“Los pinares de la sierra”, 65

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

5.- Una nueva víctima: el bombero de Nou Barris.

Unas filas más atrás, casi al final del autocar, Jaime Velázquez y la señorita Claudia informaban a un matrimonio de mediana edad, de las enormes posibilidades que una finca en fase de promoción, como Edén Park, ofrecía a las familias que tuvieran el acierto y la decisión de comprar una parcela e invertir unos miles de pesetas.

―¿Tienen ustedes niños? ―preguntó Claudia—.

―Sí, señorita, cinco: el mayor de doce años y el pequeño empieza a andar ahora.

―Y, ¿por qué no los han traído? ―se interesó Velázquez—.

―Ya sabe; no nos gusta molestar. Los niños dan guerra en todas partes.

―Pero en Edén Park los críos se lo pasan de maravilla ―respondió Claudia―. La próxima primavera estará terminada la piscina y las pistas de tenis, para que jueguen y se diviertan, mientras los padres pasean por las zonas ajardinadas, respirando el aire puro de la naturaleza. Es una lástima que los hayan dejado en casa.

―Bueno, en realidad, yo tampoco pensaba venir ―dijo el esposo―; pero ya sabe cómo son las mujeres. Recibimos una carta diciendo que nos había tocado un reloj, y yo no hice caso; pero mi señora se empeñó, la chica dijo algo de publicidad y le aseguró que se trataba de una excursión sin compromiso, y aquí nos tiene; aunque nosotros no pensamos comprar nada.

Animada ante la sinceridad de su marido y a la vista de que, tanto a Claudia como a Velázquez, la respuesta les había parecido razonable, la señora se desató y les contó su vida. El esposo era bombero raso de la Unidad Operativa de Montjuich y ella se dedicaba a cuidar de la casa, del marido y de los cinco hijos del matrimonio.

―¿Bombero raso?

―Sí, señor. Entró en la unidad poco después de casarnos y ya lleva casi quince años en el cuerpo; pero como no tiene estudios, pues no lo ascienden.

―No solo es eso ―dijo Velázquez, mirando a Claudia con malicia―; para prosperar en una profesión como la suya, no solo se necesitan estudios, sino contactos con los de arriba. ¿Usted de quién depende? Quiero decir, ¿quién es su jefe superior?

―El señor Rafael Chamorro es el jefe de mi unidad.

―Es una lástima ―confesó Velázquez―; a Chamorro no lo conozco.

―Y, ¿por qué no hablas con Tomás? ―sugirió la señorita Claudia—.

―No sé, no sé ―respondió Velázquez―. Tomás Pelayo Ros anda ahora muy ocupado, están a punto de nombrarle delegado del Gobierno para Telefónica y, al parecer, su cargo de Gobernador Civil lo ocupará, muy pronto, Rodolfo Martín Villa.

El volumen de las conversaciones subía por momentos y el autocar empezaba a parecerse al patio de un colegio: bromas, risas, gritos…, mezclados con las expresiones aprendidas en el cursillo. «A ver, señor González, ¿usted mide la distancia en tiempo o en kilómetros?»; o bien, «Un terreno nunca se deteriora, y cada año aumenta de valor»; o también, «Señora, ¿su esposo es un hombre decidido?».

Arumí, el mejor vendedor del trimestre, atravesaba ―en palabras de Paco― un momento de sequía goleadora. Tampoco a él se le veía muy fino; parecía distraído, seguramente, porque la noche anterior no había dormido; es decir, se había quedado a dormir en el Márisol Palace con la francesita. Sólo Soriano, en la primera fila del autocar y sin soltar la mano de la peluquera, le hablaba al oído de asuntos más idílicos que la venta de un terreno. Mientras tanto, Velázquez y la señorita Claudia se interesaban en mejorar las condiciones de trabajo del bombero, gracias a sus excelentes contactos en las altas esferas.

―¿Usted conoce al señor Gobernador? ―preguntó el bombero con asombro—.

―No sólo le conozco ―respondió Velázquez―; podría decir que somos amigos desde hace tiempo. Estudió Derecho en Zaragoza con mi hermano mayor, y nos vemos con frecuencia. Precisamente, la semana pasada cenamos en Reno. ¿Ustedes van a Reno?

―No señor, nosotros nunca vamos a comer a restaurantes. Mi esposa es una cocinera extraordinaria y el arroz con conejo y caracoles lo hace como nadie.

―Como me enseñó mi madre, que lo aprendió de mi abuela ―aclaró la aludida—.

―O sea, que lleva usted quince años de bombero raso ―dijo Claudia, volviendo al tema capital de la conversación—.

―Sí, señorita. Yo vi al Gobernador en el funeral de un compañero. Recuerdo que se me saltaron las lágrimas, cuando le impuso la medalla de mérito en el servicio, sobre la bandera que cubría el ataúd. Fue emocionante. Tenía que haber visto a la mujer y a los chiquillos. Todavía pienso que el muerto podría haber sido yo. No quiero ni acordarme.

―Manolo, no digas esas cosas ―cortó la mujer—.

―Tiene razón su esposa ―atajó Velázquez―; hablemos de algo más interesante, don Manuel. Por ejemplo, de futuro. ¿Nunca ha pensado en ascender a un cargo de responsabilidad? Especialista, conductor, cabo, sargento…, sargento mayor…

Hacía unos diez minutos que habíamos dejado atrás la salida de Mataró, cuando Velázquez consultó su reloj y empezó a prepararse para atraer al bombero con unos muletazos de aliño, y cuadrarlo para ejecutar la suerte suprema, en lo que se consideraba un maestro consagrado.

―El problema es que un servidor no tiene estudios. Las cuatro reglas y poco más.

―Eso no es ningún problema ―corrigió Velázquez―. No se creería usted la cantidad de personas que disfrutan de sueldos envidiables en sus mismas condiciones, como jefes de oficinas, responsables de empresas o funcionarios en la administración del Estado. ¿Cómo se apellida usted? Claudia, tome nota de su nombre completo.

―¿Con quién piensa hablar? ―preguntó la señorita con intención—.

―Todavía no lo sé; pero considero un deber ayudar a padres de familia, tan nobles y honrados como este señor: un hombre con cinco hijos y una modélica esposa, que después de quince años en el cuerpo, continúa siendo bombero raso. ¡No hay derecho! Dígame, ¿a usted no le gustaría ser conductor o adjunto al jefe del servicio?

―Conductor estaría bien. O cabo; un cabo gana casi el doble que un bombero.

―No puedo asegurarle nada, amigo mío. Pero no se hable más. Déjelo en mis manos. Espero que este encuentro, providencial, suponga el inicio de un futuro que ni usted ni su familia olvidarán durante mucho tiempo.

―No les quepa duda de que así será ―aseguró la señorita—.

―¿Lo dice en serio? ―preguntó la esposa—.

―Mucho más que en serio; lo digo con absoluta seguridad ―afirmó Claudia—.

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