Nada más que amistad

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

Confieso que no soy muy bueno, como tenista. No me interesa. Ser un tenista del montón ─me refiero al montón de abajo tiene sus ventajas. Cuando no ganas partidos todos quieren jugar contra ti. En cambio, con los mejores no quiere jugar nadie. Siempre ganan. Los buenos tenistas se encuentran tan solos…, tienen que arrastrarse pidiéndote partido: «¿Jugamos?». ¡Me dan una lástima! Yo empecé tarde a jugar al tenis, cuando aún me faltaban unos años para jubilarme. Lo tenía pensado desde hacía tiempo. No quería dejarlo para el último día, porque llegar al club una mañana con el equipo recién comprado en el Corte Inglés, y esa cara que se te queda cuando te jubilas, buscando un compañero para jugar, me parecía deprimente.

Elegí el tenis porque es un deporte con muchas ventajas. La primera es que estás a una prudencial distancia de tu rival, y ─por si las moscas─ tienes una red protectora, como a los trapecistas. También tiene detalles de cierta distinción, como estrechar la mano del rival que te ha metido seis a cero en cada set. A eso se le llama una bicicleta. Pasado el mal trago, respiras tranquilo y le das gracias a Dios. ¡Cómo descansas! Me recuerda a los exámenes de química con don Diego Fernández. Fíjate si será bonito el detalle de dar la mano, que lo han copiado los futbolistas, antes de empezar los partidos. Pero tiene truco. Me han contado que los defensas aprovechan ese momento para decirle, en voz baja, al delantero: «Como te vea por el área, te rompo las piernas». Los futbolistas son muy brutos. Dicen que Messi está lesionado, pero no es verdad. ¡Está asustado! Como es tan bajito, los centrales se aprovechan. Al menor descuido, una entrada a la rodilla y… ¡Hala! Tres meses a Rosario, a reponerse del susto.

Otra ventaja del tenis es que para jugar no necesitas disfrazarte. Puedes salir de tu casa y coger el coche, vestido de tenista, que nadie te dirá nada. En cambio, el disfraz de otros deportes puede ser peligroso. El submarinismo, por ejemplo. Imagina que bajas al parking vestido de submarinista y, en el ascensor, te encuentras a la presidenta de la escalera. Como mínimo, se desmaya. El traje, las gafas, el tubo, las aletas, el fusil, el cuchillo… ¿Y si se muere? Te acusan de homicidio involuntario y te pasas en el trullo media vida.

Tampoco es despreciable el hecho de que en el tenis, los días de intenso frío, la pista se hiele de manera providencial y puedas quedarte en casa tan calentito. En cambio, lo del fútbol es una cruz. ¿Os acordáis del pobre Ronaldinho cuando les tocaba jugar en Ukrania? Se disfrazaba de esquiador: pasamontañas, anoraks, seis pares de calcetines, sólo le faltaban los esquíes. Pero el tenis también tiene sus “cositas”, no vayáis a creer. Lo primero es que la pelota no puede salir de la pista. A mí me parece absurdo. Lo lógico es que ganara el que fuera capaz de tirarla más lejos; como en el lanzamiento de disco o de jabalina. En ese caso, Federer y Nadal serían dos desconocidos. Siempre la meten junto a la línea. Si en el tenis ganara el que lanzara más lejos la bola, los de Palencia y Santander ganarían la Copa Davis. ¡Qué potencia! Claro, como beben tanta leche de vaca…

Yo lo peor que llevo son los madrugones. A las ocho de la mañana, ya estamos, cuatro o cinco, sentados frente al control de pistas, mirando al reloj. No lo entiendo: casi todos estamos jubilados y parece que tuviéramos que fichar para el trabajo. Pero es que los otros tienen que cuidar a los nietos. No lo dicen, pero por eso tienen tanta prisa; porque todo abuelo es un héroe de leyenda para sus nietos.

―Hola abuelo, ¿has ganado hoy? —preguntan, cuando lo ven llegar—.

―Seis a uno, y seis a cero ─miente el abuelo—.

―Abuelo, ¿tú le ganas a Nadal?

―A Nadal, no lo sé; pero a tu padre, seguro.

Y para no seguir echando, mentiras le da unos caramelos al angelito. «Toma, pero que no se entere tu madre, que está llena de manías». Al poco rato, aparece la madre, descubre los papeles de los caramelos debajo del sofá, y el niño se adelanta para que no le riñan: «Mamá, dice el abuelo que estás cargada de manías».

Lo mejor del tenis es que, mientras estás en la pista, te olvidas de todo lo demás. Engancha de una manera, que sólo te importa pasar la pelota al otro lado. Dudo yo que los héroes troyanos se batieran con el ardor que lo hacemos nosotros en un partido de dobles. Y es que, para jugar al tenis, se exige una actitud de superación ante la vida. Superación de la comodidad, de los problemas familiares, de las molestias físicas (a nuestra edad, la espalda y las rodillas no son las mismas) superación de las preocupaciones…, y de los disgustos que nos dan los políticos mañana y tarde.

Y, ¿cuál es la recompensa que recibe el tenista por una entrega tan generosa? Algo tan sencillo que no puede comprarse con dinero: la amistad. Mejor que el Open Usa, mejor que el Roland Garrós, y por encima de la Copa Davis, el trofeo más importante que se consigue, jugando al tenis, es la amistad. La amistad, el afecto y el cariño de nuestros compañeros.

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