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“Los pinares de la sierra”, 155

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.-Jugando de farol.

Cuando el peligro que nos amenaza es superior a las propias fuerzas, y el miedo que sentimos se impone al que podemos soportar, de buena gana renunciaríamos al enredo en que nos hemos metido. Pero el sentido del deber nos exige que avancemos sin mirar hacia atrás, con la única esperanza de salvar nuestra dignidad como personas, aunque nos sintamos huérfanos de la seguridad y confianza necesarias.

El martes a media mañana, cuando ya estaba a punto de bajar a desayunar, le pasaron una llamada del señor Gálvez. Lo había visto pulular el domingo por la finca, con cara de pocos amigos. En cambio, por la forma de saludarle, ahora parecía estar de mejor humor y con ganas de charla. Demasiado amable, pensó Paco mientras hablaban. A pesar de su severidad e intransigencia, quizás también estaba muy preocupado y tenía sus dudas sobre si aquel aprendiz de timador sería capaz de vender sus parcelas como le prometió el jueves por la noche.

Portela, ¿sabes qué día es hoy? Lo digo, porque el domingo no compró ni la familia a la que le amañaste el sorteo. ¿Me equivoco? Pues solo te quedan cinco días.

Unas veces en serio y otras en broma, no dejaba de lanzar veladas amenazas para tratar de amedrentarlo. Pensando que quizás lo hacía para probar su confianza y su seguridad, decidió tirarse un farol.

―Señor Gálvez, le garantizo que tengo un cliente muy interesado, con el que pienso verme esta misma tarde para hablar de lo suyo.

Convencido o no, Gálvez, con su característica ironía, le recomendó que no se le ocurriera darse el piro, como hizo el golfo de Fandiño; y que, si lo hacía, se atuviera a las consecuencias.

―Espero que a su regreso tenga usted el señorío de pedirle disculpas por lo que acaba de llamarle ―contestó Paco con fingida dignidad―. Roque fue a dar a su padre cristiana sepultura y, Dios mediante, mañana por la tarde regresa a Barcelona.

Colgó el teléfono, bajó a Los Intocables y, mientras desayunaba un café con leche y un croissant rancio ―seguramente del día anterior―, se sentía como el torero que el domingo ha de enfrentarse a seis miuras, o el soldado que espera entrar en fuego al amanecer. Posiblemente, debería informar a los vendedores del peligro que corría, pero no estaba seguro de ayudarles con sus preocupaciones personales. De modo que pagó el desayuno y fue a comprar unos recordatorios de esos que se entregan al final de los entierros, cuando el acompañamiento desfila ante la familia del finado para mostrarle sus condolencias. Como los asuntos de los muertos le infundían un profundo respeto, eligió unas estampas de color beige, que llevaban en la portada una paloma con una ramita de olivo en el pico. Luego fue en busca de Eduardo Villa, el antiguo vendedor, que editaba boletos para los bares de la parte baja de la ciudad en su imprentilla casera. Le explicó de lo que se trataba y le pidió que pusiera en los recordatorios esas rutinarias muletillas que suelen escribirse en estas ocasiones: “Se ruega una oración por el alma de Roque Fandiño, que ya descansa en la paz del Señor…”;y el resto de esa retahíla, que se añade en las esquelas.

Como no sabía el nombre del padre de su compañero, pensó que los gallegos son muy tradicionales para esos asuntos y, probablemente, el muerto también se llamaría Roque como su hijo. Luego le preguntó a Villa si podría conseguir el proyecto de un hotel, no demasiado grande, de esos que se construyen en la costa. Villa se mostró muy amable, dijo que haría lo posible para cumplir el encargo, tomaron un café de puchero que el impresor recalentó en un infernillo de petróleo y, cuando Paco le entregó un sobre con diez mil pesetas, a cuenta de los trabajos, quedaron como amigos de toda la vida. Hay que decir que Eduardo, al principio, se resistió a recibir el dinero; pero acabó por aceptarlo, sin oponer excesiva resistencia.

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