“Los pinares de la sierra”, 156

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- Fácil como el toreo de salón.

Al día siguiente, a última hora de la tarde, llegó Fandiño a las oficinas de Edén Park, vestido de luto riguroso. Aquellos días de ausencia habían caído sobre él como si fuesen años. Estaba tan delgado que, con aquel traje negro, la corbata y sin afeitar, parecía un espectro de ultratumba. Le dijo a Paco que llevaba noches enteras sin dormir, muerto de miedo y dándole vueltas al problema. Le aterrorizaba pensar que debía encontrarse con un salvaje como Gálvez, que era capaz de cometer cualquier barbaridad.

Bajaron a Los Intocables, tomaron unas copas, Fandiño le contó lo bien que estaban quedando las obras del mesón y, con ese agradable recuerdo y la inevitable morriña del gallego, se sintió más sereno y recuperó la calma.

―Pero déjame que te diga una cosa, Portela. Cuando lo pienso con tranquilidad, no sé cómo se me ocurrió engañar a mi jefe. Lo confieso: no hay dinero en el mundo para pagar las noches que, por su culpa, he pasado en blanco desde entonces.

Paco intentó aplacar sus temores, como pudo.

―No te preocupes, que en esta vida todo tiene solución. Si te he llamado es porque quiero que juntos resolvamos el problema, y te lleves –de paso– una buena tajada de la operación. Ya conoces el sistema: buscaremos una víctima con dinero, un nuevo rico de esos que se creen los amos del mundo. Lo invitamos a visitar la urbanización con su familia y en su coche particular. Dejamos que presencie el trabajo en finca; que se trague el show de las parcelas que se venden de farol para animar a los ingenuos, y que se asombre de los gritos y los aplausos de los vendedores. He pensado que ese día entregaremos las cincuenta mil pesetas del sorteo en efectivo para impresionarlo. Lo convencemos de que en Edén Park han comprado importantes personalidades de la política, la empresa y la Administración. Es decir, gente con apellidos de rancio abolengo para que nunca pueda contrastar la información. Preparamos unos contratos con cifras llamativas, le aseguramos que está cerrada la captación de grandes capitales, y que, una vez cubiertas las necesidades financieras, la empresa solo vende a personas de clase media, a precios superiores. Entonces, cuando esté interesado de verdad, es muy posible que trate de comprarnos y nos ofrezca dinero, a cambio de que nos saltemos las normas de la empresa. Ese es el momento; le ponemos muchos inconvenientes y le decimos que no, hasta estar seguros de que se ha tragado el anzuelo. Dosis de “anti venta” en estado puro. ¿Lo entiendes? Y ahora algo fundamental: cuando por fin cedamos y le permitamos comprar, tiene que ser para hacer una operación importante, al contado y con dinero negro. ¿Qué te parece?

―No sé, qué decir.

―A partir de ahí falta lo más fácil. Elegimos una fase junto a la zona ajardinada, esa en la que no se puede construir por la mala orientación y por la difícil configuración del terreno; preparamos los contratos y, para halagar su orgullo, nos brindamos a firmarlo en su despacho. Cobramos en efectivo, le pagamos a Gálvez, repartimos la pasta y “tutti contenti”. ¿Cómo lo ves?

Tras un silencio, no demasiado prolongado, Fandiño frunció el ceño y contestó.

―Que eso es como el toreo de salón, que sobre el papel parece muy sencillo; pero, en la realidad, la cosa no es tan fácil. ¿Qué dirá el Palomo cuando vea las parcelas de Gálvez? Paco, piénsalo bien. ¡Que son un barranco, coño! Roderas y Mercader se pasaron seis meses en el talego por el asunto de los ciegos, que era mucho menos arriesgado; Soriano estuvo en chirona por unos talones falsos y Velázquez casi arruina su carrera con las “semibecas”, un negocio mucho más simple, en apariencia. Te lo digo en serio; somos demasiado jóvenes para echar a correr, y demasiado mayores para el “talego”.

El problema de Fandiño era que no quería ver a Gálvez ni en pintura, pero tenía que hacerlo si quería librarse de aquella pesadilla y marcharse a su tierra con su galleguita y su mesón. ¡Qué ganas tenía de que pasara todo aquello! Por su parte, Paco lo intentó tranquilizar, le entregó los recordatorios con las plegarias que había impreso Eduardo Villa para que los repartiera entre los conocidos, y le advirtió que no olvidara entregarle uno al señor Gálvez, con expresión de lógico sentimiento. Tomaron unos “pepitos” de lomo y, a eso de las diez, se abrazó a Paco, le dio las gracias y se marchó.

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