“Los pinares de la sierra”, 66

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

CAPÍTULO XI

1.- El precio del amor.

Cuando llegaron a la finca, Soriano estaba terminando de explicarle a María Luisa el magnífico negocio que podían montar entre los dos, gracias a la peluquería.

―A ver Mari, ¿tú cuánto cobras por un servicio?

Sin poder evitarlo, ella se sonrojó y se echó a reír con picardía.

―¿A qué te refieres?

―No seas mala. Quiero decir que cuánto cobras por peinar, marcar…, y esas cosas que hacéis en las peluquerías.

―Creía que estabas pensando en lo otro, bandolero. No creas que no me he dado cuenta de que eres un elemento de cuidado.

―Tú sí que eres peligrosa, “chiqueta meua”. Tienes suerte de que estemos en público y tenga que mantener las formas, que si no…, aquí mismo te comía viva.

―¡Ay, qué hombre! De dónde habrá salido. ¿Eres valencià?

 ―De la Puebla de Farnals ¿Pero quieres decirme cuánto cobras, o no?

―Bueno, te lo diré. Entre unas cosas y otras, unas tres mil a la semana.

―Pero eso ha sido hasta hoy. A partir de ahora, tú y yo vamos a montar un negocio muy sencillito, que podrás hacer mientras trabajas, y con el que no bajarás de las cuarenta mil pesetas ningún mes. ¿Qué te parece?

En ese momento llegó el autobús a la explanada; frenó el conductor y los vendedores comunicaron a los excursionistas que ya habían llegado y que una hora de viaje no era distancia en aquellos tiempos. El primero en bajar fue Damián Soriano, que gentilmente ofreció su brazo a María Luisa, y ella lo aceptó con notoria coquetería, mientras el limpio azul del cielo se diluía entre la polvareda y el aire se llenaba del humo que salía por el tubo de escape del autocar. Bajaron los vendedores conduciendo a sus clientes hacia el restaurante, con el mismo entusiasmo de las tropas de Cortés en la conquista del Nuevo Mundo. Todos hacían profundas inspiraciones, y obligaban a sus clientes a que llenaran sus pulmones de aire puro.

Desde la explanada se divisaba el verdor de los campos salpicado de arbustos, jaras y matojos que, más adelante, cuando el terreno se curvaba en altozanos y cañadas, daba paso a los densos pinares de la urbanización. Pero Edén Park no era solo eso, se extendía un par de kilómetros más allá, hasta un riachuelo ahora desecado, convertido en zona ajardinada, según constaba en el plano general de la finca.

A Paco se le veía molido, con cara de sueño; y Arumí no mostraba demasiado interés con el matrimonio que le había caído en suerte. En cambio, Velázquez y la señorita Claudia seguían charlando muy animados con el bombero, y la esposa les escuchaba con una expresión de beatífica gratitud; como si estuviera en presencia de los Reyes Magos. De camino al restaurante, Jaime cogió al bombero por los hombros, amistosamente, y le dijo con tanta seguridad que el interesado se llegó a emocionar.

―No sabe cómo me recuerda usted a mi hermano. Era capitán de artillería, y tenía treinta y seis años cuando cayó en el conflicto con Marruecos. Como un tesoro guardo la bandera española que se arrió en Sidi Ifni el treinta de junio del sesenta y nueve. Perdone, son cosas personales que quizás no debería contar…

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