Saturno devorando a su hijo

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(Francisco de Goya)

Por Juan Antonio Fernández Arévalo.

Durante la década de los noventa, empieza a aflorar una compleja enfermedad en Goya, cuyo origen es incierto (sífilis, enfermedad cerebral o psíquica, problemas circulatorios…), aunque conocemos sus síntomas y resultados: ruidos en la cabeza, alucinaciones, pesimismo, depresión y sordera, esta última, la más conocida al haberle puesto, años más tarde, el nombre de “La quinta del sordo” a la casa o finca donde se refugiaba para pintar.

El cuadro que ahora presentamos es el reflejo de las diversas afecciones físicas y mentales enunciadas, a las que podemos añadir las psíquicas, procedentes de su personal situación política, en un periodo de restauración del absolutismo, siendo como era un liberal devoto de la Ilustración, y el desastre al que se encaminaba España bajo la férula del nefasto Fernando VII. Parece evidente que las experiencias de la guerra, las crueldades presenciadas o conocidas, las represiones y castigos de todo tipo que se generaron en el sexenio absolutista (1814-20), no fueron ajenos a una introspección y aislamiento personal del pintor, lo que unido a sus graves problemas de salud[1] le sumieron en un pesimismo total sobre la vida en general, la suya y la de sus conciudadanos, que la ve negra como las pinturas que salen de su paleta, de tal manera que el Saturno, la que destila una mayor amargura quizás, llega a una morbosidad ilimitada, a una recreación patológica de la crueldad y monstruosidad del ser humano.

La serie de “Las pinturas negras”, a la que pertenece este cuadro, fueron extraídas del muro de “La quinta del sordo”, donde se pintaron, trasladándolas al lienzo y ubicándolas después en el museo del Prado. Se llaman así, pinturas negras, por la negrura predominante en toda la serie, en la que destaca el Saturno.

La primera vez que vi el cuadro me produjo una impresión de tal desasosiego, que muchos años después (perdonen la autocita) reflejé en el diario “La Opinión de Murcia”. Decía hace veinte años: «Uno de los cuadros más espeluznantes de nuestra historia de la pintura es, sin duda, “Saturno devorando a su hijo”, de Goya. Su fuerte, casi violento, expresionismo y su profético simbolismo causan a cualquier espíritu sensible una de esas impresiones profundamente turbadoras que permanecen recurrentemente en el recuerdo de las más inquietantes vivencias personales».

Goya recurre, como en el Renacimiento y el Barroco, a la mitología clásica para explicar la realidad del momento, con lo que dota a su obra de un simbolismo que, a veces, recibe distintas interpretaciones. Sin embargo, el pintor aragonés toma el mito de Cronos o Saturno como una excusa para ocultar su mensaje. En este mito, Saturno atenta contra su padre Urano, castrándolo, y convirtiéndose en dios del universo. Recelando que sus hijos pudieran hacer lo mismo con él, los fue devorando uno a uno; pero, por una estratagema de su madre Rea, se salvó Zeus o Júpiter quien, finalmente, se deshizo de su padre Saturno, como él había hecho con su padre Urano, proclamándose así dios de dioses. El primer y único dios de dioses reconocido por las historia de la mitología griega.

Se han hecho comparaciones entre Rubens y Goya por el tratamiento de este mito, pero el desgarramiento y la horripilante escena pintada por Goya llega a unos términos delirantes y demenciales, en contraste con el cuadro de Rubens, menos violento en su expresión.

Saturno devorando a su hijo o hija (Francisco de Goya).

En este cuadro, Goya adopta una técnica expresionista, saliéndose de los moldes clásicos utilizados hasta entonces en la pintura y, mediante esas formas expresionistas, da rienda suelta a su manera de ver la realidad de su país, no sabiéndose bien si lo que describe es su percepción negativa de la realidad o esta percepción se endurece aún más con sus terribles sueños. En todo caso, no es descabellado añadir un cierto surrealismo al simbolismo de la representación, que repite en uno de sus grabados: “El sueño de la razón fabrica monstruos”, y que se explica como la expresión de un alma atormentada por los desastres de la guerra y el momento convulso que le ha tocado vivir.

El simbolismo clásico, en el que inciden todos los historiadores del Arte, tiene una explicación política. Saturno representaría al tirano rey Fernando VII destruyendo o sometiendo a sus súbditos. Sería acorde con la situación de Goya, un liberal inseguro (y muy pronto exiliado) en la corte de un rey absolutista. Sin embargo, es fácil deducir que esa interpretación es ampliable a la Patria, regida, eso sí, por un tirano que devora a sus hijos[2]. Pero hay otra interpretación, que apela a las teorías freudianas, al reconocer en el hijo que devora Saturno el cuerpo de una mujer, como es fácil deducir en la contemplación del cuadro. No son incompatibles, aunque esta última añade un elemento turbador más a un cuadro ya de por sí impresionante.

Desde luego, lo que es indiscutible es el efecto dramático de la escena, dominada por un personaje monstruoso, que se aleja del concepto que tenemos de un dios, con unos ojos redondos, que parecen salirse de sus órbitas y unas fauces enormes de las que irrumpe una lengua larga y viscosa, que se mezcla con la sangre del hijo (o hija) que está devorando con fruición en ese momento. El color aumenta aún más ese efecto fantasmagórico. Goya utiliza una gama cromática limitada, donde destacan los marrones, grises y negros, aunque como contraste nos ofrezca también manchas blancas y rojas que dejan un conjunto espectral al que acompaña una luz que converge en el acto de antropofagia que domina en una escena terrorífica[3].

En cuanto al dibujo, del que parece desentenderse, el pintor deja inacabadas las distintas partes del cuerpo de un monstruo con figura humana, aunque delimita bien la parte del cuerpo, destrozado ya, que tiene sujeto entre sus garras. El brazo derecho del monstruo, como muchos han apuntado, parece un trozo de madera; y sus piernas… muñones; aunque yo creo que más bien se hunden en la oscuridad de las tinieblas, en las sombras que constituyen el fondo del cuadro, que son las sombras de esa España negra, que le obsesiona casi hasta la enajenación. Tan sólo le importa destacar las formas de unas manos como garfios que aprietan con fuerza el cuerpo que sostienen en el vacío.

Un cuadro desgarrador del que debemos extraer, al menos, una conclusión: que nunca un tirano, como fue el caso de Fernando VII, pueda ejercer el poder de sumisión sobre un pueblo que exige libertad y esperanza.

Cartagena, 30 de diciembre de 2014.

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[1] Precisamente, poco antes de pintar este cuadro (hacia 1820), en 1819, estuvo gravemente enfermo, lo que le hizo sentirse más huraño e introvertido.

[2] Ha sido común el malestar de muchos españoles con el comportamiento de la Patria, más como madrastra que como madre, que diría Jusepe Martínez; pero, en general, el exilio y la persecución han sido constantes en la Historia de España. Lo fue con respecto a los liberales en tiempos de Goya y lo ha sido recientemente, tras nuestra Guerra Civil, con los republicanos, socialistas, comunistas o anarquistas. De ahí que el simbolismo de la pintura de Goya tenga una actualidad palpable en nuestra historia.

[3] Según Malraux, Goya es el más grande exhibidor de lo fantasmal desde la Edad Media y «solo Brueghel y “El Bosco” habrían extraído antes que él estos monstruos de las grandes profundidades».