Silverio, 1

Por Jesús Ferrer Criado.

El bar de Antonio era un bar de mala muerte. Una sala grande mal iluminada con una barra larga de lado a lado y unas cuantas botellas antiguas, polvorientas y olvidadas, en la pared. Detrás de la barra, y pegado a la pared, había un estante corrido con vasos y, en el extremo izquierdo, una vieja máquina de café. La barra era alta y estaba rematada por una larga losa de mármol blanco, un poco gastada ya por el uso, en cuyo punto medio sobresalía el grifo de la cerveza. Desde detrás de esa barra, Antonio entraba y salía de la cocina a través de una puerta estrecha con una de esas cortinas de canutillos y, por ella, sacaba las humildes tapas de su repertorio. También había un par de mesas de madera, ocupadas a veces por alguna pareja joven que quería hablar de sus cosas tranquilamente.

Antonio, con la ayuda de su Carmen en la cocina, regentaba sin agobios aquel modesto bar, adonde recalábamos unos pocos parroquianos, a nuestras horas, sabiendo lo que íbamos a encontrar, sin pretender nada nuevo, sin esperarlo y yo diría que sin quererlo. Íbamos porque era un bar tranquilo: ni cartas, ni dominó, ni multitudes, ni voces. Por la mañana daba unos pocos cafés, algunas “palomitas” de aguardiente con limón y media docena de copas de coñac barato. Y, en la sobremesa, lo mismo. Yo sólo iba por las tardes.

Antonio era pariente lejano de alguien de mi familia y eso contaba; pero, sobre todo, era un hombre cordial, de buen carácter y de juicio prudente. Sacaba para vivir, se apañaba con poco y daba lo que tenía. Por eso iba yo por allí, sabiendo de antemano que sería recibido como un amigo, no como un cliente y creo que así íbamos todos.

Sin haberlo acordado, el grupillo de tertulianos solíamos coincidir sobre las ocho de la tarde, excepto en verano, que nos retrasábamos una hora o así. Si yo era el primero, antes de terminarme el primer vino, ya aparecía por la puerta Juanito “El Tablas” y, a los cinco minutos, Daniel “El de Patricia”. Yo invitaba y a la siguiente invitaba Juan y a la otra Daniel. Podía haber dos o tres rondas. Si el cuerpo no estaba bien, se dejaba el “chato” a medias, pero nunca se decía que no. La conversación iba mayormente de asuntos locales o incluso familiares, pero fácilmente derivaba a temas más generales, política o casos llamativos de los periódicos o de la televisión. Nunca discutimos, ni nos dijimos una mala palabra.

Juan “El Tablas” era carpintero, Daniel tenía un taller de motos y yo era y soy practicante en el consultorio local. Ambos eran mayores que yo y, excepto en la mili que ambos hicieron en Melilla, no habían salido del pueblo, de modo que en temas locales me daban siete vueltas. Era mi pueblo, pero por cuestiones de estudios yo había estado tanto tiempo fuera que allí casi era un turista. Cada tarde, cuando cerraban los talleres respectivos, y antes de irse a cenar a su casa, Juan y Daniel se pasaban por el bar de Antonio a charlar un rato. De la profesión hablábamos poco, a no ser de algún caso muy especial. Lo que queríamos era desconectar, charlando como amigos. Si Antonio hubiera rellenado los vasos con agua, ni nos habríamos dado cuenta.

