“Los pinares de la sierra”, 05

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- El fraude.

Es muy sencillo. Cuando nos dio a elegir el tema, pensamos que hablar sobre “Los economistas clásicos, y las Leyes de Pobres en Inglaterra”, podía resultar interesante; y como el trabajo se podía hacer entre cinco alumnos, te llamé a casa varias veces, porque solo somos cuatro. Mira qué fácil hubiera sido ponerte a ti también, y te habrías librado del examen. Pero, claro, ahora es imposible.

Y eso, ¿por qué?

Porque está escrito a máquina y si ahora ponemos tu nombre a lápiz o a bolígrafo, se notaría demasiado dije con incuestionable sarcasmo. ¿No te parece?

A ver, déjamelo un momento. ¿Qué hora tienes?

Salió del bar, echó a correr por el pasillo y se dirigió a la primera chica que vio sentada ante una máquina de escribir, una morenita de aspecto amable y con unos preciosos ojos negros. No tendría más de veinte años y llevaba una minúscula minifalda, que dejaba al descubierto la magnificencia de unas rodillas perfectas: redondas, fuertes y deliciosas. Se acercó a ella y le dijo con su mejor sonrisa.

─Perdona, guapa ¿puedo pedirte un favor?

─Depende de lo que se trate ─respondió ella con picardía–.

─No; no es lo que tú piensas. Se trata de que el encargado de pasar a máquina este trabajo se ha olvidado de poner el nombre de uno de los autores, y nos hemos dado cuenta ahora, cuando solo faltan veinte minutos para entregarlo. A ver si puedes despegar con cuidado la portada, y poner a máquina el nombre que falta. ¿De acuerdo, reina?

Ella esbozó una sonrisa cargada de ironía y le dijo.

Lo mejor sería hacer una nueva portada. ¿No?

Yo lo digo porque no queda tiempo.

―No te preocupes, solo es un momento. Y ¿cómo se llama ese compañero del que os habéis olvidado?

─Llevas razón, no me he presentado. Perdona. Me llamo Paco; Paco Portela para lo que gustes mandar.

─¡Hombre! ─dijo soltando una carcajada―. ¡Qué casualidad! ¡Menudo punto filipino estás hecho tú!

─Por favor, no te rías que esto es muy serio.

─No; si yo lo hago encantada ─respondió muy resuelta─; pero no le digas a nadie que he colaborado en el asunto. No cobro mucho, pero el trabajo no mata. ¿De acuerdo?

Muchas gracias, y el día que te presentes a “Miss simpatía” cuenta con mi voto.

Regresó al bar loco de alegría, y me entregó el trabajo con la portada corregida.

─Mira y admira: Francisco Portela, que soy yo; Luis Ariza; Joaquín Valls; Ricardo García y Javier Aguilar, que eres tú. ¿Lo ves? Limpio y sin huellas de manipulación. Los catalanes sois buena gente, constantes y tenaces, pero no os iría mal un poco de chispa e ingenio andaluz. Hala, ya lo tienes. ¿Cómo te quedas?

─Jo, Paco, vaya cara que tienes; te has puesto el primero y a mí el último.

─Eso es lo de menos. Lo importante es que no tengo que examinarme y que, gracias a ti, acabo de aprobar otra asignatura. ¡Dame un abrazo! Por cierto, supongo que el trabajo estará bien hecho, ¿no? Al menos, cuento con un notable. Lo digo, porque a la hora de buscar un buen empleo, el expediente siempre ayuda. ¿Lo entiendes?

Puse un gesto muy serio, como si nos acabáramos de conocer.

─Por eso no te preocupes: lo hemos sacado de una revista extranjera. Estaba en inglés y lo ha traducido Luis Ariza, que estudió en la Berlitz.

─Vale tío, me dejas más tranquilo. Cuento con un notable, ¿vale?

―Ya te he dicho que por eso no tienes que preocuparte.

Solo faltaban unos minutos para las diez, le pedí que, al menos, tuviera el detalle de ir a saludar al profesor, y me contestó que no le apetecía aguantar las comprometidas preguntas que le haría. O sea, que pidió otro café, encendió un nuevo cigarrillo, y me dijo que a los profes se les daba muy bien insistir en que debíamos estudiar y esforzarnos en cada asignatura, pero que ellos no se aplicaban el cuento. Cuando llegaron todos los que habíamos hecho el trabajo, nos marchamos a clase a paso ligero; pero como él no tenía nada que hacer, se quedó en la barra tan tranquilo, pensando en la suerte y en esas cosas misteriosas de las que tanto les gusta hablar a los andaluces.

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