“Los pinares de la sierra”, 80

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Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Unas palabras inquietantes.

Gálvez miraba a su esposa y sonreía dulcemente.

―Y todo, gracias al robo de los cartuchos. De lo contario seguiría persiguiendo a chorizos y terroristas, y ganando unas diez mil pesetas que es lo que ganan en la actualidad mis compañeros de promoción. Lo único lamentable fue la muerte del cura, pero ¿quién iba a pensar que podía ocurrir una cosa así?

―En ese caso ―intervino el señor Bueno― les doy a los dos mi más sincera enhorabuena. Ya se sabe, los caminos de Dios…

―No crea, no crea. A mí me gustaba ser policía. Usted no se imagina lo que supone llegar a cualquier sitio, darle la vuelta a la solapa de la chaqueta, mostrar la placa y decir: «¡Policía!». Mi mujer no lo comprende, porque para algunas mujeres lo más importante es el dinero. Quiero decir, que les cuesta entender que uno tiene sus ideales.

―Me hago cargo de su problema ―respondió el señor Bueno, tímidamente―. Supongo que ocurre como con el jefe de ventas y los vendedores: muchos ganan más dinero que yo, sin tanta responsabilidad; pero a todos les gustaría ser jefes. Es un misterio de la condición humana.

Se empezaba a hacer tarde, una suave lluvia, molesta y fastidiosa, empañaba las ventanas de la masía, y unos nubarrones amenazadores coronaban las crestas de la sierra. Tirando de sensatez, Gálvez consideró que era el momento oportuno para el regreso y se despidió de nosotros afectuosamente, con unas palabras que sonaron como una amenaza.

―Bueno, ya ven que soy un hombre de orden al que le gusta hacer las cosas como Dios manda. Quiero pensar que estoy entre caballeros y deseo que esta operación que acabo de hacer sea provechosa para todos; pero no me gusta que se rían de mí. Quiero decir, que si hay alguna cosa que yo deba saber, me la debían decir ahora, para evitar problemas en el futuro. Está claro ¿verdad? Por cierto, tengo la impresión de que las obras están paradas desde hace algún tiempo.

―Por eso no tiene que preocuparse ―aclaró el señor Bueno—. En este tiempo, cuesta encontrar personal por culpa del clima, pero puedo asegurarle que el próximo verano estarán terminadas las pistas de tenis y la piscina.

―Así lo espero ―respondió Gálvez, estrechando la mano del jefe de ventas―; en mi tierra se dice que los hombres se dividen en “hombres, hombrines, macacos y macaquines”. Conozco a Fariñas desde hace tiempo y quiero pensar que estoy tratando con señores. ¿De acuerdo?

―Puede usted estar seguro, señor Gálvez.

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