“Los pinares de la sierra”, 158

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Preparando el señuelo.

Al día siguiente, un grupo de vendedores veteranos se reunieron en las oficinas de Edén Park. Asistió Fandiño, Roderas, Mercader y, algo más tarde llegó Soriano, que con orgullo manifiesto les enseñó la fotografía de un ostentoso descapotable, que había comprado recientemente. Era un soberbio Dodge Dart de color granate, con dos bandas blancas que recorrían el vehículo desde la parte delantera hasta el maletero. Fandiño parecía más tranquilo; la conversación que tuvo con su jefe, la noche anterior, le había calmado un poco, aunque no se acababa de fiar. Les explicó que Gálvez les ofrecía su apoyo en caso necesario y que había depositado su confianza en él. Lo único que le preocupaba era el aumento del precio de las parcelas. Si venderlas a dos millones y medio había sido un milagro, tratar de conseguir ahora cinco millones era una locura.

―¡Ya está el gallego con la negra sombra de la duda y su prudencia inmoderada! ―opinó Mercader―. Así no llegaremos a ningún sitio. A ver, explícanos, ¿por qué te parece una locura?

―Pues ya lo sabes; porque están en un barranco y orientadas al norte.

―¡Vaya problema! ―intervino Roderas en ayuda de su colega―. Pues se le dice al “pollo” que se dé la vuelta y ya las tiene mirando al sur. ¿Vale? Es el principio de Ackerman: “Un pardillo, ofuscado por el dinero, pierde su capacidad de análisis para valorar el resto de circunstancias aleatorias”. Está en los libros. ¿Lo captas?

―No te esfuerces, déjalo sumido en su ignorancia ―respondió Mercader, devolviendo a su amigo la fineza―. Qué bien le irían unos meses en la trena para mejorar su nivel cultural. No hay salón de lectura comparable a la paz de una celda.

Era evidente que Roderas no lo veía tan difícil. Para él no había inversión más rentable que la compra de terrenos, y Edén Park era la urbanización ideal para el perfil de personaje con el que trabajaban. Solo había que convencer al “pavo” de que obtendría unos beneficios considerables, en poco más de un par de años, y una vez seguros de que había mordido el anzuelo, decirle que no; ponerle trabas para activar el deseo, y provocar que se comportara de forma irracional. No se le ocultaba el detalle de que, si se daba una vuelta por la finca, vería que faltaban casas y sobraban chabolas; pero ese mismo detalle era un claro exponente de los grandes recursos pendientes de explotar.

―Señores, se trata de conseguir que, cuando alguien muestre interés en la compra, vea lo mismo que nosotros: dinero, dinero, mucho dinero. Ese es nuestro trabajo y hasta ahora no lo hemos hecho demasiado mal.

―Supongo que el problema del “primavera” está solucionado, ¿verdad? ―preguntó Mercader, mirando a Soriano—.

Éste, sin saber por dónde salir, encendió un cigarrillo, miró a los compañeros y les preguntó si querían otra ronda. Luego empezó a tirar balones fuera y a poner excusas, diciendo que la cosa no era tan fácil como ellos pensaban, y que los “primos” no se anunciaban en el periódico.

―¿Qué creéis? Que te compras La Vanguardia por la mañana, miras en la sección “pavos” y encuentras un anuncio que dice: «Ignorante, acreditado y forrado de pasta, se ofrece a timadores profesionales. Ideal para que le “encolomen” nueve parcelas, a ser posible, con vistas a un barranco y orientadas a norte». ¿Vale?

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