Mi cuaderno de verano, I

Por Mariano Valcárcel González.

Hace años, cuando estaba todavía en activo en el servicio de Educación de Adultos en Úbeda, realicé una experiencia con algunas alumnas del nivel básico que os voy a exponer sucintamente y, desde luego, sin descubrir la identidad real de las mismas, sólo alguna de sus circunstancias y lo que ellas mismas escribieron para el trabajo resultante.

Partía yo de la idea de que aportasen una fotografía y, sobre la misma, realizasen el comentario pertinente, que podía ser bueno o malo; pero está claro que se pretendía recordar alguna situación o vivencia positiva (lo cual ya sería un triunfo, dada la vida que la mayoría de ellas había llevado, o todavía llevaba). Me incluía yo en esa experiencia, para que todo tuviese cierto sentido colectivo.

Este trabajito no salió nunca del centro, salvo la copia que cada una de ellas (y yo) obtuvo de la totalidad. Sé que por menos y por tontunadas con apariencia de algo había quienes recibían loas y parabienes entre las autoridades educativas (porque lo primero que se hacía era presentarle el bodrio a los mandamases correspondientes); además yo tenía el enemigo dentro del centro, con lo que sabía que hiciese lo que hiciese no me valdría para un intento mínimo de promocionarme. Así que entre ellas y yo quedó la cosa, que ahora destapo un poco melancólicamente. En total, fueron once colaboraciones, incluida la mía. Lo titulamos: “Mi cuaderno de verano, mis amigas de curso, mi maestro”.

Empezaba Sebastiana aportando una foto antigua de familia del 48, los dos padres y cuatro hijos (foto para la cartilla de familia numerosa). Entre la madre y el padre se les ve modestos, pero dignos; resalta ella que entre esta pobreza había una cualidad fundamental: la educación que su padre les daba. Y reflexiona: «¿Cuesta dinero ser educado? Se ve que no. ¿Y cuesta dinero ser limpio?». Pues sí, sí que cuesta el dinero del jabón para hacer la colada diariamente, como el mandil que su madre le hacía lavar cada noche, que era el único que tenía. Su madre hacía capachos (ruedas de esparto para las almazaras) y el padre era bracero, pura supervivencia para tener que salir pitando por no morir. Todos, menos ella, emigraron. Ahora ve esa foto, cuando ya trabajaba de criada para los señoritos, y piensa: «¡Si ahora tuvieran que pagarle…! No, ahora no pueden ya pagarlo, arruinados los caciques del quiero y no puedo. En algo hemos mejorado».

Pepa teme que la edad le caiga con sus sombras; es un temor muy fuerte ante el fantasma que intuye que se acerca y cuenta y cuenta historias infinitas de años en que las sombras sí que eran reales; la de aquel cura tan nombrado, al que debían prepararle la cama: «Porque además de ser sacerdote era hombre», les decía. Aporta una foto del 53, en la que mira a la cámara desde una cara joven, pero ya señalada por el trabajo; y la acompaña una señora –se ve de genio alzado–, con una niña en brazos, su nieta e hija de Pepa. Cuenta que se la hicieron frente al Hospital de Santiago, donde estaba “asilado” el padre de la suegra; y la bonita historia es que nuestra mujer se propuso reconciliar a esa familia (padre e hija) que se andaban a la gresca por cuestiones de herencias; que dice: «En cuanto me casé, los junté a los dos», y esa fue su gran obra de misericordia. El dinero que todo lo pudre.

Titula “Las ausencias” a la fotografía que nos presenta Filomena. Hecha en el año 53 (como la anterior), muestra a dos mujeres jóvenes de medio cuerpo y como fondo un muro ajardinado y ellas agarradas, manos juntas, a la soga de un pozo. Miran sin malicia; con sencillez. La ausencia definitiva de la amiga, de la que no deja el nombre, que un día marchó y en la emigración murió accidentalmente y eso le sigue doliendo; y esos malos recuerdos terminan dominándola. Luego salta a los agradables, esos bailes en casas y verbenas, pasodobles “agarraos” al son de una guitarra y una bandurria. «¡Y no eso que se baila ahora, que ni es baile ni es ! ¡Y la poca vergüenza que ahora hay!». Nos aclara Filo (que así la llamamos), por si acaso que ella fue de un solo hombre, su actual marido, no vayamos a creer… También servía en las casas cuando fue fotografiada, pero lo dejó en cuanto se casó para dedicarse a la suya. Es el mundo que ha conocido. Vive sus recuerdos y casi, casi, ya no los cambiaría por nada.

Una foto del 64 nos lleva a Stutgart, Alemania, y lo sabemos que es allí porque nos lo dice la muchacha que hay en la misma, sonriente y feliz, sentada en un murete bajo lindero de un parque. Ella es Encarnación, Encarna para todos,y elegí la instantánea expresamente, porque intuí que ahí había una tremenda contradicción, una historia que al presente a mí no me cuadraba dada la diferencia física que había entre el ser real y la imagen en blanco y negro. Encarna era de especial dificultad para el aprendizaje; le costaba horrores (y a mí). Así que, cuando nos contó dónde le habían hecho la fotografía, la frustración y la tristeza eran más que evidentes. Estuvo en Alemania trabajando con su marido en una fábrica de automoción (¡Imagínense ese mundo, tan distinto al suyo!) y era feliz y, por ella, nunca habría vuelto, no echaba de menos nada; pero el embarazo y la querencia del marido a la tierra (según Encarna, a la madre, y lo dice por lo bajo como para no despertar viejos demonios) la obligaron a regresar para tener una vida que no había querido, donde ya no volvió a ninguna fábrica. Dejó atrás unos recuerdos impagables y un cura obrero, de esos rojos. Ella dice comprender a los inmigrantes y sus problemas y se duele de que muchos, aquí, ya han olvidado los que padecieron yéndose.

María Concepción, Pura, va de aceitunera altiva, al menos en la instantánea también del año 64, que nos muestra a una cuadrilla de aceituneras (hay en medio un jovenzuelo) en actitud artificial de comer. ¡Qué distinto marco entre esta y la anterior! Dice que se enroló ese año para la aceituna, porque sus circunstancias eran casi de vida o muerte y que no se arrepiente de haberlo hecho; lo cierto es que luego pasó al servicio doméstico, como las otras. Las circunstancias eran que había quedado viuda con dos infantes a su cargo y había que darles de comer; y orgullosa se siente de haber tirado para adelante y hoy los tiene bien colocados y considerados. Esta foto le recuerda que la vida hay que encararla; por ello, esos recuerdos que no le duelen. Muy lanzada es, aunque la cosa de aprender letras y números no es lo suyo. Habla Pura hasta por los codos y le pasa como a los pajarillos de los árboles, que ellos siguen y siguen su trino, aunque nadie les haga caso (por eso se despista tanto, claro).

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