“Los pinares de la sierra”, 76

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- Final feliz.

Traté de desvestirla de cintura para abajo, y en esta ocasión no me detuvo. Se puso en pie de espaldas a mí, solo con las medias y los zapatos de tacón. La besé en la espalda con entusiasmo, acaricié sus hombros, y empezó a retorcerse de placer. ¡Cuánta generosidad por su parte! Aquel era el momento que los dos llevábamos esperando desde que nos habíamos conocido. Me cogió la mano, se dio la vuelta y me besó con fuerza, echándome los brazos al cuello. Se sentó a mi lado, al borde de la cama; tan cerca, que sentía el calor de su cuerpo y me fascinaba el contacto de su piel.

Años de vida hubiera dado por tener alguna experiencia en el asunto, para lucirme ante ella, pero era muy consciente de que estaba en su poder. Consciente de mi situación era incapaz de moverme, mientras Gracy me ayudaba a desvestirme con manifiesta curiosidad. Finalmente abrió sus brazos y nos fundimos en un abrazo ciego, violento, delirante. Fue una noche muy larga. Más de ocho horas pasaron desde que iniciamos nuestro apasionado encuentro y, cuando el sol de la mañana se empezó a colar entre los pliegues de las cortinas del dormitorio, aún estábamos juntos, abrazados, felices, en esa región idílica y apacible donde los sueños se hacen realidad.

Al despertar, me abrazó con una sonrisa llena de satisfacción y una expresión de infinita dicha. Con singular ternura, acarició cada parte de mi cuerpo hasta que abrí los ojos, nos levantamos, corrimos las cortinas y nos asomamos al balcón para contemplar el incesante ajetreo de la Gran Vía barcelonesa. Oímos hablar a alguien en el pasillo y Gracy consultó el reloj que estaba sobre la mesita.

―¿Debemos irnos ya? ―le pregunté—.

―No; tenemos de tiempo hasta las doce, como en los hoteles.

El aroma de las sales y la caricia del agua de la bañera nos llenó de paz y de sosiego. Nada me excitaba más que pensar que a ella le encantaba que acariciara sus piernas bajo el agua. Aquel silencio era maravilloso; solo se oía el insistente goteo del grifo de la ducha y la agitada respiración de Gracy. Salió de la bañera, me entregó una toalla, nos secamos y volvimos a amarnos con delirio. Fue tan bonito, que de buena gana me hubiera quedado con ella durante todo el día.

―¿Te ha gustado? ―preguntó Gracy con el gesto serio—.

―Me ha gustado mucho ―respondí—.

Gracy tomó aire antes de continuar.

―Si es verdad que te gusto, quiero que sepas que yo te seré fiel. Esperaré a que me llames, estaré dispuesta cuando me lo pidas y me entregaré a ti con toda el alma. Pero tú eres joven y habrá otras mujeres que querrán estar contigo. ¿Lo entiendes?

―Yo no soy de esos.

―No lo sé. Eso el tiempo lo dirá. Pero también quiero que sepas que no perdonaré ni siquiera un engaño por tu parte. Recuérdalo.

Aquella mañana, por primera vez, me puse triste cuando la tuve que dejar.

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