Cierto día, creo que fue a mediados de julio, hablo de los últimos setenta, me presenté en el bar como de costumbre, pero mis amigos tardaban en aparecer. La verdad es que era pronto. El hecho es que estaba solo y mirando a la puerta por si aparecían. En esas, entra un hombre, unos cuarenta y pocos años, sucio y desastrado, como si viniera de una larga jornada de trabajo. Sin saludar a nadie, se acerca a la barra y, sin despegar los labios ni alzar la vista, deja caer pesadamente la mano sobre el mármol, con un cansancio infinito. Antonio se acerca, saca una botella llena de debajo de la barra y le sirve en el acto un gran vaso de vino blanco que el hombre se traga en un suspiro. Antonio, que conoce el paño, se queda en posición de “firmes” frente a él con la botella en la mano. El recién llegado apoya el vaso en el mostrador, sin soltarlo, y Antonio lo llena de nuevo. Se lo bebe al tragantón y vuelta a rellenar. Ahora nuestro amigo se toma diez segundos más para apurar su tercer lingotazo y deja el vaso con parsimonia, sobre el mostrador. Mientras Antonio devuelve la botella, casi vacía, a su sitio, el hombre rebusca unas monedas en su bolsillo y las deja sobre el mostrador. Luego levanta la cabeza, da un taconazo, saluda a Antonio al estilo militar, con la punta de los dedos tocándose la sien, y se dirige a la puerta. Medio metro antes del tranco, se gira, vuelve a hacer el saludo de antes y, con voz ronca y algo trapajosa, se despide, completamente serio:

—Buenas noches, señores.

—Vete con Dios, Silverio —responde Antonio—.

Cuando sale, interrogo con la mirada a Antonio que hace un gesto resignado, como de pena.

—Es Silverio. No habéis coincidido, pero viene mucho por aquí dependiendo de donde tiene el trabajo; si no, se pasa por el bar de Enrique y hace exactamente igual. Sus tres lingotazos y fuera. Ni tapas ni leches.

Vive en el barrio de atrás, pegado a la acequia del cura.

Ni conozco al hombre ni casi conozco su barrio, pero su comportamiento me ha sorprendido muchísimo. Antonio enjuaga el vaso debajo de la barra, lo seca y lo pone en el estante de atrás.

—Este Silverio es un buen hombre —continúa Antonio—; un hombre con mala suerte. Es algo menor que yo. Fuimos juntos a la escuela que había más allá del paso a nivel, que ya la quitaron, cuando hicieron el Grupo Escolar de los Naranjillos. Tú eres más joven y no te acordarás. Eran dos hermanos, Silverio y Adela. Cuando Silverio volvió de la mili, ella se fue a Barcelona con una tía y él se quedó con los padres, que apenas podían valerse por los achaques. Se portó con ellos como lo que no hay. Echaba su jornal en el campo, que es de lo que vive, volvía a su casa y ya no salía, haciendo de comer, limpiando, atendiendo a los padres. Hacía de hijo y de hija.

—Y ¿cómo se ha torcido de esta manera?

—Torcido no. Que la vida es muy dura, José Luis. Primero murió su madre, o sea que apareció muerta por la mañana. El muchacho la adoraba y, cuando no se había repuesto, a la semana, volviendo del trabajo bien tarde, sin beber ni una gota, porque entonces no bebía nada, se encuentra al padre colgando de una viga en la cocina. El padre era analfabeto y no dejó ni una nota; pero, aunque hubiera sido abogado, seguramente habría hecho lo mismo. Dicen que, en realidad, no había dicho ni una palabra desde la muerte de su mujer. Silverio padre había sido arriero y le fueron las cosas bien hasta los años cincuenta, cuando empezaron en serio las furgonetas y los camiones. Tuvo que malvender las bestias y el carro y ya no encontró trabajo. Estuvo dos años en Barcelona con esa hermana que tenía allí, pero no se adaptó y se volvió para acá, sin un duro y enfermo. Era un hombre triste y acabado. Entretenía las horas haciendo cosas de esparto, que si una espuerta, que si un panero para la lumbre, cosas así. Aguantó mientras vivió su mujer y cuando ella faltó no encontró razón para seguir viviendo. Dicen que se ahorcó con una de las sogas que hacía. Me imagino el cuadro que se encontró el muchacho. Eso hunde a cualquiera; pero Silverio siguió yendo a su trabajo y, luego, a encerrarse en su casa. El único cambio fue que todos los domingos, vestido de negro, se acercaba al cementerio con sus flores y se tiraba allí la mañana junto a los nichos de los padres. Después, a su casa, a entretenerse con sus colorines y sus canarios.

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