Opinión

El punto de vista y la perspectiva personal sobre diversos temas.

“Los pinares de la sierra”, 193

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4. Una jugada maestra.

Portela cogió la bolsa, la puso encima de la mesa, corrió la cremallera y dejó caer, sobre el tablero, setenta y cinco fajos de billetes de cien mil pesetas cada uno. Hubo un momento de sorpresa en el que Gálvez no acertaba a reaccionar. Siempre habían hablado de cinco millones y era evidente que aquella cantidad era muy superior a la acordada. Al ver la sordidez y la codicia reflejada en los ojos de Gálvez, Paco creyó que era el momento de aplicar la lección que le enseñó Roderas sobre Paco “El Muelas”: «El timo perfecto es aquel en que el timado se cree más listo que el timador, y lo trata de engañar».

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“Los pinares de la sierra”, 192

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

3. La impaciencia de Gálvez.

De pronto cayó en la cuenta de que antes de salir debía hacer gala de unos modales refinados. Decía Roderas que “La calma comunica paz y la prisa levanta sospechas”. Le dijo a Barroso que le gustaría despedirse de su esposa antes de marchar, y recordó que en menos de una hora llegaría el notario a la oficina, pero que antes debían recoger al propietario de los terrenos.

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“Los pinares de la sierra”, 190

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1. La recogida.

A las diez en punto de la mañana, el coche de Fandiño se detenía ante el domicilio de Barroso, y la mente de Paco volvió a cubrirse de negros nubarrones. Algo le decía que, una vez en su casa y tras una serena reflexión, el charcutero podía haber cambiado de parecer y todo aquel trabajo habría sido inútil.

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“Los pinares de la sierra”, 191

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

2. Misión cumplida.

Mientras Fandiño contaba el dinero, Ezcurra lo observaba en silencio, y a Paco no le llegaba la camisa al cuerpo. Apenas faltaban quince minutos para llegar a tiempo a la discoteca en caso de que el tráfico no estuviera muy complicado en aquellas horas. A cada instante, miraba el reloj y pensaba que Gálvez esperaría impaciente, para asegurarse de que todo estaba en orden, antes de ir al notario. Lo imaginó con una irritante sonrisa, paladeando una copa de coñac o abusando de alguna infeliz de las que se ofrecían como gogós, en aquel asqueroso sofá que tenía en el rincón de su despacho.

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“Los pinares de la sierra”, 189

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

7. El sobre.

El abogado nunca hubiera imaginado que una señorita, tan educada, pudiera hablar con aquel descaro del “par de pelotas” de un cliente; pero cada día las mujeres alardeaban de ser más liberales y de hablar tan mal o peor que los hombres.

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