“Los pinares de la sierra”, 11

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- Trileros y bolicheros.

Mientras bajábamos en el ascensor, Paco empezó a contarme la particular historia del señor Bueno, una estrella de la venta, según él. Había nacido en la calle de san Jerónimo, en pleno corazón del Barrio Chino. Esa fue su universidad ―me dijo Paco―, y se doctoró con premio extraordinario. Hasta que lo llamaron a filas, trabajó como bolichero, primero en las Ramblas y luego en el rompeolas para que no los sorprendiera la policía. Le dije que no sabía qué era jugar al boliche, y me preguntó.

─Y el trile, ¿sabes en qué consiste?

─Ese juego que se echan tres cartas, y tienes que adivinar dónde está el as. ¿No?

─Exactamente; pues el boliche es lo mismo, pero con una bolita que se esconde en el hueco de la mano, y el primo piensa que está debajo de una carta.

─Y ¿ese es vuestro jefe de ventas?

─Oye, no creas que esas cosas se aprenden en dos días ─contestó Paco─. Este sí que es un trabajo en equipo, de verdad. Aquí se requiere una gran preparación, y tener los ojos muy abiertos. Hasta tienen su jerarquía.

Salimos a la calle, Paco dijo que había que echar la espuela, nos sentamos en una terraza, pedimos dos cervezas y encendimos un cigarrillo. A mi interés por conocer detalles del pluriempleo, se sumaba ahora una curiosidad, que iba en aumento a medida que me hablaba. Nunca se me hubiera pasado por la imaginación que trabajara a las órdenes de un “trilero”; pero hablaba con tanto entusiasmo, que le escuchaba embelesado cuando, entre carcajadas, me contaba sus trucos y sus trapicheos. Para Paco, el señor Bueno era una especie de mago, que actuaba en medio de la calle, a plena luz del día, a riesgo de ser sorprendido por la policía y dar con sus huesos en el cuartelillo.

─Y hablando de “trileros”. ¿Sabes cómo se percataban de cuando llegaba la policía? ─me preguntó—.

─No lo sé. Solo los he visto actuar en las Ramblas, en contadas ocasiones.

─Efectivamente. Allí jugaban hasta que dieron con un plan alternativo, para que la pasma no los sorprendiera. Abandonaron las Ramblas y montaron el chiringuito al final del rompeolas. ¿Qué te parece? En el mirador de Colón, junto al embarcadero de las “golondrinas”, ponían de vigilante a un crío de nueve o diez años; le daban un duro y cuando los de la “bofia” enseñaban la placa para subir a la embarcación, el niño sacaba un ticket que le costaba una peseta, se ponía en la cabeza una llamativa gorrita del Barça, subía a la “golondrina” y se situaba en el lugar más visible de la proa. El colega, que actuaba de vigía en el rompeolas, cuando veía al niño con la gorrita blaugrana, daba el “agua” a los compadres y se suspendía la sesión.

―¿Y si se acercaban en coche o a pie?

―En ese caso, resultaba mucho más fácil darles esquinazo. Si iban por el espigón los descubrían desde lejos. Sin embargo, los inspectores preferían llegar en barco, porque con solo enseñar la placa, les abrían las puertas y viajaban gratis. ¿Cómo lo ves?

─Me dejas atónito. Y ¿ese señor es el jefe de ventas de la empresa?

─Oye, no te equivoques; eso lo hacía cuando era joven. Después, al venir de la mili se dedicó a la venta de electrodomésticos y lo nombraron delegado de Westinghouse para Andalucía.

―¿De verdad?

―Es un tipo genial; ya lo irás conociendo.

─Lo que no comprendo es por qué dejó una firma como Westinghouse, para dedicarse a vender parcelas los fines de semana. Un poco raro. ¿No te parece?

─Todo tiene su explicación. ¿No te fijaste en su forma de hablar, en su poder de convicción y en la manera como mira y sonríe?

─Sí; se le ve un hombre muy comunicativo. ¿Pero eso qué tiene que ver?

Encendió otro cigarrillo, se echó a reír y empezó a contarme una historia que parecía sacada de un sainete de Arniches.

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