Opinión

El punto de vista y la perspectiva personal sobre diversos temas.

“Los pinares de la sierra”, 68

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3.- Los últimos detalles.

En ese momento apareció en el comedor el señor Bueno, con la caja de los relojes en la mano; le entregó uno a María Luisa y, con suma discreción, Soriano le confesó que la señora estaba interesada en adquirir dos parcelas.

―¿Lo hace como inversión o para edificar? ―preguntó el jefe de ventas—.

―Como inversión ―respondió Soriano con gran seguridad—.

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“Los pinares de la sierra”, 67

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2.- Un negocio con futuro.

Soriano y María Luisa fueron los primeros en llegar a la antigua zona de cuadras, transformada ahora en restaurante y, poco a poco, fue llegando el resto de la expedición de excursionistas, custodiados siempre por los vendedores, como pastores tras el rebaño. Acomodado en un extremo de la sala, Soriano se desentendió por unos minutos de los negocios y los amoríos, para centrarse en la botella de vino tinto que había en el centro de la mesa, y en las suculentas yescas http://dle.rae.es/?id=cBKMOCq de pan con tomate y jamón del país.

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“Los pinares de la sierra”, 65

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- Una nueva víctima: el bombero de Nou Barris.

Unas filas más atrás, casi al final del autocar, Jaime Velázquez y la señorita Claudia informaban a un matrimonio de mediana edad, de las enormes posibilidades que una finca en fase de promoción, como Edén Park, ofrecía a las familias que tuvieran el acierto y la decisión de comprar una parcela e invertir unos miles de pesetas.

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“Los pinares de la sierra”, 66

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

CAPÍTULO XI

1.- El precio del amor.

Cuando llegaron a la finca, Soriano estaba terminando de explicarle a María Luisa el magnífico negocio que podían montar entre los dos, gracias a la peluquería.

―A ver Mari, ¿tú cuánto cobras por un servicio?

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“Los pinares de la sierra”, 64

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.-El encanto de Soriano para las viudas.

Tan esmerada selección de personajes, llenos de contrastada sensibilidad para con el prójimo, no tardó en dar sus frutos y, al poco tiempo de su incorporación, en Edén Park las ventas subieron como la espuma. Contra su costumbre, Velázquez y Claudia tuvieron que madrugar la mañana del domingo, para llegar a tiempo al reparto de fichas. Él vestía un pantalón oscuro, una camisa blanca resplandeciente, y una cazadora de piel con el cuello y los puños de punto. Y ella se había arreglado conforme requería la situación; un pantalón de pana beige, comprado en una boutique de la Diagonal; botas de ante de color marrón, y un jersey de cuello vuelto de color mandarina.

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