“Los pinares de la sierra”, 67

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- Un negocio con futuro.

Soriano y María Luisa fueron los primeros en llegar a la antigua zona de cuadras, transformada ahora en restaurante y, poco a poco, fue llegando el resto de la expedición de excursionistas, custodiados siempre por los vendedores, como pastores tras el rebaño. Acomodado en un extremo de la sala, Soriano se desentendió por unos minutos de los negocios y los amoríos, para centrarse en la botella de vino tinto que había en el centro de la mesa, y en las suculentas yescas http://dle.rae.es/?id=cBKMOCq de pan con tomate y jamón del país.

El aire se llenó del aroma excitante del café, sonaron las cucharillas y Arumí fue el primero en retirar los cubiertos y los platos de la mesa, servir una copita de coñac a un matrimonio de mediana edad con cara de posibles, y extender el plano sobre el mantel. Tampoco Paco tardó demasiado en imitarle y a continuación, como si obedecieran a una señal secreta, todas las mesas se llenaron de planos, bolígrafos y papeles. Velázquez y la señorita Claudia le dijeron al bombero que, aunque él no pensara comprar, ellos tenían obligación de comentarle las condiciones de venta de las parcelas, aunque ―vaya siempre por delante― sin compromiso alguno por su parte.

Soriano, se zampó las dos rebanadas de pan con tomate, y la yesca y media de María Luisa, que como una colegiala seducida por los requiebros del galán, de pronto había perdido el apetito. Más entonado, si cabe, le planteó un original negocio, convencido de que ella no sería capaz de rechazarlo.

―Mari, tú te vas a quedar las dos parcelitas, que tenía reservadas para mí, y que si no he comprado ya es porque en estos momentos atravieso una puntual falta de liquidez. Pero no te preocupes; las pondremos a nombre de los dos y, con el plan que he pensado, no solo nos van a salir gratis, sino que los dos ganaremos un buen dinero.

María Luisa que, como peluquera de barrio, era muy lista y no se fiaba ni de su propia sombra, dejó que terminara de explicarse antes de dar su aprobación.

―Tú solo tienes que poner la entrada y el resto corre de mi cuenta. ¿Tienes hijos?

―Desgraciadamente no.

―Mucho mejor. Yo planificaré la operación, y tú te encargarás de decir a las clientas que has comprado dos parcelas en una magnífica urbanización, y que las invitas a que vengan a verlas el domingo por la mañana con sus maridos. Conviene que no suba más de un matrimonio cada vez, para que yo pueda atenderlos debidamente. ¿De acuerdo?

―Eso no es ningún problema para mí. Te lo aseguro.

―Les enseñamos tus parcelas, que serán las mejores de la finca y, para que puedan beneficiarse de un precio especial, les decimos que se hagan pasar por familia tuya.

―¡Eso es fantástico! ―respondió María Luisa—.

―No. Lo realmente maravilloso es que por cada parcela que ellas compren, yo ganaré quince mil pesetas y tú cinco mil. ¿Cómo lo ves?

―Damián, eres un sol. Me parece que, a partir de ahora, vamos a ser muy buenos amigos.

―O mucho más que amigos ―respondió Soriano―. ¡Quién sabe el futuro que nos reserva la divina providencia!

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