“Los pinares de la sierra”, 132

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Bochornoso final.

Ante la desdeñosa actitud de Julio y el cariz que tomaba la conversación, Martín decidió jugar fuerte y echar su resto sobre el tapete.

─¿Y si tuviera algo grande? ¿Algo que pudiera hundir a su competencia para dejarle a los mandos del mercado?

─¿Cómo qué?

─Algo muy grande; algo que podría acabar con Edén Park.

─Explícate.

 ─Lo haré si me nombra jefe de ventas de su empresa.

Julio se echó a reír con todas sus ganas, seguro de haber desmontado la intriga de aquel pobre chico, y descubierto sus intenciones. Lo miró con una expresión amable y paternal, como se mira al niño que nos acaba de pedir la Luna.

─No, Martín; eso no es posible; lo siento. Yo, en tu caso, me tomaría unos meses de vacaciones. Eres un tío inteligente y con cierta capacidad de liderazgo, pero quizás la venta no es lo tuyo.

Se levantó, se acercó al muchacho y le puso la mano en el hombro, dando por finalizada la entrevista; pero Martín hizo un último intento, antes de darse por vencido.

─Por favor, deme el trabajo; la venta es mi vida.

―Mira, muchacho, hazte un favor ahora que estás a tiempo. Lo tuyo es reclutar gente para luchar por causas perdidas. En eso, eres muy bueno. Dedícate al mundo del espectáculo: cómprate una guitarra y prueba con la canción protesta; cuenta chistes contra los ricos… Hazme caso; todo eso te puede hacer feliz; pero si sigues en el mundillo comercial, acabarás siendo un cínico y un amargado.

─¿Como usted? ―respondió con evidente ofuscación—.

─Buena respuesta. ¿Te das cuenta de que llevo razón cuando digo que eres un tío listo e ingenioso? Pues sí, precisamente como yo. A ver; ponte en mi lugar por un momento. Mi competencia me supera en producto, dispone de más recursos financieros, y tiene mejores cuadros de ventas. ¿Qué tengo yo que hacer para ganarle? Intentar captar sus mejores vendedores para hundir su moral; pero si nombro jefe de ventas a un chico al que acaban de despedir, se reirán de mí; creerán que me han ganado. ¿No lo ves?

─Es increíble verificar cómo juegan ustedes con la vida de las personas.

―Martín, aunque me tomes por un cínico sin corazón, no creas que disfruto con estas cosas, ni me siento orgulloso de hacerlas. Te he dicho que me pareces una buena persona; pero, sinceramente, no puedo aceptar tu proposición. Lo siento. Cuídate mucho.

Fue un episodio lamentable y muy triste. El pobre Martini Rojo salió a la calle, pensando en vengarse de todos aquellos sinvergüenzas que le habían engañado; y, para no ser menos que ellos, juró engañarlos como habían hecho con él.

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