“Los pinares de la sierra”, 154

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

8.- Un romance turbulento y obsesivo.

Martina se echó a reír con una risa abierta, fresca y provocadora, con esa forma de reír que tienen las mujeres que saben que son guapas, que se sienten deseadas y que les gusta sentir que las desean. Sus labios brillaban como si toda la pasión, que ardía en su interior, se concentrara en ellos.

―Y, ¿cómo dices que se llama esa teoría?

De repente, pensó que Martina trataba de juguetear con él, pero siguió hablando como si no fuera consciente de la intensidad del momento.

―Es el sistema de cebos y señuelos, que consiste en añadir a la oferta un producto de calidad inferior para despertar el deseo del público, y vender las prendas de mayor calidad. ¿Qué te parece? Eso mismo podríamos hacer con las parcelas.

Notó que aquella escultural mujer mantenía sus ojos fijos en él, pero apenas prestaba atención a lo que le decía. La miró a los ojos, ella le devolvió una mirada tierna ―de esas que llevan a los hombres a la perdición― y sintió que algo muy fuerte se agitaba en su interior. Aquello tomaba un aire novelesco y fatal. Aquella espléndida mujer, que parecía una estrella de cine, bajó los ojos; Paco, metido en su papel de Romeo, intuyó que debía dar el primer paso y, consciente de que cometía una locura, la cogió de la mano y se quedó en silencio muy cerca de ella, sintiendo el calor de su cuerpo y el suave aroma de su perfume. Sólo se oía el hilo musical y las conversaciones de la telefonista en la centralita. Ella hizo ademán de abandonar el despacho, y él la acompañó hasta la puerta con toda dignidad. Pero, de pronto, Martina volvió la cabeza, cogió la cara entre sus dedos y lo atrajo hacia sí en busca de su boca; luego le ofreció la lengua y él sintió la jugosa caricia, dulce y suave, de aquella espléndida mujer. Nunca antes había sentido un placer tan delicioso. Se inclinó hacia ella buscando su boca, una vez más, y se besaron despacio y con pasión. Martina notaba cómo la oprimía contra la puerta del despacho, manifestando sus ansias de llegar más lejos, y se mantuvo quieta, con los ojos entornados, como si quisiera prolongar por mucho tiempo aquel momento de éxtasis celestial. Luego él bajó las manos y la abrazó por debajo de la cintura, sintiendo la firmeza de sus muslos fuertes y poderosos. Hacía mucho tiempo que Martina no se excitaba hasta aquel punto, y estaba aturdida por el sofoco y el acaloramiento.

Decía Roderas que Dios ha puesto a los borrachos y a los enamorados bajo la afectuosa protección de un ángel de la guarda, de inagotable benevolencia. A Martina y a Paco la ayuda les llegó a través de una llamada telefónica, que con la fuerza de una descarga eléctrica, los bajó de las nubes y los devolvió a la cotidiana realidad. Martina respiró profundamente, peinó su cabellera con los dedos, se arregló un mechón que le caía sobre la frente, y se abanicó la cara con la mano, de forma coqueta y femenina.

―Perdona, Paco, esto me gusta mucho, pero no es el lugar indicado. Tengo que irme. Luego seguimos. ¿Quieres que cenemos juntos esta noche?

Paco regresó a su mesa ostensiblemente acalorado y contestó al teléfono. En el difícil momento que vivía, solo le faltaba aquel delirante enamoramiento, vital y avasallador. Recordó la amenaza de Gálvez, el poco tiempo de que disponía para encontrar la solución a su problema, y presintió un trágico final. No conseguía alejar de la imaginación las incitantes miradas de Martina; la breve minifalda que dejaba al descubierto la excelencia de sus soberbias piernas; los zapatos de tacón, firmes, rotundos, desafiantes, y aquella hermosa cabellera que lanzaba destellos dorados cuando ella movía la cabeza para celebrar sus ocurrencias.

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