Una retrospectiva de conjunto

Permitirán mis lectores que, tras más de una veintena de artículos de la serie “Mis pinturas favoritas”, haga una breve recopilación de la profunda evolución de la pintura en estos tres últimos siglos (XV, XVI y XVII). El agotamiento que se percibe en el siglo XVIII no se entiende sin la febril evolución de los tres siglos anteriores y especialmente del último. De ahí que, antes de comentar en su conjunto la pintura del siglo de las luces, recoja en un apretado artículo una visión sintética del recorrido de la pintura en los siglos citados.

Es incontestable que el arte, y particularmente la pintura, está siempre en continua evolución técnica, estilística e, incluso, iconográfica.

Durante el siglo XV, hemos asistido al despertar (y descubrimiento real) de la pintura al óleo, obra de los pintores flamencos. Ellos son los auténticos padres de la pintura moderna, destacando a Jan Van Eyck y Roger Van der Weiden[1], y no El Giotto, por mucha consideración que me merezca.

“Duque Montefeltro”, por Piero de la Francesca.

Hasta el último cuarto de siglo no llega a Italia la técnica del óleo que, a mi juicio, es el punto de partida de la pintura renacentista italiana. El conocido como quatrocento italiano es el Renacimiento más puro y clásico, pero también más simple. Esta época dura hasta 1520 aproximadamente. Durante esta etapa muchos autores no pueden sacudirse la influencia del gótico (el caso de fray Angélico es el más notable, quizás) aunque se abre paso un estilo nuevo, en donde el retrato, el paisaje y la iconografía mitológica (vuelta al mundo clásico) complementan la obligada dedicación a la pintura religiosa. Entre los más importantes, podemos citar a Piero de la Francesca (sus retratos son sus señas de identidad más destacada), Boticelli (sus referencias a la mitología clásica, desde un neoplatonismo poético, le convierten en el gran dinamizador del Renacimiento italiano), Signorelli, Ghirlandaio, Verrochio (maestro de Leonardo), El Perugino (padre pictórico de Rafael), Lippi, Mantegna y Masaccio, que murió a los 27 años y, sin embargo, influyó decisivamente en la pintura italiana muy posterior: la fuerza de su dibujo, su composición, su estudio de la perspectiva le hicieron ser importante punto de referencia para Brunelleschi y, sobre todo, para Miguel Ángel. Todos ellos conformaron un estilo que, aun diferenciándose entre unos y otros, es reconocible como común a todos ellos.

En el tránsito del siglo XV al XVI, un pintor, artista y científico genial, Leonardo da Vinci, aparte de sus inventos y recursos técnicos, proporciona a la Historia de la pintura innovaciones tan importantes como el sfumato, el claroscuro, la perspectiva y la composición. Más que un hombre del Renacimiento, Leonardo es, por excelencia, el Renacimiento.

Ya entrado el siglo XVI, el Renacimiento se dispersa por toda Europa y evoluciona hacia formas individualizadas. Muchos pintores se apartan de los cánones establecidos y dejan su impronta personal y casi intransferible. En Europa, Durero es el más clásico, pero no podemos olvidarnos de un genio inclasificable como Ieronymus Bosch, “El Bosco”, que vivió a caballo, con los siglos XV y XVI. Fue un adelantado a su tiempo, con su pintura simbolista y surrealista, que le convierte en uno de los revolucionarios del arte. Especialmente, “El jardín de las delicias” del museo del Prado es uno de los cuadros más complejos y sugestivos de la pintura universal. Otros pintores como Antonio Moro y Holbein aportan modernidad al retrato; Patinir dota al paisaje de vida propia; y Brueghel, “El viejo”, descubre un costumbrismo realista en el que se refleja la sociedad popular de su tiempo, aunque su concepción pictórica apunta ya al nuevo estilo manierista. No sabría citar a ningún pintor español relevante (todo es pintura religiosa, de mediocre factura), pero no puedo olvidarme del impresionante “Santo Domingo de Silos” de Bartolomé Bermejo. Es visita obligada en el museo del Prado. Algunos reclamarán también a Juan de Juanes; pero no es de mis pintores favoritos, aun reconociendo su clasicismo ortodoxo.

A pesar de esta excursión por Europa, es en Italia donde la pintura alcanza sus cotas más sublimes. Casi todas las ciudades de la península: Florencia, Venecia, Roma, Bolonia, Ferrara, Padua, Milán… se unen a esta fiesta del Arte. Y el Renacimiento llega a su cénit, teniendo que romper sus ataduras clásicas con un estilo nuevo, más dinámico, más individualizado, más genuinamente personal: el Manierismo[2].

Se impone una pequeña reflexión. Solo cuando se distingue claramente manierismo de ‘amaneramiento’, es cuando se empieza a entender el término y la corriente manierista. Maniera, según Vasari, significa personalidad artística y se produce nítidamente a partir de 1520, aunque antes haya atisbos (Rafael muere precisamente ese año) y después se siga aplicando el clasicismo[3].

