"Intermezzo"

Por Jesús Ferrer Criado.

En la mañana del domingo 29-O, Radio Nacional suscitó una tertulia sobre la importancia de los envoltorios, embalajes, envases…, continentes en general, en comparación con sus contenidos. Yo daba un largo paseo a orillas del mar, mientras oía por el transistor a los profesionales del tema. Concluyeron, después de intercambiar opiniones diversas, que el aspecto exterior de un producto es un importantísimo factor de venta, pero que no nos debemos dejar engañar por una apariencia vistosa, perfectamente estudiada para que entre por los ojos, aunque, en realidad, sólo maquilla y disfraza la calidad del producto. Comentan el consabido «Envuélvamelo para regalo, por favor».

Los separatistas catalanes, buenos comerciantes, presentaron a sus masas el tema de la independencia, primorosamente envuelto para regalo. No escatimaron sonrisas, lacitos, ni papel dorado; pero el contenido era el que era: un procés lleno de falsedades, cinismo, ilegalidades e, incluso, racismo.

Cuando en la votación del Parlament, en la tarde del viernes 27-O, un diputado de Junts per Sí pidió a la presidenta que el voto para decidir la independencia fuera secreto, se añadió al procés otra vileza: la cobardía. Era un cambio en el procedimiento que se estaba llevando con las votaciones anteriores y el diputado Coscubiela protestó, exigiendo que el voto fuera nominal; pero los cobardes eran mayoría. De esa forma, cada diputado diluyó su responsabilidad en el grupo y como hubo algunos noes, nadie (?) podrá saber a ciencia cierta qué votó cada uno. En realidad, sólo seguían el ejemplo de su president que, en vez de asumir la responsabilidad en solitario, proclamando él la independencia, la estaba repartiendo entre todos los diputados. Es obvio que tenía en la cabeza el escarmiento que el Sr. Mas estaba sufriendo, pidiendo de puerta en puerta, por haber sacado pecho, reclamando para él toda la responsabilidad por el primer referéndum.

Durante todo este desgraciado procés, hemos visto grandes y vociferantes multitudes defender sus tesis separatistas, haciendo huelgas, tomando la calle, insultando y haciendo frente a la Guardia Civil y a la Policía Nacional. Esa masa cuajada de banderas esteladas es el vistoso envase de una idea retrógrada, ilegal e injusta; pero, como envoltorio, es impresionante.

No obstante, la manifestación que el mismo domingo 29-O tuvo lugar en el centro de Barcelona, con muchos cientos de miles de españoles contrarios al separatismo, demuestra que los del Sr. Puigdemont no tienen la exclusiva. Esta gran manifestación supuso que una gran masa de ciudadanos acomplejados, con dificultades hasta para emplear su idioma materno, estaban diciendo «Basta», porque, además de quitarle su lengua, les querían quitar su nacionalidad, su patria.

Los separatistas proclaman su pacifismo, pero es un engaño más. No pueden hacer otra cosa. Si emplearan la violencia, acabarían por perder los tibios apoyos que pudieran tener y, además, llevarían todas las de perder en todos los campos. No se trata de virtud, sino de resignación y, sin que sirva de precedente, de realismo.

La votación del senado del mismo viernes 27-O significa, con todas sus cautelas, un tajante stop al dichoso procés. A partir de ahora, tenemos un tiempo hasta que las elecciones del 21-D aclaren la situación. Un intermezzo.

Me gustaría que no sólo se parara el proceso separatista, sino que se sentaran las bases para una mejor convivencia que lo hiciera imposible en el futuro, atacando desde ya las raíces del conflicto; entre ellas, la impunidad de los catalanistas radicales que se saltan las sentencias del Tribunal Constitucional y no pasa nada.

Si el triunvirato constitucionalista actual ‑PP, PSOE, Cs‑, no acaba tirándose los trastos a la cabeza, por motivos partidistas, y le siguen dando la máxima prioridad a la unidad de España, esos aventureros irresponsables, que no dudan en llevarnos a todos a la confrontación y a la ruina, lo tendrán muy difícil y acabarán por desistir.

A partir de ahora mismo, viviremos con pasión cómo transcurren estas semanas que se prometen intensas y llenas de causas entrecruzadas: políticas, legales, judiciales, económicas y sociales. Hasta ese jueves 21 de diciembre, día de las Elecciones Autonómicas, la vida nacional girará en torno al mismo tema. Veremos, oiremos y leeremos noticias, entrevistas, rumores, dimes y diretes. Personajes y personajillos poblarán la pantalla del televisor y las portadas impresas. Todo eso hasta desembocar en el gran día. Esperemos que el Gobierno sepa encauzar la situación con prudencia y eficacia y que la Judicatura haga su trabajo.

NOTA.

Este artículo se escribió hace ya algunos días. Desde entonces no han parado de suceder cosas, en Cataluña y fuera de ella, cada una de las cuales merecería un largo comentario que quizás rebasaría mis modestas posibilidades.

A día de hoy, lo que tenemos es un electorado muy dividido, tanto entre los separatistas como entre los leales a España. Veremos qué sale de ahí.

Por otra parte, si al principio, envuelto en su colorido embalaje, alguien podría suponer alguna nobleza (¿pacifismo?) en los procedimientos independentistas, los últimos acontecimientos han descalificado el procés y lo han convertido en una charlotada deprimente y sin gracia.

Puigdemont en Bruselas, proclamándose todavía president, recuerda en diferido al Papa Luna en Peñíscola, ambos enrocados en una tozudez sin futuro. Este hombre, haciéndole la competencia al chorrito del Manneken Pis, no para de soltar chorradas cada vez a menos feligreses.

Que absolutamente nadie, ¡en todo el mundo!, haya respaldado la nonata República Catalana; que a día de hoy se hayan fugado casi tres mil empresas de Cataluña (sólo por si acaso); que estén entre rejas sus “ministros”; que hayan despertado de su silencio cientos de miles de “españolistas” catalanes; que la economía de Cataluña y de toda España se haya perjudicado tanto que peligran los índices de crecimiento y de empleo previstos; que la presidenta del parlament confiese ahora para escapar de la cárcel que todo era una broma…, todo esto haría recapacitar a cualquiera. Pero me temo que no ocurrirá así.

No ocurrirá así si siguen las mismas leyes catalanas; los mismos privilegios autonómicos; la misma pereza de los nuestros, leales a participar en política; la misma traición de algún partido estatal y la tibieza de otros.

Veremos qué pasa el 21-O, y el 22, y el 23…

Creo que la cosa ha llegado a un punto en que hay que pensar en un escarmiento proporcional y justo que propicie, por parte de Puigdemont y su panda, un sincero arrepentimiento y que deje las cosas claras para futuros intentos.

Ese arrepentimiento, como nos explicaban de niños en la catequesis, puede ser por contrición, o sea por amor; o por atrición, o sea por temor. Que elijan.

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