Subida al valle de Nuria

  • Imprimir
11-06-2011.

Al monitor le hubiera gustado encontrar las palabras apropiadas para expresarles su agradecimiento y su respeto. Le hubiera gustado decirles algo importante, pero se quedó mudo, sin saber qué decir. Pensaba que cualquier cosa, que le viniera a la imaginación, sería inoportuna y volverían las risas. Ana Llorens, la profesora, y Oriol Escudé, el director de la escuela, parecían hechos de una madera especial. Iban de aquí para allá, sacudiéndose la nieve del anorak, golpeando el suelo con las botas, organizando a los muchachos, ayudándoles a subir el equipo y contagiando entusiasmo y vitalidad. Colocaban sacos, mochilas, bastones y esquíes, en el tren cremallera, único medio de transporte para acceder al valle. En pocos minutos, estuvieron instalados, los pequeños en el primer vagón y los mayores en el segundo y el tercero.

Los padres les decían que se portaran bien, si querían volver al próximo cursillo; que no dejaran comida en el plato; que esquiaran con prudencia; que llamaran por teléfono, si necesitaban alguna cosa; y que se lavaran los dientes antes de ir a dormir. Luego, se alejaban de la estación, diciéndoles adiós con la mano. El monitor, pegado a la pared, sin perder de vista su maleta, subió al tren cuando todos estuvieron instalados. Se sentó en el primer vagón, junto a Escudé, con el resto de clientes de aquella estación tranquila y familiar. Oyó que alguien le llamaba:

Adiós, delegado. ¡Que te diviertas!

Era el chófer de Joan Beltrán, que regresaba a Sabadell. El monitor hizo como si no le hubiera oído. Le molestaba esa gente que todo se lo toma a chirigota.

El andén quedó vacío. Se oyó cerrar la última puerta, luego un leve silbido y, a continuación, el ruido sordo de la máquina iniciando el ascenso. La montaña permanecía oculta tras la densa capa de niebla, como un viejo lobo receloso. Dentro del vagón, el ambiente era cálido y agradable. La gente hablaba del tiempo, del hotel, de las nuevas fijaciones de los esquíes y de que este año conseguirían bajar en paralelo la “Pala Bestia”. Escudé se quitó los guantes y se frotó el rostro con las manos mojadas. Era un hombre fuerte y maduro, tenía los ojos claros y la piel dura y curtida como de cuero. Sonriendo, se dirigió al monitor:

¡Bon día, monitor! ¿Qué le pasa al amigo Berrocal? ¿No se encuentra bien?

Sí, señor. Se encuentra muy bien. Pero se ha echado novia en Zamora y pasará con ella las Navidades. Por eso vengo yo. Ya sabe cómo son las novias de los pueblos.

Escudé sonrió y se marchó a la cabina con el maquinista. El monitor sintió cierta paz y tranquilidad, fascinado por aquel ambiente, escuchando los comentarios de los pasajeros y observando a los muchachos.

Una señora embarazada cuidaba de dos niños rubios, muy guapos. Uno dijo en voz alta: «Mamá, pipí»; y todos rieron la ocurrencia. La señora, complacida, sacó una botella de plástico de color blanco, como esas que se utilizan en los hospitales para orinar, sin levantarse de la cama. Cuando el niño alivió su necesidad, echó los brazos al cuello de la madre y, al poco tiempo, se quedó dormido. El padre no paraba de hablar de los beneficios del sol y el aire de la montaña, del ejercicio sano y de la importancia de tonificar la musculatura. Era el doctor Mario Serra, traumatólogo del hotel, dispuesto a hacer el agosto en Navidad, componiendo fracturas y contusiones.

Es la primera vez que sube, ¿verdad? dijo dirigiéndose al monitor. Nosotros venimos cada año. No hay estación más tranquila para los niños, ni que traten mejor a los clientes.

