“Los pinares de la sierra”, 24

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Las malas compañías.

Casi todas las tardes se reunía con algunos compañeros en “Los Intocables”, un bar que estaba cerca de las oficinas de la empresa, para intercambiar nuevos recursos de venta y hablar de esos proyectos que le permitían soñar con un futuro lleno de extravagancias y fantasías: apartamentos en la playa, descapotables, fiestas, comidas, francachelas… Lo encontré sentado en una mesa en compañía de un tal Eduardo Villa, antiguo amigo del señor Bueno, con el que había colaborado en su juventud en el juego del trile y el boliche. No recordaba haberlo visto en las oficinas de Edén Park la noche del reparto de premios porque, al parecer, la venta de terrenos no se le daba demasiado bien, y llevaba un par de meses trabajando en una imprenta que tenía en la parte baja de Las Ramblas.

Le pregunté qué tipo de obras imprimía y me dijo que lo suyo era mucho más sencillo. Había montado, en su propio piso, una imprentilla para editar boletos con premios, desde cinco a cincuenta pesetas; los envasaba en bolsas de plástico de mil boletos cada una, y los ofrecía por los bares del barrio al precio de cien pesetas. Estaba exultante. Los dueños de los bares no tardaron en interesarse por aquel juego, y algunos de ellos consumían decenas de bolsas a la semana. Como en cada una había seiscientas cincuenta pesetas, canjeables por tapas y vasos de vino, tenían asegurado un beneficio de trescientas cincuenta por bolsa, más el margen que les dejaban las consumiciones. Es decir, unas quinientas pesetas, menos las cien que costaba cada bolsa.

No contento con los primeros resultados, poco a poco, fue puliendo los flecos del negocio y, para estimular el consumo de boletos, Eduardo le echó imaginación al asunto y empezó a decorar los papelitos con dibujos de señoras medio desnudas. Tan atinada innovación supuso un asombroso incremento en la venta de papeletas y, noche tras noche, los suelos de las tascas y las bodegas del Casco Antiguo terminaban alfombrados de boletos, sin premio, que los clientes arrojaban al suelo para comprar, a renglón seguido y casi siempre por una corazonada, más boletos con los que tentar a la suerte y recuperar el dinero perdido. Mientras Eduardo nos explicaba los detalles, Paco analizaba las líneas maestras del negocio: estaba muy claro que, valiéndose de la avaricia, la tontuna y la candidez de las víctimas, era posible ganar mucho dinero.

No me costó trabajo constatar que Eduardo y Paco eran muy amigos, íntimos casi. No era solo una amistad de juerga y borrachera, no. Eduardo me dijo que Paco era para él como un hermano; que había estado en su casa y que los dos tenían grandes proyectos para el futuro. Presumía también de ser amigo de un inspector de la Comisaría General de Policía, y me dijo que si alguna vez tenía problemas, no dudara en llamarle. Nos estuvo hablando del negocio de los boletos, hasta después de las ocho que miró al reloj, dijo que tenía que marcharse porque le esperaban, pagó las consumiciones y nos estrechó la mano con firmeza. Me pareció un tío simpático: bebedor, juerguista y mujeriego; pero muy avispado y sobre todo generoso.

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