Catas... y recuerdos

El autor de los artículos de esta categoría tiene una pluma exquisita. Su pensamiento es afectuoso, profundo y justo.

Carretera y manta

“Carretera y manta” fueron las notas que en tantos años y leguas de autoestop tomaba sobre la marcha. La premura por aligerar estas referencias me comprime a tomar de entre mil, cuatro recuerdos. Vividos al albur de cada día de aquel agosto en los tres mil kilómetros de ruta.

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"Ad maiora natus sum". 1958

…Todas estas relaciones extra Safa, sabrosas y confortantes, me levantan el ánimo. Pero eran compensaciones al margen de mi vida profesional. La profesión ante Dios y la propia conciencia ha de justificar el hecho de vivir. Y cuando la responsabilidad es el último criterio determinante, sobrepasa el modus vivendi. El manoseado ad maiora natus sum no apunta únicamente a valores celestiales. Incluye madurez, creatividad, autorrealización. Taponar ese proceso al ser humano es condicionarle al desencanto, al desajuste y la minusvalía… Y esta era mi situación. El trabajo que yo desempeñaba en Úbeda era manejo, trasiego de gente y presencia disuasoria. Ni una iniciativa, proyectos, ni riesgo alguno… Hoy como ayer, mañana como hoy… siempre igual… Ya no era cuestión de desdoro social y penuria económica. Era condena a un reduccionismo personal sin otra contrapartida que la generosidad divina… Yo me rebelaba íntimamente: estoy resistiendo a los encantos y posición de Isadora por no uncirme… y me someto a ser un vigilante vigilado a las órdenes de un “curilla” inmaduro…
Cuando ya el curso iba bocabajo, acudí con todo esto al padre Rector. Y en sustancia le expuse que si mi cometido en la Safa estaba fijado en vivir y trabajar como un minus habens a las órdenes del maestrillo de turno, yo dejaba la Safa.

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Por los cerros de Úbeda

Ya de noche me descargó un tren sucio y somnoliento en un apeadero. La sala de espera, pringosa de papeles y latillas estaba. Los servicios, repugnantes e inservibles... Con el alba comenzaron a pulular niños y mozos. Portaban bolsas y atadijos. Sus indumentos ya tiempo que habían perdido el apresto. Pero a casi todos les bailaba el alma en el cuerpo.
Efectivamente, eran gente de la Safa... Recuerdo al “Coli”, alias de F. Moreno, a Mondragón, Castroviejo, Marcelo, a Piña, Tarragó, Aguilera… Total, hace cuarenta y siete años… Ya no me dejaron hasta entrar en el patio de las columnas. Cuando, luego, vi en el comedor y recreos a todo el ganado suelto, sentí miedo, rechazo, repulsa… Suspiré por mis latinos y retóricos de Comillas… Y pensé que nunca me haría yo con aquellas hordas. Menos mal que yo era un a modo de “machacante” del maestrillo responsable, que era el padre Wenceslao. Literariamente yo era devoto de Wenceslao F. Flores, Y ya por esto, no más, me caía bien mi “sargento”. Era ambidextro... Y no dejaba que se le entumecieran…

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Nieblas y remembranzas...

Como por inercia yo regresaba a Úbeda con más pena que esperanza. Todo igual. Los interminables pasillos de paredes grises, desnudas… Fríos, monótonos, mudos… El nuevo 1956 no había cambiado ni ensanchado nada. Lo único que seguía maravillosamente igual eran la luz de los patios, el panorama del valle, abundoso en rebaños de olivos, y el alma transparente de los chicos…
Yo sentía cierta pena callada. Me parecía que el tiempo se aburría. Que no se tomaban en cuenta las oportunidades que guarda en los pliegues de sus días. Y se dormía plomizo sobre el colegio y sus gentes. Reglamento, clases, textos y profesores invariables. Los mismos métodos, salarios y la misma comida… Todo igual.

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Maravilloso "striptease"

“Arbor honoretur cuius nos umbra tuetur”.
Los árboles I
Cerca de mi casa, y pegada al arroyo de mis correrías infantiles, había una chopera. Breve y estrecha. Suficiente para acoger entre sus hojas pájaros y cigarras. Eran chopos canadienses, de tronco liso y erguido. En ellos aprendí a trepar hasta que su fronda me ocultaba por completo. Con cinco o seis años allí descubrí mi primer nido. Era de colorines. Fue como un sello de ternura troquelado sobre mi sensibilidad infantil.
A doscientos o trescientos pasos, tras una cerca, había otros árboles mucho más altos y frondosos. Cuando, uno o dos años adelante, me atreví a saltar el cercado, vi que también eran chopos. De hoja más pequeña y de un verde más oscuro. Imposibles de escalar. Su tronco, rugoso y cortezudo, estaba arropado desde la base por ramas fuertes y tupidas. Eran chopos castellanos.

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