Turismo social

Por Mariano Valcárcel González.

Ahora es muy frecuente ver grupos de turistas deambulando por la zona monumental ubetense, acompañados o dirigidos por los guías correspondientes. Llegan en autobús, los desembarcan y, tras el recorrido más o menos largo y programado, los vuelven a embarcar y a otro lugar (me figuro que a Baeza o que de allí vienen).

Hace algunos años que mi mujer y yo nos embarcábamos en excursiones de este tipo, programadas y tasadas, porque nos era realmente cómodo el que te llevasen y trajesen de un lado para otro sin tener que estar pendiente uno de la carretera, su tráfico o circunstancias, las rutas y direcciones a las que ir sin equivocarte y, como conductor, sin enterarte ni ver la mayor parte del paisaje que recorrías (si querías y quieres salir con vida del intento).

Que te dejas llevar como borreguillo al compás del rebaño y te tragas al guía o a la guía correspondiente que puede ser estupendo y acierte tanto con la logística de la excursión como con la amenidad y claridad (y exactitud) de las explicaciones que te vaya dando, cosa que es de agradecer, como que ese teórico profesional sea un verdadero zoquete y no tenga ni pajolera idea de por dónde va o que le importen un carajo las personas que lleva embarcadas en el bus. De todo hay y de todo he sufrido.

Veo a esos grupos de personas mayores generalmente, unos que los lleva el IMSERSO, y otros por medio de otras agencias y compañías dedicadas a lo mismo; el campo de los mayores es muy goloso para todos ellos. Turismo social se le llama y ciertamente, y tras su implante en España, se ha hecho una gran labor en pro del entretenimiento y culturización del colectivo de mayores más desfavorecido o que tenían mínimas esperanzas de poder acceder a estas rutas o a estas estancias en lugares lejanos a sus domicilios. ¡Menos aún, el poder ver el mar!, descubrimiento enorme para gentes del interior que no habían salido del terruño.

Mi hija mayor, que está metida en el trabajo turístico, estuvo unos años en recepción de hoteles y lo que más la ponía fuera de sí era ver a los viejos del turno correspondiente del IMSERSO aparecer tras el desayuno por el hall y acaparar todos los sillones habidos, y allí quedarse toda la mañana hasta la hora de comer, que tras la siesta volvían al mismo sitio para esperar la hora de cenar. Hay quienes saben sacarle provecho a esas estancias y se buscan la vida por su lado, disfrutando de los días que tienen en la zona (me refiero al turismo llamado de playa, que son semanas de estancia fija sin más programa).

Los viajes culturales o temáticos (como los que deben llegarse a Úbeda, creo) son más variados, pero también más azarosos, que hay que moverse, cambiar de ciudad y hotel, madrugar las más de las veces… Pero se conocen las ciudades o las zonas que visitar.

En tiempos anteriores, existía Educación y Descanso, sección de los sindicatos verticales franquistas, que tenía residencias vacacionales establecidas en zonas turísticas principalmente, y a las que casi siempre accedían los afines que eran los que se sabían todos los procedimientos y requisitos para solicitarlas o simplemente se les adjudicaban graciosamente por ser ellos quienes eran.

También había (y algunas han permanecido) residencias para miembros de las Fuerzas Armadas o de Seguridad del Estado. Me figuro que entre ellos habría quienes las podrían utilizar más que otros, según graduación o cuerpo al que perteneciesen.

Eso se consideraba como cosa de lo más natural (también me figuro que la adjudicación, en la URSS o en otros paraísos socialistas, de las dachas (‘casas de campo rusas’) de veraneo se ajustaría a estos protocolos tan exclusivos, porque en todas partes cuecen habas). Ahora, en nuestro país, cambiaron las tornas en general y esto del turismo social se ha democratizado; se consideró que todo lo anterior era un uso exclusivo y privilegiado de colectivos o personas y que había que eliminarlo.

Por eliminar, se eliminaron hasta las acreditaciones que se nos emitían como miembros del Ministerio de Educación, o sea como docentes, con las que podíamos acceder los profesionales a museos, edificios catalogados o bibliotecas, gratuitamente. ¡Eso era un privilegio imperdonable frente a los demás ciudadanos…! O sea, adquirir cultura para un enseñante, facilitársela, era un derroche; derroche de recursos era y es el no hacerlo; pero vaya usted ahora a convencer de ello a nadie. Por cierto, en una visita que hice a Oxford, pude entrar en varios colleges gratis, porque iba con un sobrino que allá trabaja y tenía acreditación y, por lo tanto, pase para él y para algún acompañante. Eso debí considerarlo ‑pues, a tenor de los parámetros que por acá se gastan‑ como un privilegio y un abuso y debía haber renunciado a ello.

Llegada la hora del puritanismo fariseo se pretendió que quedásemos todos de un blanco, blanquísimo inmaculado, sin sombra de duda sobre nuestra probidad y honradez como funcionarios. Se dejaron atrás los regalos a los docentes por el cumpleaños de los mismos (o su santo), las comidas corporativas por el día patronal abonadas con el presupuesto administrativo; y creo que se mirará con lupa si, al terminar cada curso, o al jubilarse uno, recibe regalos de sus administrados. Y es verdad que se cometían barbaridades, que yo conocí a persona que “exigía” el tipo de regalo que cada día y año de su santo le regalaba “voluntariamente” cada alumno de su colegio (imagínense un regalo abonado por la totalidad del alumnado lo que podía suponer). A este propósito, contaré que en ese mismo colegio, en el que estuve con un grupo reducido y apartado de alumnos mayores, los pobrecillos, cuando llegó el final de curso y sabían que yo no repetiría, lloraban a moco tendido y de su propia iniciativa me llevaron un humilde juego de escritorio.

He indicado arriba lo de puritanismo fariseo, porque ahora se demuestra que a lo que se aspiraba era a la exclusiva, concentrada en pocas manos y sectores, de recibir regalías y gratificaciones o sobornos bien encubiertos, a políticos o para los cargos superiores puestos a dedo o afines al mando. Y los privilegios inherentes, también.

¡Por fin, todos iguales…! ¡Y una mierda!

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