Luego comentó en voz alta: «No sé cómo se las arreglará con tanto niño. Lo suyo tiene mérito». El monitor le escuchaba más preocupado que contento, pensando que hubiera sido mejor no meterse en líos y quedarse en Barcelona. Todo el mundo hablaba de tranquilidad y eso a él no le gustaba demasiado.

Dos chicas jóvenes se habían sentado juntas. Inma, la de las gafas, tenía pinta de niña de colegio de monjas, aplicada, repipi y empollona. La otra se llamaba Cuca, que no era un nombre muy atinado para una muchacha. Pero… ¡allá ella! Iban equipadas con trajes de esquí, luciendo marca y modelito. Cuca, de cuando en cuando, levantaba la cabeza y hacía comentarios sobre un libro, mirando a los pasajeros.    

Se oyó un extraño chasquido seco, metálico, de hierros que rozan y se encajan.

─Empieza a funcionar la cremallera anunció uno de los viajeros. El monitor le miró con curiosidad y él se animó a continuar con la explicación—.

Es una barra dentada, en la que engrana un piñón de la locomotora, para que el ferrocarril supere la pendiente sin resbalar. Al monitor le hubiera gustado encender un cigarrillo, pero miró al médico, vio que nadie fumaba y no se atrevió a hacerlo para que no le llamaran la atención. El ambiente se iba haciendo más amable y acogedor; los murmullos, las bromas y el vaho de las conversaciones empañaban los cristales de las ventanillas.

Quizás el invierno sea la estación de la nostalgia y la melancolía. En la alta montaña, la nieve lo llena todo de calma y serenidad. Los recuerdos más lejanos, las añoranzas más emotivas vuelven a la memoria en esta época del año. Eso, al menos, pensaba el monitor, cuando la señora de lomos de visón escandinavo se dirigió a voces a su vecino de asiento:

¿Sabe que, en la habitación 225 del hotel, se redactó el primer Estatuto de Cataluña?

Pues no, señora. Si he de serle franco, no lo sabía respondió el interlocutor.

Nosotros procuramos reservarla cada año dijo mirando a su marido. Es emocionante. Oi que m’entén?

Sí, señora: la entiendo perfectamente. Dormir allí debe ser como dormir en la gloria.

No me llame señora. Me llamo Eulalia Pericot, pero me gusta que me llamen Lali. Hace más fino. Oi que m’entén?

Joan Beltrán, ajeno a la conversación, miraba de reojo al monitor, preocupado por si algún día les ponían macarrones. A Joan, los macarrones no le gustaban ni poco ni mucho.

─Te veo más tranquilo, monitor ─dijo Escudé, regresando de la cabina del maquinista. Ven conmigo: quiero que veas una obra de ingeniería única en su género.

Desde la cabina, la montaña parecía una acuarela tenue y blanquecina. La paz y el silencio sólo eran interrumpidas por el silbido de la ventisca, el sonido triste y lejano de las esquilas y el rumor impasible de la máquina.

─Monitor, ahí tienes una obra extraordinaria: ¡el viaducto de Tosas! Doce arcos en curva, de distintas alturas, para salvar el desnivel. Lástima que la vegetación nos impida verlo en su conjunto.

La blancura del paisaje inundaba el espíritu. El recorrido iba ganando en espectacularidad. Torbellinos de nieve, agitándose en el fondo del precipicio, y el tren remontando gradualmente el talud, por un sendero sobrecogedor, entre abismos y saltos de agua. El monitor no dijo nada -absorto ante tanta belleza y la enorme dificultad de la construcción-, pero sintió que el pecho se le llenaba de un sentimiento noble hacia aquella tierra recia, firme y austera. La nieve caía sobre los picos como una dulce música, lenta y repetida.

Estamos llegando avisó Escudé.

Habían dejado el túnel de Fontnegra y se disponían a entrar en el de Nuria. El cielo era plomizo, frío y amenazante. El monitor tuvo la sensación de que algo iba a ocurrir. Era como un presagio, un vaticinio.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.