Vivencias

Cuando Dionisio contactó conmigo para pedirme que participara en los actos que estamos celebrando, en el apartado de opiniones, iniciativas y recuerdos, le traje a la memoria mi escasa pericia en esto de las letras y de las comunicaciones en público. 
Es posible que algunos recordéis mis nada elocuentes intervenciones en público en el comedor, durante la comida de mediodía como práctica de la Preceptiva Literaria que nos daba don Jesús. Pero sabiendo que iba a contar con vuestra benevolencia y amparándome en el deseo de poder contribuir en la medida de mis escasas posibilidades a lo que hoy iniciamos, accedía a ello.
La verdad es que evocar anécdotas y recuerdos es un recurso muy socorrido aunque no siempre tengan el mismo significado para cada uno de nosotros. Las anécdotas, esos recuerdos que nos acompañan a lo largo de nuestra existencia, son en realidad auténticas vivencias que quizás las recordemos porque contribuyeron a ir cimentando los valores que irían conformando nuestra futura personalidad.
NOCHE, RESPONSABILIDAD
Sin poder recordar con certeza el año, no se me olvida aquella fría noche de primeros de octubre, anterior al primer día del curso.
Tras las once o doce agotadoras horas de traqueteo en el tren, cinco o seis mozalbetes llegábamos a la estación de Linares-Baeza. Serían las once o doce de la noche. El café donde nos solíamos refugiar hasta la mañana siguiente en espera del primer tranvía que salía hacia Úbeda estaba cerrado por obras. No había habitaciones en las escasas pensiones que nos hubiésemos permitido pagar. Así que, aunque sabíamos que hasta las ocho o nueve de la mañana no se abrían las puertas del colegio, convencidos de que nos dejarían entrar cuando contáramos lo sucedido, decidimos arriesgarnos y partir hacia Úbeda.
Para nuestro pesar, las puertas no se abrieron. (Esa noche no estaba Fernando “Hijo mío”. Con él, no habría pasado). Por lo menos pudimos dejar las maletas en la portería.
Eran las fiestas de Úbeda. No había posada. Tampoco soportales abiertos donde guarnecernos. La noche fría. El mayor de entre nosotros asumió la responsabilidad de procurar el bienestar del resto. Tras muchas pesquisas por las calles ubetenses, encontró abierto un pequeño coche de un olvidadizo dueño. Nos acurrucó a todos dentro y, quedándose fuera, asumió el papel de guardián-protector para frenar las previsibles malas pulgas que la visión de su coche invadido por la chiquillería podría desencadenar en el dueño.
Apiñados unos contra otros, pasamos unas horas muy calentitas hasta que llegó su comprensivo dueño. Casi se disculpó con nosotros por sacarnos de tan dulces sueños. Menos mal que, con gran fortuna para nosotros, la fiesta le debió de saber a poco a juzgar por la hora en que necesitó el coche para regresar a su casa. El alba ya clareaba. Buena hora para llegar al colegio tras tomar un buen vaso de café con leche —bien calentito— en alguna de aquellas cafeterías que, algo perezosas tras la noche de feria, iniciaba su jornada.
Anécdotas como esta fueron cimentando el sentido de la responsabilidad, preocupación y sacrificio en pro de las necesidades ajenas.

EXCURSIONES, COMPAÑERISMO, COLABORACIÓN
Nuestras salidas y excursiones, a veces con tiendas de campaña (si es que se puede llamar así a dos palos y cuatro cuadrados de lona que se cosían entre sí por sendas hileras de ojales y botones) eran también escuela de compañerismo, colaboración y vida dura y austera.
Al menos cinco personas teníamos que compartir aquel reducido espacio, sobre el duro suelo y, a veces, bajo las inclemencias del tiempo. Pero, sobre todo, teníamos que pasárnoslo muy bien.
Unos construían el improvisado campamento y acomodaban las tiendas, otros buscaban leña, otros cazaban ranas (por aquello de las ancas para el arroz), otros cocinaban, otros amenizaban las veladas, otros sencillamente iban de acá para allá disfrutando de la naturaleza. Pero todos disfrutábamos de lo lindo.
Pienso que volvíamos con los cuerpos cansados de tanto ajetreo, pero con las mentes despejadas. Y, sobre todo, con la satisfacción de haberlo pasado bien y de haber contribuido a que aquella sensación de bienestar fuera generalizada.
TRABAJO, ESFUERZO Y PARTICIPACIÓN
 
