Carta apócrifa a una joven madre

Por Mariano Valcárcel González.

Te observo algunas veces cuando acompañas a tu niño al parque; te veo cómo lo proteges con la mirada, con los gestos y con tus acelerados actos cuando temes que se haga daño. Es tu niño.

No sé si esa maternidad ha sido buscada o meramente accidental; pero sí que ha sido aceptada. Aunque por acá no se facilitan ni la información, ni la formación, ni las alternativas al embarazo, pues seguimos con el peso del tabú a todo lo que sea el sexo y todo lo que le acompañe (porque, no lo dudes, la maternidad es consecuencia de la actividad sexual, al menos hasta ahora). Todo pecaminoso si tu intención, para estas gentes, no fue la de concebir.

No hagas caso tanto de quienes te pintan tu nuevo estado como la culminación de tu ser femenino, como un fin en sí mismo que ya ha completado el sentido de tu vida; vamos, lo máximo a lo que puedes llegar; pero tampoco lo hagas de quienes le restan toda importancia y solo ven esta fase como un castigo por haber nacido con el sexo femenino. No es así. No debías haberte sentido frustrada si no hubieses sido madre, como tampoco por serlo.

Lo que sí te digo es que ser madre es una gran responsabilidad; responsabilidad que no debes delegar en nadie; a lo sumo, compartirla con tu pareja, aunque pedir ayuda, cuando se necesita, es hasta necesario. Tampoco te digo que te cargues de tal forma de responsabilidad que te sea un lastre, una losa, que te anule en tu vida emocional, familiar y hasta social.

Los niños son muy absorbentes, egoístas y generosos a la vez; saben encontrar la fisura emocional por donde aprovecharse. Es por ello que ejercer la maternidad en las dosis justas y debidamente administradas es realmente complicado. Y te mienten quienes te digan que todo lo saben al respecto, pues cada familia es un mundo que explorar y en el que vivir. Cada día puede ser una experiencia.

Tu hijo tiene por delante toda una vida; eso queremos creer. Y queremos creer, porque lo deseamos y tratamos de poner todos los medios para ello. Y una vida mejor que la nuestra; pero no hay que obsesionarse, pues luego habrá muchas circunstancias que modificarán ese intento. Lo que no debes hacer es encerrarlo en una torre protectora tal, que no se desarrolle su ánimo por el esfuerzo, su esfuerzo por la recompensa, su satisfacción por lo conseguido sin ayuda (el niño cuando se inicia en la vida exige que lo dejen hacer las cosas solo, es su instinto de superación y de dominio del entorno). Por eso, te decía que no delegues en los demás (por ejemplo, en los maestros) lo que debes hacer tú o con tu pareja.

Te veo acudir al parque casi todos los días. Hablas con otras madres, pero sin quitarle el ojo a la criatura; luego, cuando ya ha pasado un buen rato, la agarras con dulzura y te vas marchando despacio, en un diálogo constructivo (que la mente del niño se desarrolla con el lenguaje). Y la vida pasa y tú pasas y tu hijo pasa y, cuando te quieras dar cuenta, lo verás cambiado y tal vez quiera regresar a los tiempos en que lo llevabas al parque…

Perdona el sermón. Un saludo.

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