“Los pinares de la sierra”, 99

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- Gracy se marcha.

Me había enamorado locamente de Gracy, como uno se enamora de la primera mujer que se le entrega en alma y cuerpo. Estaba tan colado por ella, que, cuando me anunció que al día siguiente salía para Madrid a coger un vuelo hacia Buenos Aires, le prometí que no la olvidaría; le dije que para mí no habría nunca otra como ella, y le juré que le guardaría fidelidad, aunque tuviera que esperar años enteros. Una tontería, porque para ser infiel se necesitan ocasiones, y de sobras sabía ella que no me había comido un rosco hasta que la conocí. Pasé la noche sin dormir y, al día siguiente, la acompañé a la estación de Francia, llevé su maleta hasta el andén y, de buena gana, hubiera cogido aquel tren para irme con ella al fin del mundo. Caminaba como un sonámbulo, sin olvidar ni por un momento que se marchaba muy lejos y que no volvería a verla, posiblemente.

Junto a un numeroso grupo de personas jóvenes, un señor mayor, vestido con pantalones vaqueros, una cazadora descolorida y una coleta que le llegaba a la mitad de la espalda, la esperaba al pie de los vagones de segunda clase.

―¡Graciela…!

―Es el director ―me dijo en un susurro―, un histérico, al que no hay quien aguante desde que lo han ascendido.

Sin acelerar el paso y elevando la barbilla con gesto altivo, siguió andando con aire profesional, se acercó al grupo moviendo el culito con la gracia del pato Donald y saludó.

―Hola chicos. Qué alegría de volveros a ver ―dijo con aires de gran estrella—.

En ese momento, se le acercó una señora bajita y regordeta, cargada con unos bultos, que le preguntó emocionada.

―Usted es Graciela, la de Selene. ¿Verdad?

―Sí, señora, Graciela Figueroa, para servirla.

La mujer dejó la carga en el suelo, cogió una bolsa y sacó una revista.

―La he reconocido porque hoy viene una foto suya en la portada. Mire, “Sombras de traición”. ¿Verdad que es usted?

―Pues claro que soy yo. ¿Puedo ayudarle en algo?

Se abrazó a ella, le soltó dos sonoros besos y le pidió como si suplicara.

―¿Me podría firmar este ejemplar? Salgo para Albacete a enterrar a mi madre, y he comprado la revista para distraerme durante el viaje.

―Pues te acompaño en el sentimiento, bonita ―dijo Graciela, compungida―. ¿Cómo te llamas?

―Adoración Martínez, para servirla; pero me llaman Doris.

Era el primer autógrafo que le solicitaban. El director le ofreció su bolígrafo, Gracy dudó unos instantes y al final escribió con letra clara: «Para Doris Martínez, con el cariño de Graciela».

―Gracias, señorita; lo que voy a presumir con mis amigas en Albacete ―dijo, loca de contenta; y le estampó dos besos, húmedos y ruidosos, uno en cada mejilla—.

―Es usted muy linda ―declaró Graciela―. Pero dese prisa, no vaya a perder el tren de Albacete.

Se oyó un pitido y la señora echó a correr con los paquetes y la revista.

―Tendrás que ir acostumbrándote a estas pequeñas molestias ―dije, pensativo—.

―No me preocupa. Es el precio de la fama.

Llamó mi atención su falta de sensibilidad hacia aquella sencilla admiradora, que le mostraba respeto y consideración. Me sorprendió tanto su forma de actuar, que olvidé la congoja que me causaba su marcha; sentí una profunda sensación de malestar y comprendí que me había comportado como un muñeco, que había bailado al son que ella quería. Bueno, como la mayoría de chicos ante su primera oportunidad, ¿para qué nos vamos a engañar? Imaginé lo deprimido que me iba a sentir a partir de entonces, y me pareció premonitorio el título de la fotonovela: “Sombras de traición”. Volví a jurarle fidelidad, y de pronto me pasó una idea por la cabeza: “Tampoco te pases de pardillo. ¿Y si no se entera?”. Porque si es ella quien me pone los cuernos yo tampoco me voy a enterar. ¿Quién me lo va a decir, Roberto Martínez? Porque, aparte del espigado delantero centro del RCD Español, yo no conocía a nadie más en Argentina.

En la cabecera del tren, un señor uniformado se puso la gorra, hizo sonar su silbato y el ruido sordo de la máquina me sacó de mis pensamientos; los compañeros de Gracy subieron a los vagones y ocuparon sus localidades. Apenas hablamos. Un beso rutinario, y un «Hasta pronto, amor», que sonó tan artificioso como una frase de fotonovela. No hubo tiempo para más. El tren empezó a moverse, y yo me quedé solo en el andén.

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