Francisco Franco Bahamonde, (4/12/1892-20/11/1975)

Por Salvador González González.

Siguiendo la estela marcada por un compañero sobre las dictaduras y los dictadores, voy a hacer algunas reflexiones sobre el que nos tocó y motivo de un rifirrafe en el Congreso no hace mucho; reflexiones que, obviamente, pueden o no ser compartidas, pero creo que las conclusiones nos harían pasar esta época de una vez por todas.

Aun me acuerdo de la última etapa del franquismo, donde se contaban chistes de todos los colores, así como del movimiento nacional que lo sustentaba, algunos muy finos, otros más gruesos, incluso en su etapa ya de Parkinson avanzada, se hacían del general.

Me sirve uno para entrar en el asunto; aquel que preguntaban: «¿En qué se parece el movimiento nacional a un sostén?» (era la palabra que entonces se empleaba, pues la de sujetador empezó a utilizarse mucho después). Claro; al que le preguntaban, decía que no lo sabía y ahí estaba la pirueta humorística, en lo siguiente se le decía al interrogado: «En que, como el sostén, oprime al interior, engaña al exterior y levanta un monumento a los caídos». En ello estamos con los caídos, después de tantos años; aún no hemos pasado página. Franco ya murió y habrá que hacer, obviamente, todo lo que haya que hacer para intentar que la justicia con los masacrados e injustamente juzgados; que, aunque sea a posteriori, se les reponga(de uno y otro bando, que en ambos los hubo), creo que en el fondo eso es o debe ser la llamada Ley de la Memoria histórica; pero de ahí a volver a polemizar y hacer del cadáver de Franco una especie de pelotera, como hemos vivido hace poco, creo que es innecesario y además de mal gusto. Los romanos llamaban “cadaver”, según algunos, aunque ciertamente no todos están de acuerdo con ello, como un acrónimo de “caro data vermibus”, ‘comida para los gusanos’. Los gusanos ya se dieron su festín, como se lo darán con todos nosotros, cuando nos llegue la hora final, salvo que utilicemos la cremación. No hagamos, de lo que quede del dictador, un asunto de enfrentamiento y vuelta al pasado, ya que con ello no cerraremos definitivamente esa etapa. Si no parece procedente que siga presidiendo la nave central de ese monumento (Valle de los Caídos), para que de verdad sea de “todos” los que se enfrentaron en nuestra guerra incivil fratricida, hágase, pero sin grandes aspavientos y dentro de una cierta normalidad, donde la iglesia o la familia disponga y cerremos ya definitivamente este asunto. Franco no estaba previsto que se enterrara allí (posiblemente el destino era El Pardo). Quizás, porque no fue un caído de la guerra, murió en su cama y ya con bastante edad. Fue Carlos Arias Navarro al que se le ocurrió; y el Rey, ahora emérito, Juan Carlos estuvo en las exequias del 23/11/1975, hace ya de esto 42 años, y ahí debió terminar todo (que pienso quizás sea lo mejor, para no mover más este asunto).

Recuerdo que los primeros ayuntamientos democráticos promovieron la sustitución de nombres de una simbología claramente rechazable, así como se hicieron o promovieron monumentos funerarios en recuerdo de los caídos del bando republicano (al menos, en el mío, así lo hicimos). Que hasta entonces habían sido olvidados, igual que desaparecieron muchas lápidas de “asesinados por las hordas marxistas”, de eso hace ya muchos años. Parece increíble que todavía haya ayuntamientos que estén en lo mismo, después de tantos años transcurridos. Se dijo, en su día, que la transición en España fue modélica, porque unos y otros hicieron efectiva la reconciliación de todos y el deseo de que esos hechos luctuosos no se repitan jamás. Con posiciones “cadaverosas y polemizante (¿o debería decir podemizante?) con ello” parece que ese deseo de reconciliación y de libertad para todos, sin ira, algunos lo quieren dinamitar; y, sinceramente, creo que sería un paso atrás, que no beneficia a nadie, el estar echándose en cara cadáveres de un bando al otro y viceversa; más bien todo lo contrario. Me recuerda este asunto a un papa, leído en un libro que compré en Roma de la “Historia de los Papas”, donde la verdad es que, en algunas biografías, las virtudes cristianas brillaban por su ausencia, como en el llamado “Sínodo del Cadáver”, que demuestra hasta qué punto se puede llegar, si se cultiva el odio. Brevemente, aunque seguro que muchos de los lectores conocerán lo sucedido en el siglo IX, con el fallecido papa Formoso I, que fue desenterrado y su cadáver juzgado por el papa Esteban VI, (los despojos osamentosos que quedaban obviamente) y condenado, siendo desposeído de todos sus cargos eclesiásticos y anuladas todas su actuaciones papales y finalmente arrojado al Tíber, donde posteriormente lo encontró un pescador y, con el tiempo, se le restituyó, por otro papa, títulos y honores y enterrado con toda la pompa, boato y sinecura de nuevo en el Vaticano.

Este espectáculo bochornoso vivido en el seno de la propia iglesia, en siglo IX ‑año 897, más o menos‑, podemos intentar justificarlo en base a ese tiempo de barbarie y oscuridad, guardando las distancias obviamente. No emulemos situaciones, aunque fuese remotamente, que en nada puedan parecérseles.

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