Mis pinturas favoritas

Comentarios pictóricos de Juan Antonio Fernández Arévalo.

Mis pinturas favoritas

Por Juan Antonio Fernández Arévalo.

A sugerencia de José María Berzosa, he querido transmitiros las razones y objetivos que me han impulsado a convertir en libro los comentarios de obras maestras de la pintura, que durante un tiempo publiqué en esta página web. Para ello, he contado con la generosa colaboración de mi amigo Antonio Lara, quien ha escrito un excelente Prefacio, cuyas valiosas reflexiones y magnífica prosa han enriquecido, sin duda, este modesto libro.

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Saturno devorando a su hijo

(Francisco de Goya)

Por Juan Antonio Fernández Arévalo.

Durante la década de los noventa, empieza a aflorar una compleja enfermedad en Goya, cuyo origen es incierto (sífilis, enfermedad cerebral o psíquica, problemas circulatorios…), aunque conocemos sus síntomas y resultados: ruidos en la cabeza, alucinaciones, pesimismo, depresión y sordera, esta última, la más conocida al haberle puesto, años más tarde, el nombre de “La quinta del sordo” a la casa o finca donde se refugiaba para pintar.

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La familia de Carlos IV

Por Juan Antonio Fernández Arévalo.

(Francisco de Goya)

Pierde el tiempo quien pretenda adscribir a Goya dentro de un movimiento artístico concreto. Ni siquiera en un mismo periodo es posible etiquetarlo, porque observamos que cambia permanentemente, que mezcla estilos, que inventa formas distintas de pintar que nadie hasta él había descubierto.

En el artículo anterior, ya destacamos que no fue, precisamente, un pintor precoz; incluso fue desestimado en dos ocasiones en su intento por ingresar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Su viaje a Italia, donde obtuvo un buen reconocimiento, y su matrimonio con Josefa Bayeu, hermana de los pintores Francisco y Ramón Bayeu, le abrieron las puertas como pintor de cartones para la Real Fábrica de Tapices de Madrid y como pintor del rey, más tarde. Durante esa etapa, hizo un lento pero fructífero aprendizaje, siempre con la mirada puesta, desde luego, en su gran maestro en la distancia temporal, Diego Velázquez.

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Los fusilamientos del 3 de mayo

(Francisco de Goya)

Por Juan Antonio Fernández Arévalo.

Por no remontarnos más atrás, que nos llevaría a la digresión, podríamos tomar como punto de partida de la Guerra de la Independencia (1808-14) el tratado de Fontainebleau (octubre de 1807), por el que se autorizaba el paso por el territorio español a las tropas francesas, destinadas formalmente a la ocupación de Portugal y la consiguiente ejecución de un plan de “bloqueo continental” sobre Gran Bretaña, la gran enemiga de Napoleón Bonaparte.

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Goya: símbolo de un mundo en transformación

Posiblemente no exista en la Historia de España un personaje que, como Goya, ilumine de una manera más clara un determinado periodo histórico, si exceptuamos, claro está, determinadas figuras reales que, para bien o para mal, llenan largas etapas de la Historia de España (Carlos I, Felipe II o Carlos III). Y no es que no haya figuras, en el mundo del arte, tan preclaras como el pintor aragonés. Velázquez y Picasso ‑sobre todo estos dos‑ están a su altura, si no le superan, pero las circunstancias históricas con las que coincide Goya, la trascendencia de su pintura crítica y comprometida, le dan un carácter de símbolo, de referencia de una determinada manera de concebir la vida y la sociedad. Su vinculación a posturas políticas y culturales que hoy llamaríamos progresistas y que entonces estarían ligadas al incipiente liberalismo político (distingámoslo ya del económico)[1] le hacen jugar un papel descollante.

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