Mis pinturas favoritas

Comentarios pictóricos de Juan Antonio Fernández Arévalo.

La rendición de Breda

(Velázquez: Obras de madurez, 2)

INTRODUCCIÓN: Es comúnmente conocido que Velázquez hizo su primer viaje a Italia en compañía del marqués de Spínola, con quien, al parecer, trabó amistad durante la travesía marítima, hasta llegar al puerto de Génova. No es inverosímil que el pintor escuchara de labios del general la descripción del sitio de Breda. Y, aparte de tomar apuntes y notas, como opinan muchos historiadores, retendría mentalmente el ambiente físico del escenario de la batalla y, sobre todo, recogería las características psíquicas en que se desarrolló la entrega de las llaves de la ciudad.

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La fragua de Vulcano

Diego Velázquez. (Obras de madurez, 1)

INTRODUCCIÓN:

Tras su llegada a la Corte, Velázquez rompe definitivamente su fuerte vinculación con el tenebrismo, abandona las escenas de género (aunque no del todo) y comienza a pintar personajes de la Corte (especialmente a Felipe IV y al conde‑duque de Olivares, sus protectores), cada vez con una paleta más clara y colorista, que se afianza con la llegada a Madrid del diplomático y pintor Pedro Pablo Rubens (1628) [1], el gran maestro del color y de la exuberancia formal y compositiva, quien contempla la obra que estaba realizando en ese momento el pintor sevillano: “El triunfo de Baco”, más conocida como “Los borrachos”, a quien aconseja un viaje a Italia. En el intermedio de sus primeros años en la Corte, Velázquez gana el concurso de pintura sobre la expulsión de los moriscos (cuadro, por cierto, desaparecido), siendo nombrado (1627) Ujier de cámara. La conquista de la Corte es ya definitiva.

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“Cristo en casa de Marta”

(Diego Velázquez: Obras de juventud, 1)

Hay muchos historiadores que a la etapa sevillana de Velázquez (la primera, hasta 1623) la llaman tenebrista, y no dejan de llevar razón, pero solo en parte. Yo prefiero denominarla “Obras de juventud” porque, en ellas, el aprendizaje rapidísimo de nuestro pintor nos va desvelando el portentoso avance que experimentaría tras el traslado definitivo a Madrid en 1623, escalando poco a poco los grados posibles en un pintor de Corte. De ahí que Jonathan Brown añada, en su hermoso libro sobre Velázquez, el subtítulo de pintor y cortesano.

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“El aguador de Sevilla”

(Diego Velázquez: Obras de juventud, 2)

Cuando contemplo el imponente lienzo de “El aguador de Sevilla” se me agolpan los recuerdos de mi infancia y primera juventud en que los aguadores o aguadoras voceaban, en los cines de verano, el agua fresca de los cántaros, que portaban en unas angarillas. Pareciera que el tiempo no hubiera transcurrido desde la época de Velázquez, hacia 1620, hasta más allá de mediados del siglo pasado. Velázquez trasciende la historia de estos tres largos siglos mediante la creación de arquetipos humanos que se identifican plenamente a lo largo del tiempo. Desde la instantánea que crea Velázquez (recurrimos a Ortega), como si fuese un fogonazo pictórico, somos capaces de ver la esencia de una profesión que se dilata casi hasta nuestros días.

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Velázquez, filósofo de la pintura

Hubo un largo tiempo en que, seducido por la pintura de Velázquez, me lancé compulsivamente a la lectura de biografías y ensayos sobre su figura. Acaparaba libros, revistas, homenajes, conmemoraciones, artículos y estudios monográficos que llegaron a saturarme de información sobre el pintor. Sería exagerado, y quizá pretencioso, afirmar que estaba enfermo de “velazquitis”, como Stendhal al sentirse invadido con la belleza de Florencia, pero es cierto que una buena parte de mis lecturas y, desde luego, casi todas las que se relacionaban con el arte giraban alrededor del pintor sevillano como si fuese una rueda sin fin, dadas las innumerables publicaciones existentes y las que aparecían continuamente en el panorama científico y divulgativo.

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