantienen e incluso, para desencanto de quienes un día creyeron en que el cambio llegaría de una vez por todas, se potencian. Si no, fíjense a qué niveles de exquisitez y diseño ha llegado la picaresca y la corrupción (que siempre la hubo, no seamos injustos).

Pero no es de ello de lo que quiero escribir. Ahora quiero hacerlo sobre otras constantes de nuestro modo de ser, en la forma de afrontar, por ejemplo, el trabajo o las obligaciones que ello implica.

Veamos, con algunos ejemplillos que me han acaecido en estos días. Me dejan, tras una obra de dos años de duración en la vivienda colindante a la mía, una fachada bastante perjudicada. Debajo de mis ventanas se han colocado hormigoneras, contenedores, trastos y andamios, camiones y hemos tenido que aguantar dos, casi sin poder abrir esas ventanas por el polvo y el ruido, ruido que se aguantaba desde las ocho de la mañana hasta bien entrada la tarde (taladro en especial, pues sacaron piedra), todo ello sin quejarnos; ahora y terminada la obra, solo pedíamos que nos adecentasen la parte de la fachada y ventanales; y eso se ha hecho con un simple “lavado de cara” (manguera al canto), sin mucho empeño ni resultado.

Se me cae la línea de ADSL y teléfono durante varios días. Reporto a la compañía y empiezan a marear la perdiz, porque hay que contar con quienes son dueños de la red, que es, al fin y al cabo, Telefónica. Y trastean “virtualmente” mi equipo varias veces (que esa es otra; tienen acceso remoto y, por lo tanto, el control de todo el equipo y consecuentemente todo lo que en el mismo se desarrolle, ¿estamos seguros de no ser meros conejillos de indias?); y tras que se corrige o no, previa vuelta a llamar por lo mismo, acude el empleado telefónico que vuelve a hacer lo mismo y no mueve ni un cable ni mete comprobador alguno en la línea. Y vuelta Perico al torno, que esto ya va y luego llamaré para confirmar… La cuestión no es si esto es cosa mía o tuya, sino que nadie, en apariencia, se tomaba la molestia en hacer unas sencillas comprobaciones in situ. ¿Te llamó para confirmar el resultado…? A mí, no. Admitiré, por mi ignorancia, que tal vez ya no sea necesario hacerlo así.

Otra cosa para marear al personal, sin entrar en batalla. Hay una gotera en el local comercial de los bajos de mi edificio. El técnicode la aseguradora del mismo da por hecho que es culpa de mi baño (que debe quedar en esa situación) y, sin más y sin comprobar nada, se larga. Llamo a mi seguro y me mandan al perito,que tampoco se ensucia las manos (ni mide, ni abre acceso cercano a la gotera) y queda en mandar al fontanero; el fontanero lo mide todo; se determina, sin embargo, que la gotera es del bajante general que pasa y cae desde esa zona; mi baño, porque además ha explorado por el techo del local accediendo desde el foco de luz, pero solo se fija en el bajante dicho y determina, pues, que no es cuestión de su seguro (y mío). Así que debe intervenir un tercer seguro que es el de la comunidad. Llegado el sujeto que representa a éste, determina, previa grabación con móvil, que la gotera se origina, sí, en mi baño, pero corresponde a la confluencia de mi servicio con el general (o sea, que vuelve a ser mi incumbencia)… Todo y a lo que se ve por un mero criterio básico entre los seguros del “tú la llevas” y el que venga detrás que arree. Que me parece muy bien que asuma la responsabilidad quien la tenga, pero…, y es el caso que al día de hoy en que mando esta colaboración todavía siguen en lo de si son galgos o podencos.

Es que, como indico al inicio, la cultura de la irresponsabilidad se ha adueñado completamente de nosotros y en todos los aspectos. Y también pervive la inercia del trabajo mal hecho o mal terminado, del parecer que se hace pero no, el no cumplir con los protocolos establecidos o con las mínimas exigencias de calidad necesarias; si se ha de hacer cierta comprobación, o no se hace, porque a simple ojo se pretende haberla ejecutado, o se hace a la ligera. En el caso referido de la línea de ADSL, el sujeto de la atención telefónica de la empresa pretendía dar por zanjada la incidencia sin pasar un mínimo plazo para la comprobación efectiva; o sea, dar por terminado lo que ni se sabía si ya estaba definitivamente arreglado.

Me he encontrado con sanitarios a los que les pide una determinada acción el facultativo, por escrito, y ellos o no la realizan o realizan otra que tal vez es menos efectiva (pero sí más cómoda para ellos). Todo ‑volvemos a ello‑ por no realizar el trabajo al que están obligados como se les prescribe y hacerlo de la forma más cómoda y rápida.

Esto es muy nuestro, demasiado nuestro; entramos, de lleno, en el reino de la chapuza, gloria nacional que merece un monumento o una calle dedicada (ahora que se quieren cambiar nombres de ciertas calles); por eso, nos extraña y hasta lo premiamos con propina, y damos las gracias reiteradamente, cuando un obrero o un técnico nos sorprende haciendo las cosas como deben ser y hasta nos explica amablemente qué es lo que ha hecho y cómo debemos comportarnos ulteriormente, para que la avería o el problema no se nos vuelva a repetir. Estos son ya mirlos blancos, excepciones, raras avis de las que uno se apresura a tomarles santo y seña, por si las vuelve a necesitar.

Es cosa que creímos haber superado; que esto de ser europeos ya nos imponía carácter y, de inmediato y por su virtud, nosotros también nos volvíamos virtuosos. Tristemente habremos de admitir que creímos en la utopía (como en tantas otras), pero que, utopía al fin y al cabo, solo se debe lograr con el esfuerzo sostenido de lograrla, día a día, año a año, cansinamente. Es cosa de mentalizarse y mentalizar a los demás, hacer campaña, crear normas y leyes que lo vayan imponiendo; que la productividad de las empresas no se logra solo con abaratar la mano de obra o los costes de los materiales, que es cuestión fundamental de calidad en la producción, la distribución y la posventa.

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