“Los pinares de la sierra”, 12

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

6.- Timador y seductor.

─Del señor Bueno no se sabe mucho; solo lo que él nos cuenta, de cuando en cuando, y algún secreto que conocemos gracias a su amigo Manolo Ruedas, que pasa a visitarlo con frecuencia. Le gusta tomarse unas cervezas con nosotros y luego nos las jugamos a los chinos. En realidad es como si los invitáramos porque, lo creas o no, ninguno de los dos ha pagado jamás una consumición. No sé cómo lo hacen, pero parece que nos lean el pensamiento.

Por el señor Ruedas sabemos que Bueno estuvo en un reformatorio hasta los quince años, y que escapó para asociarse con unos timadores. No tardó en darse cuenta de que, aprovechando la codicia ajena, se podía ganar mucho dinero, y practicó con ellos el timo del tocomocho, las misas, la estampita, el entierro, el Stradivarius…, aunque sin usar nunca la violencia. No estuvo en la cárcel, que se sepa; porque la gente como ellos le cae bien hasta a la policía. Intuyo que Ruedas fue su colega en el trile, uno de los “ganchos” me parece.

─¿Qué son los ganchos?

─¿No lo sabes? En el trile hay tres elementos que participan en el juego: los trileros, los ganchos y los picaceras. Los primeros se encargan de escamotear la carta o la bolita; los ganchos apuestan contra el trilero, y ganan siempre que él se lo permite. Ese es el cebo para despertar la codicia del “pardillo” que está entre los mirones. Y los picaceras forman el tercer escalafón. Su misión consiste en estar siempre alerta para descubrir si viene la policía, y dar el “agua” cuando se aproxima.

―Tiene gracia; en realidad, picaceras son unas aves de rapiña, que apresan a las picazas. De ahí les debe de venir el nombre. ¡Qué curioso!

Me siguió contando que, aunque aparentemente el señor Bueno no manifestaba demasiado interés por las mujeres, en su juventud había sido un gran seductor. No era demasiado alto, pero tenía un atractivo muy varonil y unas formas añejas y elegantes. Caminaba con arte, sonreía con suficiencia, dejando al descubierto una fila de dientes bien alineados, y luego estaba el fino bigotillo que encandilaba a las mujeres.

Cuando era delegado de Westinghouse para Andalucía se hospedaba cerca de la Real Maestranza de Caballería: por la mañana, visitaba la comarca, repartía sonrisas, anotaba pedidos; y, por las tardes, alternaba en las tertulias con los famosos, o se le veía saboreando un habano y disfrutando de la corrida de toros, en una barrera de la plaza.

Más que un delegado de ventas parecía el Consejero Delegado de la firma. Al parecer, una de aquellas tardes se acercó a él una mujer joven y guapa; y, con mucho disimulo, le entregó un papel con un número de teléfono y una nota escrita a mano: «Espero su llamada esta noche a las diez». Hablaron por teléfono, quedaron citados para cenar, al día siguiente, en una conocida terraza, junto al Guadalquivir; y, desde aquella noche, se hicieron inseparables. Decía Manolo Ruedas que la muchacha se llamaba Ana, que era una chica alegre y muy bonita, hija de familia acomodada, que había reñido con un torerillo joven y pinturero, que apuntaba maneras, pero que no llegó a figura por una mala jugada del destino. Se llamaba Tomás Rodríguez, “El Sanluqueño”.

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