“Los pinares de la sierra”, 06

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- Las razones de mi amigo Paco.

No sé cómo pude aguantar el interrogatorio. Era evidente que el profesor estaba harto de mentiras, y en todo caso le hubiera gustado que no se las contara un intermediario, como yo, sino el alumno ausente. Después de unos momentos muy incómodos, cogió el trabajo con evidente mal humor y nosotros volvimos a sentarnos hasta que la clase terminó. Regresé al bar intranquilo y con el corazón en un puño.

─¡Jo, macho! Vaya rato que me has hecho pasar.

─¿Por qué? ─preguntó Paco, con aparente extrañeza–.

─Pues porque ha vuelto a preguntar que dónde estabas; y cuando le he contado la historieta, se ha puesto como una fiera, porque no has tenido el detalle de presentarte, ni siquiera a entregar el trabajo.

─Pero tú, que eres un tío de recursos, no te habrás quedado mudo. ¿O sí? A ver, ¿qué cuento le has contado?

─Le he dicho que habíamos quedado en vernos esta mañana, pero que anoche me llamaste llorando para decirme que tu padre se estaba muriendo.

─Joder, tío, cómo te pasas. Podrías haberle dicho otra cosa menos seria, ¿no?

─Había pensado decirle que estabas con pulmonía; pero, en el mes de junio y con este calor, no se lo habría tragado.

─Bueno, vámonos; no vaya a ser que pase por aquí y descubra el enredo.

Y con esa maliciosa forma de pensar, tan propia de los andaluces que han pasado estrecheces en la infancia, me preguntó que si no me había planteado alguna vez por qué, últimamente, se había puesto de moda hacer los trabajos en equipo.

Hombre, pues yo supongo que será porque vivimos en sociedad, y está muy bien fomentar los hábitos de colaboración entre los compañeros. ¿No? Además, así los más inteligentes enseñan a los otros cómo se hace una labor de investigación, ¿no?

¡Anda, ya! ¿Eso es lo que tú crees? ¡Eres un pardillo! Mira, “pisha”; si, en una clase de ochenta estudiantes, cada alumno tuviera que hacer su trabajo, el profesor no tendría más remedio que corregir los ochenta. O sea, un coñazo insoportable. En cambio, con equipos de cinco alumnos solo tiene que corregir dieciséis y se ahorra el ochenta por ciento de la faena. ¿Vale? Te lo explico más claro, para que lo entiendas: sesenta y cuatro rollos inaguantables a veinte folios de media cada uno, son casi mil trescientos folios que deja de leer. Cómo cambia la cosa, ¿no? Que son humanos, tío; que no les gusta matarse a trabajar por los cuatro duros que les pagan. ¿No lo entiendes?

―Paco, parece mentira cómo te pasas. O sea, que los profes son unos vagos y unos cantamañanas por encargarnos trabajos en equipo, y tú que llevas todo el puto curso sin aparecer por clase, debes pensar que eres un alumno ejemplar. ¿No te jode?

―Hombre, ya me gustaría llegar aquí a las tres de la tarde, como tú, vacilar con las chavalas y preparar el plan del fin de semana; pero de sobra sabes que no tengo tiempo para estudiar. Aunque te voy a decir una cosa: pienso aprovechar los meses de verano para aprobar el curso. Ya verás.

Sin embargo, aunque decía que no tenía tiempo para estudiar, en julio se compró una Montesa Impala, espectacular. Yo no sé de dónde sacaba el dinero. Vestía ropa de marca, llevaba un reloj caro y cada noche, al regresar a casa, daba unos acelerones en la puerta, para que la comunidad supiera que Paco, alias “El Chirla”, ya estaba en casa.

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