Río Negrón

XXXV Premio de Novela Corta "Gabriel Sijé", 2010.

2, y 5

20-05-2012.

Hasta dos años después no estuvo todo a punto. El gringo O'Reilly había conseguido varias victorias con dos de sus gallos, Malaspenas y Trompeto, tanto a uno como a otro lado de la frontera. Siempre lo acompañaba Lisardo, que se había convertido en un buen soltador, mientras que Feliciano quedaba en la gallera junto a la coreana Wu. Vigilante y custodio.

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2, 4

16-05-2012.

Aquel septiembre fue muy seco. Solo cruzaron por el cielo, blanco durante el día y rojizo por la noche, escasas nubes desmadejadas que no dejaban ni una lágrima sucia. Aquellas noches, cuando el aire soplaba desde el otro lado del río, el pueblo se llenaba de las extrañas voces huecas de los muertos sin sepultura, los que se quedaron para siempre atrapados en el desierto, en puros huesos. Voces que se colaban por las rendijas y hacían estremecer los cuerpos y las almas de los hombres y las mujeres, y asustaban a los niños.

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5, 3

21-07-2012.

Desde ese mismo día vivió en casa del comisario, don Trinidad Malpartida; comió en su mesa, sobre el mismo mantel, los mismos frijoles y costillas de puerco; bebió en los mismos vasos y durmió en la misma cama.

Los decires de Chapulín de San Antonio corrían murmuraciones de que el comisario Malpartida era buja­rrón, tenía plumas y cacareaba. Pero el chato Patrocinio desconocía aquello.

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5, y 4

26-07-2012.

Era verdad que, allá encerrado, se le hizo más duro y penoso el peso del fracaso. Lo ocultaba, lo envolvía en un manto de grandes risotadas y fanfarronería para espantar su propio espanto, y para demostrarle al canco de Omayocán Sabanagrande que no le tenía miedo. ¿Quién a él? ¿Quién carajo le iba a poner la mano encima? ¿Por el alfiler de un prendedor de pelo de la india Libertad Yambé?

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5, 2

15-07-2012.

El comisario Omayocán no tenía ideas, tenía armas. Su mente era estrecha, como su alma, y aún lucía un pecho grande y fuerte, y unos puños poderosos. Las ideas se las suministraba Aquilino, el “Faquir”. Omayocán Sabanagrande solo tenía que dar las órdenes. El “Faquir” pensaba, Áureo verificaba y Omayocán sentenciaba. El “Faquir” decía sangre, y era sangre; decía huellas, y eran huellas; decía crimen, y era crimen. Áureo anotaba, registraba y confirmaba. Pero decidía el comisario.

El comisario Omayocán preguntó al chato Patrocinio:

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