También tuvimos ocasión de vivir el colegio como algo nuestro sintiéndonos partícipes (y pienso que también orgullosos) en la mejora de las cosas, en la medida de nuestras posibilidades, con nuestro esfuerzo personal y sin esperar a que nos lo dieran todo hecho.
¿Qué significaron, si no, nuestros sudores con las carretillas, picos, palas y rastrillos adecuando e incluso creando instalaciones y campos de juego? ¿Y aquellas vigilias continuas en la iglesia en las que nos íbamos turnando cuando la Institución padecía aquellas fenomenales crisis económicas?
¡Qué tiempos! ¡Son tantas cosas…!
BROMAS, AMISTAD
¿Y las bromas?
Quizás ahora, con la distancia y la comodidad burguesona que los años nos mete en el cuerpo, muchas de ellas se nos puedan antojar algo pesadas. Pero contribuyeron también a crear ese espíritu de amistad y sana complicidad que revivimos cada vez que las evocamos.
Debió de ser sobre los primeros días de una balbuciente primavera. Aunque la noche había sido muy fría (la superficie de los charcos aparecía helada), el día se presentó con un sol espléndido, presagio de un magnífico y caluroso día de excursión. La finca donde fuimos tenía una pequeña alberca. Con aquellos calores invitaba, tentadora, al refrescante baño. Sin pensarlo dos veces, ¡zas, de cabeza al agua! Las ideas congeladas. Los apéndices viriles se encogían y, escondiéndose en el cuerpo, casi desaparecían. Pero…
—¡¡Está buenísima!! (Cojonuda, hubiera dicho don Stephan de Vos).
—¡¡Esto es fenomenal!!
[...]
Y así uno tras otro hasta que la voz era ya tan entrecortada que los más rezagados e indecisos no llegaron a picar. ¡¡¡Cómo nos reíamos!!!
O aquella bota de vino repleta de buen mosto que misteriosamente menguaba cada vez que el tren atravesaba un túnel. Hasta que uno de ellos se le quedó demasiado corto al improvisado lazarillo y el dueño pudo comprobar la causa de la merma de su preciado caldo.
¿Recordáis que, en la enfermería, además de las habitaciones individuales había un salón-sala de estar que se convertía en dormitorio corrido cada vez que había una de aquellas furibundas gripes?.
Un día de aquellos, y con la sala repleta de pacientes, llegó a nuestras pituitarias el oloroso rastro a “morcilla de caldera”, exquisito plato para al menos dos de los que allí estábamos. (Era curioso. Nos poníamos malos, pero no perdíamos las ganas de comer. ¿Por qué sería?).
El caso es que nuestro querido compañero Juan Maldonado Prenafreta, (si mal no recuerdo), de forma muy confidencial me susurró:
—Paco ¡quieres que reventemos hoy de morcilla? (Todos sabemos cómo las raciones que nos corresponden de aquello que nos gusta, siempre nos parecen exiguas).
Mi asentimiento y consentimiento, como no podía ser de otra manera, fue total.
—Pues tú asiente y entra al trapo en lo que yo vaya contando— continuó.
Nuestro relato de la exhumación de un cadáver comparando el aspecto de ciertos fluidos con la “morcilla de caldera” debió de ser tan realista, que por el aspecto de nuestras barrigas, más hubiera parecido que estábamos en “estado de buena esperanza” que con una fulminante gripe.
¡Vaya atracón de morcilla que nos pegamos!
PERSONAL ABNEGACIÓN Y TRABAJO CALLADO.
Ya que estamos en la enfermería vamos a quedarnos allí.
Los nombres de María, Catalina, Mercedes, Fernando “Hijo mío”, entre otros, siempre los asocio con la abnegación y trabajo callado de cuantas personas contribuyeron (en la enfermería, en los comedores, en el ropero, en la limpieza…) a que nuestra estancia en el colegio, lejos de nuestros añorados hogares, fuera más llevadera e incluso agradable.
Recuerdo cómo nos deslizábamos sigilosamente hacia la enfermería alguna de aquellas frías noches de la “Siberia”, especialmente cuando nuestros estómagos, al no quedar suficientemente llenos de “papajotes”, reclamaban combustible calentito para poder entrar en calor, condición sine qua non para conciliar el sueño. Objetivo: conseguir de Catalina o María un reconfortante vaso de leche caliente. Allí siempre había. No podía faltar por obvias razones.
—¡Demonio, ¡qué haces aquí!
—Un día te van a pillar y me vas a poner en un compromiso.
—¡Anda, anda! Ven (nos pasaban a la cocina de la enfermería)
—¡Hijo, tómate rápidamente el vaso de leche y ve a acostarte!
Bueno, eso cuando era por la noche.
Si el desconsuelo estomacal ocurría a media mañana o a media tarde, los centros de aprovisionamiento pasaban a ser el comedor del profesorado o el de los curas.
Entonces las Marías, Mercedes o Catalinas sacaban de ellos, disimuladas en los bolsillos de sus delantales, las viandas que nos hacían algo más llevadera la espera de la comida o de la cena.
O las palabras siempre amables y llenas de cariño de Fernando “Hijo mío” cuando te acercabas por algo a la portería:
—¿Qué quieres, hijo mío?
—No te preocupes, hijo mío.
—Eso está hecho, hijo mío.
¿Estás bien, hijo mío?
O aquellas visitas al Hospital y al Asilo de Ancianos en un intento de animar con nuestra presencia la monotonía de tantas horas y donde realmente recibíamos más que dábamos.
Siempre recordaré los relatos de aquel viejo anarquista mientras consumíamos un cigarrillo tras otro y recorríamos el asilo charlando con unos y con otros. Relatos que dejaron grabadas en la plástica mente de un adolescente:
▪ la fidelidad contra viento y marea a unas ideas,
▪ la entrega y sacrificio en darlas a conocer,
▪ la defensa a ultranza de las causas justas y
▪ la ausencia de rencor por el daño recibido en ese empeño.
Posiblemente aquel viejo anarquista nunca fuera consciente de la huella que el relato de sus vivencias iba dejando en un espíritu joven que despertaba al compromiso con la vida. Y de que él estaba dando mucho más de lo que estaba recibiendo.
Por todo esto, y para concluir mi intervención, quisiera que estas palabras fueran un sincero homenaje a todas aquellas persona, que desde esta Institución y todo lo que ella significó y posibilitó, con su simple presencia, entrega y trabajo callado, contribuyeron a forjar una parte muy importante de lo que hoy, cada uno de nosotros somos.
Para todas ellas os pido un sincero aplauso de reconocimiento.
MUCHAS GRACIAS.
21-09-03.
(250 lecturas).

Información adicional