Fue posiblemente A. Hauser quien puso de moda este nuevo estilo que estaba como embutido entre El Renacimiento y El Barroco. Aún hoy encontramos muchos libros de Historia del Arte que colocan a Miguel Ángel, Tintoretto o “El Greco” en el Renacimiento, siendo, como son, los más genuinos manieristas. Modestamente, reivindico el Manierismo como un estilo específico, quizás sin tantos elementos comunes como el Renacimiento o el Barroco, pero con una clara diferenciación en la composición, el dibujo, el color, la atmósfera visual…

 

“El lavatorio de Jesús”, por Tintoretto.

Y surgen pintores poderosos que imprimen un nuevo rumbo a la pintura. Unas veces con soavitá, dulzura y armonía, como Rafael Sanzio, pintor de madonas, pero también de retratos y frescos maravillosos, con un sello indiscutible. Y Miguel Ángel Buonarroti, un escultor reconvertido a pintor, exuberante en el color y en las formas, en cuyas obras emergen cuerpos hercúleos que parecen rememorar personajes de la mitología clásica. Su terribilitá (“Moisés”, Capilla Sixtina) lo hace único e irrepetible. Y los venecianos, Giorgione y Tiziano, que llegan a tal perfección en el dominio del color y en la armonía de la composición que todos los pintores posteriores (“El Greco”, Rubens, Velázquez, Rembrandt) beben en sus fuentes y se consideran sus discípulos. Y Tintoretto y Veronés, pintores de los grandes espacios, de la arquitectura en simbiosis con la pintura, que aportan una nueva concepción compositiva, que anuncia ya un nuevo estilo.

A través de los pintores citados, el Renacimiento entra, pues, en revisión. Ya no es aquel renacimiento en el que sobresalen la armonía y el equilibrio; una nueva concepción estilística había dejado antiguas las viejas formas del Quatrocento. Y así surge el Cinquecento italiano. Pero, a pesar de la vinculación del Manierismo con los pintores italianos (Rafael, Miguel Ángel, Tiziano, Tintoretto, “El Veronés”…) es un pintor, de origen cretense, de formación bizantina y, más tarde, veneciana, quien lidera este movimiento rupturista. Me refiero a nuestro Domenicos Teotocopoulos, “El Greco”[4]. Y digo “nuestro”, porque es en España donde alcanza la plenitud de un estilo que desborda los límites establecidos hasta entonces: figuras etéreas que flotan (o levitan) en el espacio; composiciones que rompen con el equilibrio renacentista, mediante planos dobles, círculos y semicírculos, diagonales, cruces…; colores puros que restallan como focos lumínicos cegadores[5]; luces espectrales; exuberancia de formas (Miguel Ángel no le es ajeno); espiritualidad suprema; verticalidad sin fin, que nos recuerda el éxtasis triunfal del gótico.

En mi opinión, dos figuras excepcionales se identifican con el Manierismo: “El Greco” y Cervantes. Posiblemente la mejor novela de todos los tiempos, “El Quijote”, sea la más pura esencia del Manierismo.

Y contemporáneo a “El Greco” (lo hemos tratado en una entrada de “Mis pinturas favoritas”), hay un pintor genial, que revoluciona el arte, superando todos los esquemas. Me refiero a Caravaggio, el creador del Tenebrismo (una superación del claroscuro que inició Leonardo) y del Naturalismo: una forma inédita de ver la realidad, de ajustarse a la verdad, sin tapujos ni convencionalismos de belleza irreal. Caravaggio, por sí mismo, forma un estilo diferente, revolucionario, único.

Y así llegamos al siglo XVII: el siglo de oro por excelencia. Un nuevo estilo se impone con fuerza desbordante: el Barroco.

Según Hauser, el Manierismo intelectualista cede paso a un estilo sensual, sensible, accesible a la comprensión de todos. Este cambio se produce de manera rápida, porque ya el Manierismo apuntaba formas que hacían prever la aparición de un estilo nuevo, que se hace muy pronto universal y abarca todas las artes: arquitectura, escultura, pintura, música…Es un estilo que rompe las estructuras equilibradas y armónicas del Renacimiento.

En pintura supone transformar por completo la composición, que ya Tintoretto, “El Veronés” y Caravaggio habían iniciado: se impone la asimetría, en donde las líneas rectas son reemplazadas por curvas, diagonales, círculos y semicírculos, y el espacio alcanza una profundidad desconocida hasta entonces. Rubens, Ribera, Velázquez y Rembrandt, los más destacados del periodo, cambian profundamente las estructuras compositivas.

