“Los pinares de la sierra”, 94

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- Una ilusionante oportunidad de negocio.

Siguieron las bromas; a una ronda siguió otra y, al poco rato, en la tertulia todo eran risas, mentiras y proyectos de futuro. Paco siguió pinchando a Soriano, pero -en el fondo- lo que buscaba era implicar a Claudia y a Velázquez en la conversación.

―No creas, Soriano, no creas. Aquí, aparte del señor Velázquez y la señorita Claudia, que nos dan a todos sopas con ondas, los demás somos unos aprendices, unos pardillos, unos aficionados. ¿Alguien sabe cuántas parcelas han vendido en vacaciones?

Halagado en su vanidad, Velázquez agradeció el comentario y consultó con la mirada a la señorita Claudia. Ella, que lo conocía muy bien, no tardó en comprender que se sentía magnánimo y estaba dispuesto a hablar del nuevo proyecto que llevaban madurando, desde que dejaron el negocio de las “semibecas”.

―Gracias por esas palabras que no merezco en absoluto, aunque agradezco de corazón. Tengo que daros las gracias por el trato que nos habéis dispensado, tanto a la señorita Claudia como a mí, desde el día en que nos incorporamos al equipo. Por eso, creo que tengo el deber de adelantaros un proyecto muy rentable que me ronda en la cabeza desde hace tiempo.

Se hizo el silencio y aumentó la atención. Arumí, que regresaba del lavabo en aquel momento, le preguntó a Paco:

―¿Qué pasa?

―Que Velázquez nos va a explicar un plan para ganar mucho dinero.

―¿En serio…? ―y se sentó junto a Velázquez, para no perder ripio—.

―Os lo diré ―continuó Velázquez―, para que me deis vuestra opinión sincera y que me hagáis las recomendaciones necesarias, en caso de que alguna cosa no os parezca decente y honorable. Se trata de un fenómeno mundial, algo único. Estoy hablando de grandes ingresos en muy poco tiempo y de un caudal financiero inagotable. Un negocio para vivir como reyes el resto de la vida, a partir de una mínima inversión.

El murmullo fue un clamor. Velázquez encendió un cigarrillo y los demás acercaron las sillas a la mesa.

―Necesito inversionistas con efectivo, para montar una empresa ilusionante, limpia, biológica y solidaria. Se trata de un trabajo digno y en plena naturaleza, para la que busco gente emprendedora y ambiciosa. Una magnífica oportunidad de negocio para pequeños ahorradores, a los que pienso pagar un cincuenta por ciento de interés anual, sobre el capital invertido.

―¡Joder! ¿Un cincuenta? Eso no puede ser.

―Ya sé que parece difícil, pero he calculado hasta los mínimos detalles, y puedo garantizaros que, por cada acción de sesenta mil pesetas suscritas, recibirán dos mil quinientas pesetas mensuales, durante toda su vida. Un negocio a gran nivel y con todo tipo de garantías. Desde el momento en el que decides invertir, ya estás ganando dinero, desde casa y sin esfuerzo. Ni más ni menos.

―Sí, señor; con dos cojones. Un gatuperio de los de antes, con todas las de la ley. Y, ¿dónde está el truco? ―preguntó Fandiño—.

―Todo será legal. Pienso registrar la sociedad y comercializar las acciones a través de un agente de cambio y bolsa. Nada de fraudes, estafas ni engañifas. Quizás habré cometido algunos errores en mi juventud; pero, el que no es capaz de rectificar a tiempo, está condenado a equivocarse de nuevo.

―Es que un vecino mío, de Abadín, cerca de Mondoñedo ―respondió Fandiño―, se metió en un lío como el que tú dices, enredó a la familia y ahora no se habla ni con sus hermanos. Por eso lo decía; perdona si te ha molestado el comentario.

―No te preocupes. Las innovaciones tienen eso; que, hasta que la gente no ve los resultados, le cuesta creer en ellos. Es muy humano. También se reían de Galileo cuando dijo que la Tierra era redonda.

―Y de Cristóbal Colón ―añadió Fandiño—.

―Cuenta conmigo y con María Luisa, como vendedores ―se ofreció Soriano—.

―Gracias, pero de momento solo necesitamos socios que confíen y suscriban acciones con la rentabilidad que os acabo de decir.

Por las caras que pusieron sus compañeros, Velázquez adivinó que ninguno de ellos se ajustaba al perfil del público al que debía dirigir la oferta; primero, porque ninguno de los presentes disponía de sesenta mil pesetas; y, en segundo lugar, porque eran gatos escaldados que no se fiaban de nadie. Pero ni Velázquez ni la señorita Claudia se desanimaron por su reacción.

—Ya se sabe ―dijo Velázquez con mucho protocolo―; los grandes avances de la humanidad siempre han sido acogidos con desconfianza.

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