I.- Un trabajador que estudia

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

Terminé la carrera de Psicología en la Universidad de Barcelona en el año 1974. No digo estudié, como sería lo natural, porque a mi edad no me gusta echar mentiras. Bastante tenemos con los políticos, que en esa materia son unos “cracks”. La mayoría de los que asistíamos a la facultad en horario de tarde desde las seis a las diez de la noche, compartíamos los estudios con algún trabajo, generalmente en la enseñanza.

Yo salía de casa a las siete de la mañana y volvía poco antes de las once de la noche. No tenía becas, ni ayudas, ni subvenciones, ni todos esos camelos que inventan los políticos para que les votemos. Tampoco es que estuviera especialmente motivado por la ciencia; pero si quería conocer a chicas jóvenes y monas, no había un sitio mejor, ni más barato, que la facultad de Filosofía y Letras. Nos enamorábamos de la primera que nos miraba a los ojos y, en muchos casos, aquellas miradas acababan en boda. Luego venía la angustia y el arrepentimiento, pero ya era tarde y había que tirar de la cruz toda la vida. ¡Qué pruebas nos manda el Señor!

A trancas y barrancas, conseguí llegar al último curso y al examen de Psicología Diferencial, que empezaba a las diez y media. En la barra del bar, con un perrito caliente en una mano y una cerveza en la otra, estaba mi amigo Carlos Hernández. Fui a saludarle y, al verme, dijo casi con la boca llena:

─¿Qué es de tu vida, macho? No te vemos el pelo desde hace meses, y hoy es el examen final. Por cierto; estas últimas semanas, el profe ha preguntado por ti.

─Y ¿qué le has dicho?

─Pues lo de siempre: que vives fuera, que te he llamado por teléfono, que estás enfermo… En fin; qué te voy a decir que tú no sepas. Y a todo esto, ¿qué haces aquí?

─Vengo a decirle que he tenido hepatitis, y que me permita examinarme el mes que viene, con los libres.

Me cogió del brazo en tono paternal, me miró con cara de lástima, y me dijo que era una pena que no hubiera pasado por allí desde hacía meses.

─¿Por qué?

─Porque nos encargó un trabajo en equipo, y te librabas del examen. ¿Vale?

─¡Joder, tío! Podías haberlo dicho antes.

─Sí, hombre. A ver si tendré yo la culpa. El responsable eres tú, por no venir.

─Porque no puedo. ¿No lo sabes? Salgo de casa a las siete de la mañana, llego a las once de la noche y estudio hasta los sábados y los domingos. Anda, háblame del trabajo.

─Se podía hacer entre cinco, y nosotros solo somos cuatro. Qué fácil hubiera sido añadir tu nombre en la portada, y te habrías librado del examen. Pero todo está escrito a máquina y, si ponemos tu nombre a bolígrafo, se va a notar demasiado. ¿No?

─A ver, déjamelo un momento. ¿Qué hora tienes?

Eché a correr y me dirigí a la primera chica que vi sentada ante una máquina de escribir. Era una morenita con un aspecto amable y unos preciosos ojos negros. No tendría más de veinte años y llevaba una minúscula minifalda, que dejaba al descubierto la magnificencia de unas piernas fuertes y poderosas. Me acerqué a ella con mi mejor sonrisa, y dije sofocado por la carrera:

─Perdona, guapa. ¿Puedo pedirte un favor?

─Depende de lo que se trate ─respondió—.

─Pues mira, que el encargado de pasar a máquina este trabajo, se ha olvidado de poner el nombre de uno de los autores y nos hemos dado cuenta, ahora, cuando faltan veinte minutos para entregarlo. A ver si puedes despegar con cuidado la portada, y pones a máquina el nombre que falta. ¿Vale?

─Lo mejor sería hacer una nueva portada. ¿No? ¿Cómo se llama el compañero del que os habéis olvidado?

─Perdona; no me he presentado. Me llamo Dionisio Rodríguez.

─¡Hombre! ─dijo soltando una carcajada―. ¡Qué casualidad!

─Por favor, no te rías.

─No; si yo lo hago encantada ─respondió muy resuelta─; pero no le digas a nadie que he colaborado en el asunto. Aquí no cobro mucho, pero el trabajo tampoco mata. ¿De acuerdo?

Con la alegría del futbolista que marca el gol de la victoria, volvía al bar y le entregué a Carlos el trabajo con la portada corregida.

─Mira y admira cómo ha quedado: Dionisio Rodríguez, que soy yo; Luis Ariza; Joaquín Aguilar; Ricardo García y Carlos Hernández, que eres tú. ¿Lo ves? Limpio y sin huellas de manipulación. Los castellanos sois nobles, constantes y tenaces; pero no os iría mal un poco más de chispa andaluza. Hala, ya lo tienes.

─Jo, macho, vaya cara; encima te has puesto el primero y a mí el último.

─Eso es lo de menos. Lo importante es que no tengo que examinarme y puedo decir que en este momento he terminado la carrera. Por cierto; supongo que el trabajo estará bien hecho, ¿no? Al menos cuento con un notable. Lo digo, porque a la hora de buscar trabajo, un buen expediente siempre ayuda. ¿Lo entiendes?

Puso un gesto muy serio, como si nos acabáramos de conocer.

─Por eso no te preocupes: lo hemos sacado de una revista extranjera. Estaba en inglés y lo ha traducido Luis Ariza, que estudió en la academia Berlitz.

─Vale, tío; me dejas más tranquilo. Cuento con un notable, ¿vale?

―Por eso no tienes que preocuparte.

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