El color cobra un protagonismo determinante en el cuadro. Los pintores barrocos ‑lo repetiré‑, beben en las fuentes venecianas, pero es Rubens[6] quien llega a una eclosión del color que desborda con creces los límites conocidos. Variedad, tonalidades, intensidad y dominio del color son atributos que el pintor flamenco utiliza como nadie.

Las escenas cotidianas, mal llamadas “de género”, se mezclan con temas mitológicos, como hace el propio Rubens en sus innumerables obras referidas a la mitología clásica; pero es Velázquez quien lleva al cénit esta difícil imbricación: “El triunfo de Baco” (conocido popularmente como “Los borrachos”), “La fragua de Vulcano” y “Las hilanderas” son buenas referencias.

 

“Carlos I de Inglaterra”, por Van Dyck.

Se abre paso el naturalismo inspirado en Caravaggio (“La vocación de S. Mateo”, “La muerte de la Virgen”), que Ribera lleva hasta sus últimas consecuencias (“El martirio de S. Felipe”) y Murillo suaviza en sus pinturas profanas[7]. Pero, al mismo tiempo, se impone la elegancia y distinción de pintores como el propio Rubens, Velázquez y, desde luego, Antonio Van Dyck, el más refinado de todos los pintores del Barroco.

Y la luz alcanza una intensidad, también desconocida, que varía sustancialmente de uno a otro pintor. De una luz vaporosa, dorada, única en el firmamento pictórico, de Rembrandt, a la luz filtrada de Vermeer, de una pureza inigualable; de la luz que genera una atmósfera real y esplendorosa con Velázquez, a la luminosidad restallante de Rubens o a la luz intimista de De la Tour o Le Nain. Del tenebrismo de Caravaggio y Ribera, con sombras y luces enfrentadas, a la luz desconcentrada y diluida de Velázquez o a la exuberancia lumínica de Rubens (su exuberancia pictórica no tiene límites, porque es quien mejor entiende la vida como una gran fiesta, propia de la burguesía y de la nobleza, en exclusiva, ¡faltaría más!).

Podríamos seguir enumerando elementos plásticos, tectónicos, lumínicos, formales y estructurales, pero no es ese mi propósito, sino el de establecer una conclusión sobre el movimiento revolucionario que se produce durante la época del Barroco. No es de extrañar que la centuria siguiente, el llamado siglo de las luces, adolezca de un agotamiento creativo en ideas, temas, formas, que solo encuentran salida en el seguidismo de las corrientes pictóricas que se generaron en los siglos anteriores; pero esto será tratado en el siguiente artículo de “Mis pinturas favoritas”, en el que daré una visión panorámica del siglo XVIII.

Cartagena, 20 de septiembre de 2014.

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[1] De Jan Van Eyck tratamos en su obra “El matrimonio Arnolfini”, una de las obras maestras indiscutibles de la pintura universal. De Van der Weiden basta recordar su espléndido “Descendimiento” del museo del Prado, de fecha muy aproximada a la anterior. La primera en 1434 y la segunda en 1436.

[2] Recomiendo repasar “La historia de la literatura y el arte” de Arnold Hauser. Es una obra en tres tomos, relativamente cortos, pero de una gran densidad conceptual. Si no recuerdo mal, ha vuelto a reeditarse en rústica muy recientemente. El texto que tengo en mis manos es de Edic. Guadarrama. Madrid, 1968. Es un libro indispensable para el estudiante y el profesor de Historia del Arte. Para “El Manierismo”, el tomo II.

[3] El término manierismo se deriva, parece ser, de la expresión “a la maniera de…” (con referencia explícita a Rafael y a Miguel Ángel), por otra parte tan dispares en su concepción pictórica.

[4] Para Charles Wentinck, en su “Historia de la pintura europea”, existen dos corrientes manieristas: la de un espiritualismo místico y la de un naturalismo panteísta, representados ambos por “El Greco” y Brueghel, respectivamente.

[5] Recientemente, vi de nuevo “El expolio” de “El Greco”, que había sido prestado por la sacristía de la catedral de Toledo al museo del Prado, para su restauración, y pude observar la brillantez de la túnica de Jesús, de un rojo inigualable en la historia de la pintura. Es una de sus primeras obras en España y ya rompe los moldes clásicos del Renacimiento.

[6] En la pág. 108 del libro citado, en la nota 3, de Wentinck, aparece una descripción de Rubens con la que estoy enteramente de acuerdo: «Dotado de un talento pictórico tanto como plástico; germánico y romano, flamenco y latino, holandés y cosmopolita, Rubens es la síntesis más perfecta de las infinitas posibilidades del barroco».

[7] Parece que la acusación de estilo plebeyo del barroco tomaría cierta consistencia en los cuadros de Caravaggio, que no es barroco, pero se aproxima, o de Ribera. Esta acusación sería desmentida, sin embargo, por la elegancia de pintores como Van Dyck, Rubens o Velázquez. 

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