Se va el caimán

Por Mariano Valcárcel González.

Se va el caimán; se va para Barranquilla. Era una cumbia o algo así que se cantaba desde hace ya, y que en tiempos del general se cantaba con cierta intencionalidad; la inocente intencionalidad de que era el anuncio de que Franco se largaba, vamos, así por las buenas, y que el país entraba en el reintegro de una historia truncada. Vana esperanza, que el dictador murió en cama (no en su cama, que fue hospitalaria y hecho polvo, pero cama al fin y al cabo).

Y lo mismo vale para otros dictadores de la historia reciente. Que Fidel no se fue para Barranquilla (aunque tuviese cerca a veces al colombiano García Márquez), sino que aguantó la venida de la muerte en cama; bien es verdad que dejó la otra bala en la recámara dictatorial, que su hermano Raúl tal vez también aguante entre las sábanas esa visita. Por cierto y que fue bochornosa la imagen (poco difundida, como correspondía) del vehículo que trasportaba las cenizas del prócer, empujado en avería por los guardias que lo acompañaban.

¿Qué decir de cómo murieron los padres de la Revolución Rusa? Lenin con sus achaques y pseudodemencia, plácidamente en su residencia confiscada a la nobleza, y el georgiano Stalin, tras aguantar el terrible trago del ataque alemán y limpiarse de todo lo que en apariencia o realidad fuese un peligro para él (invento eficaz del gulag, como máquina trituradora de disensiones), pues que en su cama terminó sus días. ¡Ah, se me pasaba! Al pobre Lenin, lo sacaron de las sábanas y lo colocaron como único protagonista de un museo de cera sui géneris, ubicado en la mismísima Plaza Roja de Moscú; a su aparente cadáver, no le dejan disfrutar del descanso eterno.

El Gran Timonel, el constante e insistente Mao, también gozó de un final tranquilo; nadie alteró su último viaje. A pesar de su más que controvertido ejercicio del poder. Y no digamos nada del asesino Pol Pot, el camboyano genocida de su propio pueblo, que no expió sus crímenes en una horca; al contrario, acabó como cualquier viejo jubilado. Por seguir en oriente, nada mejor que seguir el ejemplo de la saga coreana, sucediéndose con eficiencia real (el único al que se le ha dado pasaporte radical ha sido, precisamente, al heredero desertor).

Tito, el mariscal yugoeslavo, también finalizó cuando le llegó su turno vital.

De la novísima hornada hemos de destacar al incontinente (y por lo tanto vacuo e inane) comandante Chávez; adepto, como buen discípulo de Fidel, a la ecolalia incontrolada, no cabían en sus planes el terminar fulminado por un cáncer insuperable. Tal fue así, que colocó como sucesor al tal Maduro, un incompetente que está sobrepasado por el cargo.

Y ahora alguno me diréis que esto no ha sido siempre así, y cierto es. Hitler parece ser que prefirió darse muerte antes que caer en manos de sus vencedores (y pánico le debió dar el pensar que podían ser los rusos quienes lo encontrasen vivo); precisamente, por el malísimo ejemplo recibido del final de su amigo Mussolini, no solo fusilado sin juicio por un grupo partisano, sino que se le paseó y exhibió colgado como una res en la ciudad de Milán. Tremendo y humillante final para quien tanto veló por su imagen de dictador potente y triunfante. En el caso del italiano, debo admitir que sus puestas en escena eran tan planificadas como una toma de un filme de Fellini.

Tenemos también muy reciente el caso del Conducator, el gran Ceaucescu, el rumano, faro y refugio de comunistas patrios (Carrillo le era asiduo visitante y allí en su feudo estaba la famosa Radio Pirenaica), que fantaseaba y engañaba con la falsa irrealidad de una tercera vía comunista, independiente de Moscú. Vía comunista que bien se vio lo que suponía para su país: una realidad podrida. Allí no le dieron oportunidad alguna; alcanzado en su intento de huida, él y su mujer fueron fusilados sumariamente. Y el caso, igualmente trágico y cruel, en el que se encontró Gadafi, ajusticiado por varios disparos (parece ser que de un agente secreto francés), dentro de una tubería de drenaje, bajo una carretera.

Irme más atrás hacia otras revoluciones o finales de dictadores, autócratas (¡ah, el zar Nicolás II y su familia!) o gobernantes atrabiliarios, asesinos o meramente locos no es la intención de este escrito. Eso superaría el espacio y se ampliaría en el tiempo, amén de declararme incompetente para hacer esta labor.

La intencionalidad de este esbozo somero e incompleto ‑y, posiblemente, hasta deficiente‑, ha sido la de indicar la inconsistencia de la idea de derribar al tirano, al dictador, en vida del mismo, y lograr un cambio en la vida social y política de cualquier país que sufra de esta lacra. El sueño que supone el creerse las propias fantasías ‑por muy deseables y justas que sean‑; la inutilidad de alimentar las ilusiones del pueblo, mientras el pueblo va viendo cómo pasan los días y los años, y nada cambia y el dictador no se va a Barranquilla.

Una dictadura no cae, generalmente, más que de dos formas: o porque el dictador muere y sus epígonos no tienen capacidad de sucederle (por sus propias incapacidades o sus peleas internas); o porque, desde dentro, sus propios componentes (en general un ejército descontento) deciden acabarla. Así de dura es la historia. Y de real. Lo otro son bonitas leyendas para levantar los ánimos.

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