Ráfagas

Experiencias puntuales de Manuel Almagro Chinchilla.

Cazorla…, mi universo

Cómo pasa el tiempo… Hoy he estado en Cazorla unas pocas horas, pues no era buen día para andar por la Sierra y decidí husmear por esas callejas maravillosas con olor a pueblo serrano. Como mucho alejarme del casco urbano, llegué hasta el Santuario de la Virgen de la Cabeza, cuestas arriba agotadoras para el cuerpo y gratificantes para el alma, desde donde se domina toda Cazorla: el castillo de las Cinco Esquinas y el de la Yedra, San Isicio, la Loma, la Campiña, el Valle…, y en el horizonte: Úbeda, Baeza, Sabiote, Iznatoraf…

Hacía mucho frío, no estaba nublado y la Sierra vestía el blanco de una nevada tardía. Me quedé a comer en el pueblo, desechando el austero y preceptivo menú de la mochila que cansinamente se repite cada día de marcha. «Total, un día es un día ‑me dije‑ y no hay nada mejor que encontrarse la mesa puesta con un menú serrano, un buen vaso de vino tinto y prescindir de fregar platos. Que me lo pregunten…».

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El menos común de los sentidos

En más de una ocasión hemos oído decir que «el sentido común es el menos común de los sentidos». La mencionada sentencia no deja de ser una paradoja, y quiero creer que se dice como metáfora, aunque venga avalada por algunos psicólogos, sociólogos y otros estudiosos de la psique y del comportamiento humano.

¿Que la sensatez escasea demasiadas veces? No es cosa rara y así se explica el trabajo que nos cuesta llegar a un acuerdo razonado con algunos de nuestros próximos, dando lugar a una relación que, por repetitiva, terminamos considerando normal, si es que puede considerarse “normal” la bronca diaria con determinados sujetos.

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Barraquer y la bolsa negra, 3

Desperté por la mañana en Barcelona. El desgraciado episodio de la bolsa negra ya pertenecía al pasado. Era tiempo de afrontar con todo optimismo y alegría las próximas jornadas. El hecho no me iba a amargar el encuentro con mis amigos y conocidos de la clínica Barraquer; ni con mis amigas del hostal, donde suelo alojarme, tan amables y cariñosas que hacen sentirme como en casa.

La revisión del ojo, rutinaria y sin más trascendencia, transcurrió según lo previsto: un recorrido de consulta en consulta de varios especialistas, hasta que al final afrontas la del doctor Barraquer, quien dictamina el plan que seguir a la vista de los informes recibidos de los especialistas anteriores y de su propia exploración. Todo ello en un ambiente exquisitamente amable y servicial, un dechado de limpieza y pulcritud, con una ornamentación y decoración que denota el buen gusto y donde destacan muy discretamente figuras de orden histórico‑mitológico de la cultura grecorromana.

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Barraquer y la bolsa negra, y 4

La Estación de Linares‑Baeza cae, siguiendo el sentido de marcha, a la derecha. Algunos viajeros ya habían copado la puerta de salida. No quise precipitarme, puesto que aquí se suele hacer cambio de máquina y se separan los coches que van para Granada de los que lo hacen para Sevilla, con lo que la pausa puede superar los quince minutos.

Los viajeros vamos saliendo displicentemente del tren y se va produciendo la consabida escena del recibimiento familiar.

Algunos ya se habían adelantado y, entre ellos, una pareja (hombre y mujer), de edad “casi” avanzada, se había instalado en aquel dichoso banco donde dejé la bolsa olvidada unas noches antes.

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Barraquer y la bolsa negra, 2

El tren hacía ya más de media hora que había cogido toda su frenética velocidad. El coche‑cafetería estaba por el centro del convoy, por lo que para llegar a él tuve que atravesar, tambaleándome, varios vagones casi a oscuras, pues la medianoche y el cansancio se hacían notar en el pasaje. Pero a la hora golfa no le faltan adeptos y allí estaban, desperdigados, cuatro insomnes usuarios apurando unos cafés en animada tertulia. No fue difícil hacerme con un taburete giratorio y allí me despatarré, con regusto y satisfacción, con los codos apoyados en el mostrador y una coca cola en las manos; eso sí: light.

A mi derecha, una pareja joven se arrullaba sin mucho recato. Debió causarle alguna impresión mi presencia, pues la chica comenzó a mirarme con poco disimulo. No quise entrar en el juego del intercambio de miradas; pero, con el rabillo del ojo, seguía cada uno de sus ademanes. Y uno, al que aún le queda algo de coquetería, sentía cierto halago por la deferencia.

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